CAPÍTULO 9 CALIZA ROTA (POV NICO)
El sonido de la roca al fracturarse es un disparo seco que no deja eco.
Durante una milésima de segundo, el tiempo se detiene en mitad de la placa.
Mis dedos siguen cerrados sobre el labio de la laja desprendida, pero debajo de mis pies de gato ya no hay apoyo.
Solo aire frío, denso y vertical. El bloque de cien kilos bascula hacia el vacío con una violencia aplastante, rozándome el hombro izquierdo antes de precipitarse al abismo.
El aire que desplaza me golpea la cara con un hedor asfixiante a caliza machacada y azufre mineral.
Entonces caigo.
La aceleración me arranca un latigazo en la base del cuello.
El patio de cuatrocientos metros de Áliva se convierte en un remolino gris de farallones y nieve sucia que gira a toda velocidad a mi alrededor.
No hay tiempo para gritar; el viento me tapona la boca, congelándome la lengua contra el paladar.
El último microfriend que coloqué en la fisura ciega queda atrás en un destello de cinta exprés que pasa como un proyectil.
«Seis metros. Es un vuelo de seis metros en factor dos», calcula mi mente en un destello frío de puro instinto.
La cuerda de ocho milímetros y medio corre sin freno por el aire.
Si el seguro del cable salta de la piedra podrida, caeré directo hasta la repisa de la reunión para estrellarme contra el zócalo.
Y Saúl está abajo. Saúl, al que acabo de acusar de cobarde; Saúl, el hombre al que he arrastrado a esta pared por puro orgullo.
La cuerda se tensa con un chasquido agudo, elástico, como el latigazo de un cable de acero al romperse.
El impacto es brutal. La fuerza de choque me clava las perneras del arnés en la ingle, cortándome la respiración de cuajo en una sacudida que me descoloca la pelvis. El nudo en ocho se aprieta contra mi esternón con la dureza de un puño de hierro.
Arriba, en la reunión del nicho, resuena un golpe sordo, hueco, de carne y hueso estampándose contra la caliza viva.
Saúl no ha soltado el cabo. No ha dudado.
Al sentir el tirón homicida de mi vuelo, ha clavado los talones en el reborde y ha bloqueado la placa de freno contra el vértice del triángulo de fuerzas.
Para absorber la energía cinética de mis setenta kilos cayendo a plomo, se ha arrojado con todo su torso hacia el muro, interponiendo su propio cuerpo como amortiguador para evitar que las levas del seguro saltaran arrancadas de la fisura.
El impacto sordo de su cuerpo estampándose contra el zócalo suena amortiguado por el vendaval, seguido de un gemido áspero y seco que se le escapa entre los dientes antes de morderse los labios: —¡Ughhh…! —el quejido muere en un estertor ahogado.
Quedo oscilando en mitad de la nada, colgado de la cuerda a cuatro metros bajo la vira.
El péndulo me balancea sobre el patio sin fondo, girando sobre mí mismo en un silencio atroz que de pronto lo cubre todo.
El viento arrastra fragmentos de roca triturada y una nube densa de poliamida chamuscada: el rozamiento de la cuerda corriendo por la placa antes de bloquearse ha dejado un rastro de humo acre flotando en el aire helado.
Miro hacia arriba, con la vista empañada por el sudor frío y la sacudida del impacto.
Saúl cuelga del anclaje en una postura forzada, con las rodillas dobladas contra la roca.
Su brazo derecho cuelga pegado al flanco, paralizado por una contusión brutal contra la caliza que le ha dejado la articulación del hombro en un espasmo rígido, mientras su mano izquierda, ensangrentada y con la piel de la palma quemada en carne viva por la fricción del cabo pasivo, sigue apretando la cuerda contra el freno con una fuerza sobrehumana.
Tiene la cabeza gacha, apoyada contra la pared gris. Gotas de sudor y sangre le caen desde la barbilla, perdiéndose en el vacío.
—¡Saúl! —aúllo con la voz rota, pataleando en el aire para buscar un apoyo que no existe—. ¡Saúl, mírame!
Pasa un segundo agónico. Dos. El pecho de Saúl se expande en una bocanada de aire temblorosa, áspera como grava. Levanta el rostro despacio. Está blanco como la cal, con los ojos desorbitados por el dolor intolerable del hombro contusionado, pero en sus pupilas no hay ira.
Solo esa fijeza implacable, esa obstinación salvaje del guía que se niega a soltar la vida de su segundo.
—Te… tengo —susurra con un hilo de voz que apenas vence al viento del norte—. No te sueltes… Nico… Remonta por la cuerda… rápido.
El corazón se me parte en el pecho. El papel de la carta sigue aplastado contra mis costillas, pero de pronto no pesa nada; es ceniza muerta frente al sacrificio de carne y sangre que tengo sobre mi cabeza.
Mi soberbia casi lo mata. Mi necesidad de llevar la razón ha destrozado el cuerpo del único hombre que jamás me ha dejado caer.
Alargo la mano derecha hacia el cordino de bloqueo del arnés, con las lágrimas quemándome los ojos en mitad del viento helado de Peña Vieja.