Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 5 RESPIRACIÓN SINCRONIZADA (POV NICO)
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CAPÍTULO 5 RESPIRACIÓN SINCRONIZADA (POV NICO)

Subir de segundo no es un alivio cuando cada metro ganado exige limpiar el rastro de quien abrió la pared.

La caliza está tan fría que el contacto directo con la roca me entumece las primeras falanges en cuestión de segundos.

Meto el sacafisureros en la grieta donde Saúl dejó encajado el número cinco.

El cable de acero ha recibido tensión, deformando la cuña de duraluminio contra los labios de la hendidura.

Golpeo la pieza con la palma abierta para desatascarla; el impacto envía una sacudida seca a través de mi muñeca.

El metal cede por fin con un chasquido hueco.

Lo engancho al portamaterial de mi arnés, donde el tintineo contra los mosquetones se pierde entre las rachas de viento que barren la vertiente oriental de Peña Vieja.

Debajo de mis pies de gato, el vacío de Áliva se abre como un pozo sin fondo. Son trescientos metros de aire puro, una caída limpia donde la nieve de los pastos parece una gasa arrugada y muda.

—¡Cuerda recogida! —la voz de Saúl baja cortante desde arriba, amortiguada por el silbido del aire en las aristas.

Tracciono sobre una regleta diminuta, cruzo los pies en adherencia sobre una placa pulida y monto la rodilla sobre el reborde de la primera reunión.

El espacio no llega a los cuarenta centímetros de ancho. Es una repisa exigua, una simple cicatriz en el muro donde apenas caben dos pares de botas. Saúl está anclado a dos clavos viejos mediante un triángulo de fuerzas; el anillo ventral de su arnés queda a la altura de mi cintura.

Para poder asegurar mi cabo con la cinta de anclaje, tengo que meter el cuerpo dentro del nicho. No hay alternativa: mi pecho choca directamente contra su espalda.

El impacto es duro, sólido. A través de las capas de Gore-Tex y el forro polar, el calor de su cuerpo me golpea como el tiro de una chimenea encendida en mitad del invierno.

Siento la tensión de sus dorsales bajo mi esternón, la vibración pesada de sus pulmones trabajando para estabilizar el ritmo cardíaco tras el esfuerzo de abrir el largo.

—Pasa el mosquetón de seguridad al vértice —ordena Saúl sin girarse, con la respiración entrecortada pegada a la roca—. Cierra la rosca. No te apoyes en el clavo de la izquierda, tiene holgura.

—Ya lo veo —murmuro pegado a su nuca.

Mi voz sale más ronca de lo que pretendía. Al estirar el brazo para pasar el seguro por el anillo del reenvío, mi antebrazo derecho rodea su costado. El roce es total, inevitable. Mi muslo queda encajado entre sus dos piernas para no perder el equilibrio sobre el canto de la repisa.

El papel doblado en el bolsillo interior de mi chaqueta se aplasta contra sus omoplatos.

Cada latido de mi pecho parece empujar esa carta contra su cuerpo, como si la tinta pudiera filtrarse a través de la tela y quemarle la piel con la verdad que ambos nos callamos.

Quiero odiarlo por lo que le hizo a mi padre, quiero empujarlo hacia el patio para que sienta el mismo pánico que nos dejó en el valle; pero en este saliente colgado en mitad de la nada, su espalda ancha es lo único que me separa de una caída de trescientos metros.

Saúl gira la cabeza apenas unos centímetros. El perfil de su mandíbula, sombreado por una barba de dos días y manchado de polvo de caliza, queda a un palmo de mis labios. Su aliento caliente se mezcla con el mío en una sola nube de vaho espeso que el viento disipa al instante.

—Has tardado demasiado en limpiar el puente de roca —dice, pero en sus ojos oscuros no hay reproche técnico, sino esa vigilancia densa, casi animal, que aparece cuando los cuerpos no tienen dónde retirarse.

—El cordino estaba mordido por el hielo. No salía con un solo tirón.

—La próxima vez usas el martillo. Si te quedas parado en la placa, te enfrías los dedos y en el siguiente largo no vas a poder abrir de primero.

Saúl desliza la mano izquierda hacia su costado para alcanzar la cantimplora de aluminio colgada del portamaterial trasero.

Sus nudillos lacerados rozan la cinta perimetral de mi cadera, demorándose un segundo más de lo necesario.

Desenrosca el tapón con los dientes, escupiendo un trozo de hielo acumulado en la boquilla, y bebe un sorbo corto.

Luego, sin mirarme, me pasa el recipiente metálico por encima del hombro.

—Toma. Medio trago. El agua está helada, no la tragues de golpe.

Tomo la cantimplora. El metal quema por el frío, pero en la boquilla aún queda el rastro tibio de su boca. Bebo despacio. El agua entra con sabor a hierro y nieve vieja, enfriándome la garganta mientras el pecho de Saúl se expande contra el mío en una exhalación profunda.

Apoyo la frente contra el tejido áspero de su capucha durante un segundo que se estira como una cuerda al límite de carga.

En el silencio que se traga el patio bajo nuestras botas, el latido de su corazón retumba contra mis costillas, sordo, constante, sincronizado con el mío con una violencia que nada tiene que ver con la altura.