Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 6 LA MEMORIA DE LAS FISURAS (POV NICO)
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CAPÍTULO 6 LA MEMORIA DE LAS FISURAS (POV NICO)

El quinto largo no ofrece tregua ni concesiones técnicas: una placa vertical de V grado en pura caliza gris que parece pulida a espejo por los siglos de viento norte. A casi dos mil trescientos metros de altitud, el vacío a mi espalda ya no es una simple caída; es un abismo que succiona el aire.

Meto la puntera del pie de gato derecho sobre un microrelieve de apenas dos milímetros.

La goma vibram rechina con un chirrido seco al buscar fricción contra la roca helada.

No hay agarres francos para las manos; solo pequeñas ondulaciones de la piedra donde apenas entran las primeras falanges de mis dedos índice y anular.

El magnesio en polvo que cubre mis nudillos se disipa con cada ráfaga de aire, dejando la piel expuesta al mordisco gélido de la pared.

Intento respirar con calma, pero el ácido láctico acumulado desde el inicio del espolón empieza a pasar factura en mis extremidades.

«Sube el pie izquierdo, no te abras de cadera, mantén el centro de gravedad pegado al muro», me repito mentalmente.

La voz de Saúl resuena en mi cabeza con la fuerza de un mantra técnico que he escuchado durante seis años.

Sin embargo, hoy esa voz no me da calma; me quema.

Llevar la carta de mi padre aplastada contra las costillas me parte el ritmo en dos.

Cada vez que estiro el brazo derecho para buscar una fisura ciega, el papel cruje bajo el forro térmico, recordándome que el hombre que está arriba asegurándome sobre dos clavos dudosos me ocultó la verdad más dolorosa de mi vida.

Subo el pie izquierdo. La suela patina un milímetro sobre una mota de calcita suelta.

El corazón me da un vuelco salvaje contra el esternón. Para no caerme hacia atrás, cargo todo el peso del cuerpo sobre la pierna derecha. Es un error de principiante, una tensión desmedida por pura rabia.

El gemelo derecho se me contrae de golpe en un espasmo rígido, duro como una piedra. Es el temblor incontrolable de la sobrecarga muscular: la pierna entera empieza a vibrar como la cuerda de un violonchelo, golpeando la caliza con un traqueteo rítmico.

—¡Mierda! —suelto entre dientes, mordiéndome el labio inferior.

—¡Baja los talones, Nico! —grita Saúl desde la reunión superior, asomando el casco rojo sobre el desplome de la vira—. ¡Estás sobrecargando los gemelos! ¡Respira y busca el reposo a tu izquierda!

—¡No hay reposo! —le respondo con la voz rota por el esfuerzo.

Quiero moverme, pero el bloqueo es total.

Los dedos de mi mano izquierda, entumecidos por el frío, empiezan a abrirse sobre la regleta roma.

La caliza no ofrece ni una grieta para meter un seguro flotante; el último fisurero que emplacé está cuatro metros por debajo de mis pies.

Si la suela cede ahora, el péndulo contra la pared me va a destrozar los tobillos contra los bloques del zócalo.

La vergüenza me arde en el pecho con más fuerza que el dolor muscular. Odio mostrarme débil delante de él. Odio que me vea paralizado, temblando en mitad de una placa que debería superar con los ojos cerrados.

—¡No puedo cambiar el pie, Saúl! —admito al fin, tragándome el orgullo mientras el sudor frío me corre por la frente y se congela en mis cejas.

—¡Mírame! —ordena su voz con una autoridad feroz que corta el silbido del viento.

Levanto la vista. Saúl no está esperando pasivamente en la chapa.

Se ha desanclado de la posición de reposo, dejando el autoseguro en tensión máxima.

Se estira hacia abajo sobre el labio extraplomado de la reunión, colgando medio torso en el vacío con un desprecio absoluto por el patio que se abre a sus espaldas.

Su rostro curtido está desencajado por la tensión; sus ojos oscuros me clavan una orden muda e incuestionable.

—Dame la mano izquierda —dice con voz sorda, extendiendo su brazo derecho hacia mí.

—¡No llego! ¡Estoy a casi un metro!

—¡Empuja con la pierna mala y salta a la fisura, joder! ¡Yo te tengo!

Es una locura técnica. Lanzar un movimiento dinámico en adherencia sin seguro intermedio desafía todo lo que me enseñó.

Pero el gemelo derecho cede por completo; la suela de goma se despega de la roca.

En el último instante, empujo con lo que me queda de fuerza en el cuádriceps y lanzo el cuerpo hacia arriba.

El vacío se traga mis pies durante una fracción de segundo agónica. No alcanzo la roca. Lo que me frena en seco no es la caliza, sino el brazo de Saúl.

Sus dedos gruesos y ásperos se cierran como una prensa de hierro sobre el anillo ventral de mi arnés.

El tirón es brutal, seco, cargado de una fuerza bruta que sacude todo mi esqueleto.

Saúl tracciona hacia arriba con un rugido que le nace desde el fondo del pecho, utilizando la musculatura de su espalda para izar mis setenta kilos a pulso en mitad del aire.

La inercia me estampa contra el nicho de la reunión. Mis rodillas chocan contra la pared y quedo suspendido en el espacio mínimo de la repisa.

No hay distancia. Estoy colgado directamente de su brazo, con mi pecho aplastado contra el suyo y mis piernas encajadas entre sus muslos para no resbalar hacia el cortado.

El aire nos falta a los dos. Su aliento caliente, entrecortado y denso, me golpea en la boca con un olor limpio a café y esfuerzo salvaje.

Nuestras caras quedan a escasos tres centímetros.

Puedo ver cada surco en su piel, la cicatriz pálida que le cruza la sien y la dilatación frenética de sus pupilas.

Su mano no suelta el anillo de mi arnés; al contrario, me atrae un centímetro más contra su torso, como si necesitara asegurarse físicamente de que sigo de una pieza.

—Te tengo —susurra contra mis labios, tan cerca que siento el calor de su boca rozando la mía con cada palabra que pronuncia.

El temblor de mis músculos no se detiene, pero ya no es por el calambre del gemelo.

Es esta proximidad salvaje, impuesta por el abismo, lo que me desarma por completo.

Siento la dureza de su cuerpo sosteniéndome entero, y por un segundo atroz deseo que no me suelte jamás; deseo enterrar los dedos en su nuca y olvidar el pasado, la carta y las deudas que nos separan.

La caliza a nuestro alrededor parece crujir con el viento. Ninguno de los dos se aparta.