CAPÍTULO 10 MIRADAS EN LA REPISA (POV SAÚL)
El dolor en la articulación del hombro derecho no es un pinchazo; es una quemadura blanca y sorda que me taladra la clavícula hasta el omóplato.
Cada vez que la cuerda de ocho milímetros y medio transmite la oscilación del cuerpo de Nico colgado en el vacío, el impacto me arranca un latigazo que me nubla la vista.
Bloqueo el freno contra el mosquetón de seguridad con un nudo de fuga improvisado a una sola mano. Utilizo los dientes para tirar del cabo sobrante. El sabor a poliamida chamuscada y salitre mineral me llena la boca, acre y metálico.
—¡Tracciona del cordino, Nico! —grito con la voz rota, ahogando un gemido entre las muelas—. ¡Usa el estribo! ¡No te quedes colgado del arnés o el síndrome del arnés te va a cortar el retorno venoso en cinco minutos!
Apoyo el antebrazo izquierdo en la caliza rugosa de la pequeña terraza lateral.
Es un rellano de escape de apenas medio metro cuadrado, batido por las primeras ráfagas de aguanieve que descienden desde los tajos somitales de Peña Vieja.
Clavo los talones en una fisura ciega y hago palanca con el torso entero, tirando de la cuerda centímetro a centímetro con el costado izquierdo para no forzar el brazo herido.
Las manos enguantadas de Nico asoman por fin sobre el reborde.
El casco rojo aparece envuelto en una nube de vaho espeso. Con un último empuje agónico, agarro la cinta superior de su mochila con la mano izquierda y lo arrastro hacia el interior de la terraza.
Nico cae de rodillas sobre la grava helada.
El jadeo le sacude el pecho con una violencia desbocada; apoya las palmas en el suelo, tosiendo por el aire congelado que se le ha clavado en los pulmones.
No digo nada. Me dejo caer de espaldas contra la pared de roca, sentándome con las piernas estiradas al borde del abismo.
El brazo derecho me cuelga pegado a la costilla, rígido, protegido bajo la solapa del anorak para que no note la ligera deformidad en la clavícula ni el temblor que no consigo frenar.
—¿Estás entero? —le pregunto, forzando un tono áspero, seco, de pura rutina técnica.
Nico levanta la cabeza despacio. Tiene la cara pálida como la cera y salpicada de diminutas motas de caliza triturada.
Sus guantes han quedado destrozados por el roce de la laja; se los quita con rabia y los arroja sobre sus piernas.
Los nudillos de ambas manos están en carne viva, manchados de una sangre oscura que no llega a gotear porque el frío la coagula casi al instante sobre la piel.
—La laja… parecía sólida —murmura. La voz le tiembla, avergonzada, cargada de esa culpa viscosa que aparece cuando la muerte te roza la nuca y te deja intacto por puro milagro.
—En Picos nada es sólido, Nico —replico, inclinándome hacia adelante con lentitud para no mover el hombro—. Te lo he dicho cien veces. La caliza de esta cara está podrida por los ciclos de hielo y deshielo. No se tracciona de una laja horizontal sin probarla antes con el talón de la mano.
—Pensé que aguantaría.
—No pensaste. Querías ganar metros para no mirarme a la cara.
Nico aprieta los labios y desvía los ojos hacia el mar de niebla que empieza a subir desde el fondo del valle de Áliva.
El silencio vuelve a caer sobre nosotros, pesado como una losa de granito.
Las bolitas de aguanieve repiquetean contra el tejido sintético de nuestras chaquetas con un chasquido sordo.
Dentro de la ropa técnica, el sudor del esfuerzo se ha enfriado, convirtiéndose en una película viscosa y helada que nos pega la tela a la espalda.
Estiro el brazo izquierdo hacia un pequeño nevero residual encajonado en la grieta de la terraza. Recojo un puñado de nieve compacta con los dedos desnudos. El frío me quema la palma de la mano, pero lo aprieto hasta formar una masa densa.
—Dame las manos —le ordeno.
Nico duda un segundo. Me mira con recelo, como si temiera un castigo físico, pero la sangre que le resbala por los dedos termina por doblar su resistencia. Extiende los brazos hacia mí.
Tomo su muñeca derecha con mi mano izquierda.
El pulso le late a cien por hora bajo la piel fina de la articulación. Con cuidado minucioso, paso la nieve sobre sus nudillos desgarrados. El contacto térmico es brutal; Nico suelta un siseo de dolor entre dientes y tensa los tendones, intentando retirar la mano, pero no lo suelto.
—Aguanta —digo en voz baja, limpiando el polvo de piedra y la sangre coagulada—. Si dejamos la suciedad dentro de las heridas, en dos horas no podrás cerrar los dedos sobre el piolet.
—Quema —susurra, clavando la vista en mis dedos.
—El hielo siempre quema.
Continúo con la mano izquierda. La piel de sus dedos es más suave que la mía, más joven, pero ya muestra los callos duros del escalador que vive colgado de la roca. Al terminar de limpiar la última abrasión, tiro los restos de nieve manchada al vacío.
Nico no aparta las manos. Las deja apoyadas sobre mis rodillas.
Levanto la vista. Una racha de viento le aparta un mechón de pelo castaño de la frente, pegado a la piel por el sudor frío.
Tiene los ojos fijos en mi pecho, justo a la altura del hombro derecho que mantengo inmóvil.
Por un instante temo que haya visto la postura forzada, pero su mirada sube despacio, cargada de una vulnerabilidad tan cruda, tan despojada de cualquier soberbia, que me deja sin aire en los pulmones.
—Saúl… —empieza a decir, y la palabra se le quiebra en la garganta—. Podías haberme soltado. Cuando saltó el seguro… el tirón casi te arranca de la chapa.
—No te habría soltado jamás.
Las palabras me salen del pecho antes de que pueda sopesarlas, densas, sin el filtro de la disciplina que siempre nos ha separado.
Alargo mi mano izquierda y le toco la mandíbula. Mis dedos, helados por la nieve y encallecidos por la piedra, rozan su piel ardiente.
Nico se estremece con un temblor menudo, pero no se aparta. Al contrario: inclina levemente el rostro, dejando caer el peso de su mejilla contra la palma de mi mano, buscando ese calor precario que el temporal nos niega.
El mundo entero se reduce a este saliente de caliza colgado sobre quinientos metros de caída libre. Ya no hay cartas, ni mentiras de hospital, ni el fantasma de su padre interponiéndose entre nosotros. Solo quedamos dos hombres que acaban de arrancarle la vida a la gravedad con las uñas.
Me inclino hacia adelante. Apoyo mi frente contra la suya.
Tres segundos.
Tres latidos pesados y compartidos donde el vaho de nuestras respiraciones se funde en un único calor tibio y húmedo que nos golpea los labios.
Siento la firmeza de sus huesos, el olor limpio a esfuerzo y roca virgen que desprende su piel, y ese latido desbocado que me confirma que sigue vivo a mi lado.
El pánico a la intimidad, más feroz que el miedo al abismo, me sacude de golpe.
Me incorporo con un movimiento brusco, reprimiendo una mueca de agonía cuando el hombro derecho protesta por el cambio de postura. Retiro la mano de su rostro como si la piedra se hubiera vuelto fuego.
—Se acabó el descanso —suelto, dándole la espalda y mirando hacia los cortados superiores del espolón, donde la niebla ya empieza a devorar la pared—. Tenemos que movernos antes de que el aguanieve congele los seguros.