Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 7 PREGUNTAS SIN SEGURO (POV SAÚL)
22%

CAPÍTULO 7 PREGUNTAS SIN SEGURO (POV SAÚL)

El nicho es una herida gris excavada en mitad de la placa vertical. Apenas medio metro de caliza carcomida por las heladas donde la roca no resbala, pero escupe esquirlas en cuanto apoyas el peso.

Tengo la espalda encajada contra el fondo húmedo de la hendidura, con las rodillas dobladas hacia el pecho para dejarle espacio a Nico.

El aire aquí dentro huele a mineral frío, a polvo de magnesio y a ese rastro amargo de adrenalina seca que se queda pegado a la ropa térmica después de un susto.

A mi izquierda, el vacío de Áliva cae a plomo: casi cuatrocientos metros de aire lívido donde el viento del norte ha empezado a silbar con un zumbido metálico, constante, afilando las aristas como cuchillas.

Desengancho del portamaterial un microfriend del número dos.

El resorte de las levas tiene arenilla calcárea incrustada.

Saco la navaja del bolsillo lateral del arnés y comienzo a limpiar el eje de acero con la punta de la hoja, rascando el metal con movimientos mecánicos y lentos.

Necesito que mis manos hagan algo útil para que Nico no note la rigidez de mis antebrazos.

Nico está sentado frente a mí, con las piernas cruzadas sobre el abismo y los pies de gato apoyados en el reborde exterior.

No se ha quitado el casco. Tiene la barbilla hundida contra el cuello de la chaqueta técnica, respirando a ráfagas cortas.

La sobrecarga muscular todavía le hace vibrar levemente el muslo derecho, pero en sus ojos ya no queda rastro del pánico de la placa.

Solo hay esa fijeza oscura, esa rabia reconcentrada que lleva acumulando desde que salimos de Áliva.

—Has forzado el paso en el muro sin mirar la línea de seguros —digo sin levantar la vista de las levas del microfriend—.

En adherencia de V grado no se mete el talón si no tienes una salida clara de manos.

Si la suela te llega a patinar dos metros más abajo, el factor de caída nos arranca los dos clavos de la reunión.

Nico suelta una risa corta, áspera, que el viento se traga al instante.

—Siempre la técnica, ¿verdad, Saúl? —dice, ladeando la cabeza—. Siempre el reparto de cargas, el ángulo del triángulo de fuerzas, el nudo perfecto. Hablas como si la montaña fuera un puto manual de instrucciones.

—La técnica es lo único que impide que tu madre reciba otra llamada de la Guardia Civil —replico, apretando el gatillo del seguro mecánico hasta que las levas de duraluminio tocan el tope de acero. El chasquido suena seco entre las paredes del nicho.

—No te atrevas a hablar de mi madre.

La voz le sale con un filo tan envenenado que detengo el movimiento de la navaja.

Levanto la cabeza despacio. Nico se ha inclinado hacia adelante; el espacio entre nuestros rostros se reduce a un palmo escaso.

Puedo ver el vapor caliente de su respiración rompiendo contra mi boca, el brillo febril en sus pupilas dilatadas y la tensión salvaje de su mandíbula.

Su mano enguantada se clava en el forro de su propio pecho, justo sobre el bolsillo donde guarda la carta.

—Llevas seis años haciéndote el santo —continúa, bajando el tono a un susurro que me golpea con más fuerza que una piedra desprendida—.

Guiándome por los macizos, corrigiéndome cada apoyo, diciéndome cuándo apretar y cuándo respirar.

Como si fueras mi padre. Como si tuvieras derecho a ocupar su sitio.

—Nico, este no es el lugar para esto —advierto con la calma más dura que soy capaz de forzar, aunque por dentro siento cómo el estómago se me cierra en un nudo ciego—. Estamos colgados de dos anclajes precarios a mitad de pared. Guarda silencio y céntrate en el siguiente largo.

—¡Pues claro que es el lugar! —estalla él, y el eco de su grito rebota en la caliza del espolón, perdiéndose en el vacío—. Es el único sitio donde no puedes darte la vuelta y marcharte. Aquí arriba estás atado a mí.

Extiende la mano izquierda y me agarra con fuerza de la solapa del anorak, tirando de mí hacia el borde del patio.

El tejido cruje bajo sus dedos agarrotados.

Siento el tirón en las cinchas del arnés, el peso de su cuerpo transmitiéndose al mío con una desesperación cruda que no busca hacerme daño, sino arrancarme una respuesta.

—Mi padre no murió por una ráfaga imprevista en la norte del Urriellu, Saúl. Encontré sus notas. Encontré las copias de los informes del seguro.

La sangre se me congela en las sienes más rápido que con el viento de la cumbre. Mis dedos se quedan inmóviles alrededor del cuerpo del microfriend. El metal quema como hielo puro contra la palma de mi mano desnuda.

—No sabes lo que pasó aquella noche —murmuro, y la voz me sale tan rota que apenas la reconozco.

—Sé lo que dicen los papeles —escupe Nico, clavándome los ojos con una intensidad que me desgarra la piel—.

Estabais en la última vira antes de la salida.

La tormenta se echó encima. Él se quedó atrás en la reunión colgada y tú llegaste al refugio de la Vega solo, con la cuerda cortada y sin un rasguño.

Nico da un tirón más fuerte de mi chaqueta, pegando su frente a la mía con una violencia temblorosa. Sus labios están agrietados por el frío, su aliento me quema las mejillas y sus ojos me exigen una sentencia de muerte.

—Dímelo a la cara, Saúl —susurra, y por primera vez escucho la grieta del llanto ahogada en el fondo de su garganta—. Mírame a los ojos y dime si lo dejaste morir allí arriba porque tuviste miedo. Dime si fuiste un cobarde.

El silencio que cae sobre el nicho es tan denso que parece solidificar el aire. Fuera, una ráfaga de cellisca azota el muro de Peña Vieja con un chasquido áspero, pero dentro de este hueco mineral solo existe el sonido desbocado de nuestros dos pechos golpeándose a través de la ropa técnica.

Tengo la verdad en la punta de la lengua.

La promesa que le hice a su padre mientras se desangraba colgado de un clavo suelto: «No le digas al crío que me equivoqué de ruta.

Deja que el seguro pague su casa». Podría soltarlo ahora, destruir el recuerdo inmaculado del hombre al que venera y limpiarme la culpa de encima de un solo golpe.

Pero miro las manos de Nico, encallecidas, marcadas por las mismas grietas que las mías; miro su rostro deshecho por el dolor y la necesidad de creer que el mundo tiene un orden.

Me quedo paralizado. El microfriend resbala un milímetro entre mis dedos entumecidos, suspendido sobre el abismo.

Aprieto la mandíbula hasta que me crujen las muelas, sosteniéndole la mirada con los ojos quemados por la salitre del viento, incapaz de defenderme, condenado a tragarme el veneno de su desprecio.