Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 8 EL CAMBIO DE PRIMERO (POV NICO)
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CAPÍTULO 8 EL CAMBIO DE PRIMERO (POV NICO)

El tintineo del duraluminio contra el arnés suena como una provocación.

No pido permiso. Estiro el brazo derecho y arranco del portamaterial de Saúl el juego completo de microfriends y fisureros pasivos.

El roce de mis nudillos contra su cadera es áspero, eléctrico, cargado de una rabia que no cabe en los escasos cuarenta centímetros de esta repisa colgada.

—Paso yo de primero —digo, y la voz me sale con un filo seco que corta el aire gélido del circo.

Saúl no se aparta. Tiene la espalda clavada en la caliza gris y la mandíbula tan apretada que los tendones del cuello se le marcan como cabos de anclaje. Sus ojos oscuros, hundidos bajo la visera del casco, me miden con esa severidad quirúrgica que siempre he confundido con autoridad.

—El muro que viene es un V+ expuesto, Nico —suelta en un susurro ronco, sin tocar los hierros que acabo de arrebatarle—. Hay tramos descompuestos y las fisuras no dan para meter piezas grandes. Escalas con la sangre caliente y la caliza fría no te va a perdonar una sola distracción.

—Llevo seis años tragándome tus advertencias, Saúl. No necesito que me lleves de la mano hasta la cumbre.

—No es llevarte de la mano, chaval. Es no matarnos en el intento.

—Asegúrame y calla.

Me giro hacia la placa sin esperar su réplica.

El patio vertical de más de cuatrocientos metros se abre bajo mis pies de gato, un abismo limpio que cae hacia los pedreros de Áliva.

El aire huele a piedra lavada, a polvo mineral y a ese frío denso que precede al cambio de tiempo en Picos.

Hundo la mano en la bolsa de magnesio; una nube blanca se disipa al instante, barrida por las rachas de viento que azotan el espolón.

El primer movimiento exige una concentración biomecánica absoluta.

Clavo la puntera derecha en una regleta minúscula y tracciono de un bidedo horizontal.

La roca muerde las yemas con la frialdad de una cuchilla.

Siento el papel de la carta arrugándose contra mi esternón bajo la chaqueta técnica, recordándome que cada metro que gano hacia arriba es una distancia que pongo entre su tutela y mi verdad.

A cuatro metros de la reunión, encuentro una fisura ciega.

Meto un microfriend del número uno, tiro del cable para comprobar la expansión de las cuatro levas y paso la cuerda de ocho milímetros y medio por el mosquetón curvo.

El chasquido metálico del cierre me da un respiro de apenas tres segundos.

—¡Mete otro seguro antes de la vira! —grita Saúl desde abajo, con la voz rota por el silbido del viento.

Lo ignoro deliberadamente. Progresar en clásica no es solo cuestión de fuerza; es dominar el miedo. Quiero demostrarle que no le temo al vacío, que no dependo de sus anclajes de manual para abrir una vía.

Subo los pies en adherencia sobre una placa lisa, estirando el cuerpo al límite de mi envergadura.

El aire silba con más fuerza. El altímetro marca dos mil trescientos metros y la sombra de la muralla nos envuelve en una penumbra acerada.

Avanzo otros cuatro metros en vertical. La cuerda cuelga floja entre mis piernas; el último seguro ha quedado muy abajo, casi a la altura de mis tobillos si sufro un resbalón.

Sería un vuelo limpio de ocho metros en factor dos, directo a estamparme contra el resalte inferior.

El ácido láctico me quema los antebrazos con un ardor punzante.

Necesito un seguro ya, pero las fisuras de alrededor son meras cicatrices ciegas taponadas por calcita dura.

Entonces la veo: una laja superpuesta a la derecha, del tamaño de una puerta, que parece ofrecer un agarre de ensueño para bloquear de brazos y montar una reunión intermedia.

—¡No toques ese bloque, Nico! —el bramido de Saúl sube por la canal, cargado de una alarma feroz que jamás le había escuchado—. ¡Es una laja flotante! ¡Baja los pies y busca la vira a la izquierda!

Su orden me enciende la sangre. Siempre la izquierda, siempre la retirada, siempre el camino prudente del guía que huye de las sombras. Estoy harto de su miedo disfrazado de veteranía.

—¡Aguanta la cuerda! —le respondo con rabia.

Ignoro la advertencia. Cruzo el pie izquierdo en un paso dinámico y lanzo la mano derecha hacia el labio superior de la laja. Mis dedos se cierran con fuerza sobre el borde de caliza. Bloqueo el codo, cargo todo el peso de mi cuerpo para elevar el centro de gravedad y tracciono.

El sonido no es un crujido progresivo.

Es una detonación sorda, un chasquido seco y absoluto que vibra a través de los huesos de mi muñeca.

La laja entera se fractura en la base. Siento el aire helado abriéndose en la grieta recién nacida mientras el bloque de caliza de cien kilos bascula hacia afuera, empujándome el torso hacia el vacío. Mis pies pierden todo contacto con la pared.

La gravedad me arranca de cuajo. El abismo de Áliva gira a mi alrededor en un torbellino gris y el estruendo de la roca partiéndose ahoga mi propio grito en la garganta.