CAPÍTULO 4 LA PRIMERA PLACA (POV SAÚL)
La caliza a las seis de la mañana muerde como hierro congelado. El primer largo del Espolón de los Franceses no regala nada: arranca en un muro vertical de IV+ donde las fisuras son líneas ciegas y los agarres parecen navajas pulidas por el viento del norte.
Tanteo la roca con la yema de los dedos desnudos.
La piedra está helada, pero firme en apariencia, cubierta por esa pátina grisácea que delata la caliza lavada por las tormentas de otoño.
Hundo tres milímetros de falange en una pequeña regleta horizontal.
El frío corta la circulación en segundos, insensibilizando las terminaciones nerviosas hasta convertirlas en madera muerta.
Es la ley de la pared: si esperas a que las manos entren en calor para progresar, la montaña te congela antes del segundo seguro.
Miro hacia abajo entre mis botas.
Quince metros más abajo, sobre la pedrera del zócalo, la silueta encogida de Nico apenas resalta contra la nieve sucia del circo.
Tiene las dos manos enguantadas sujetando el cabo pasivo de la cuerda de ocho milímetros y medio, el cuerpo ladeado y la mirada fija en mis movimientos.
Está colocado en la posición exacta, con el reenvío anclado al arnés y el peso descargado en los talones.
Sabe lo que hace; le enseñé yo mismo cada maniobra antes de que aprendiera a odiarme.
—¡Dame un metro! —grito contra la pared.
El viento que sube de los valles de Áliva amortigua mi voz, pero la respuesta es inmediata: la cuerda naranja pierde comba con un movimiento seco, fluido, sin tirones.
Me estiro hacia la derecha, buscando una grieta vertical donde alojar un seguro flotante.
Saco un fisurero del número cinco del portamaterial del arnés; el tintineo del cable de acero resuena en la soledad del cortado.
Lo encajo de arriba abajo en la hendidura, tirando de él con un golpe seco de muñeca para comprobar la mordida de la cuña de duraluminio.
La pieza traba con solidez. Paso la cinta exprés, meto la cuerda por el gatillo curvo y escucho el chasquido del cierre de seguridad.
La tensión de rotura de ese cable de acero son novecientos kilos, pero en escalada clásica el metal no vale nada si la roca alrededor decide ceder.
Avanzo dos metros más en adherencia. Mis dedos buscan una laja superpuesta que promete un cazo generoso para las dos manos.
La caliza parece un bloque compacto, una costra sólida empotrada en el centro de la placa.
Sin embargo, por debajo del silbido del aire, hay algo en el tono del silencio que me pone en guardia.
Llevo veinte años escuchando cómo cruje este macizo; la experiencia no es más que un catálogo de ruidos que avisan antes del desastre.
Subo el pie izquierdo a una presa diminuta y cargo la mitad del peso del torso sobre la laja.
El sonido no es un crujido. Es un chasquido sordo, una fractura limpia como la de un hueso partiéndose bajo una bota.
El bloque entero, un fragmento de caliza de veinte kilos con el filo afilado como una cuchilla, se desgaja del muro en una fracción de segundo.
—¡Piedra! —aúllo con el aire congelándose en mi garganta.
La roca se desprende hacia el vacío. La masa gris cae en línea recta, cortando el aire con un zumbido agudo antes de rozar la visera del casco de Nico por escasos diez centímetros.
El estruendo al estrellarse contra el pedrero inferior retumba en todo el circo de Peña Vieja, rebotando en los farallones como un cañonazo y desintegrándose en cientos de esquirlas que ruedan hacia Áliva.
Al perder el apoyo, mi centro de gravedad se vence hacia el abismo. El vacío de cuatrocientos metros me tira de la espalda con la fuerza de un imán.
Lanzo la mano izquierda a ciegas contra la pared, raspándome los nudillos contra la roca viva hasta que las uñas encuentran una regleta ciega de apenas tres milímetros.
Clavo las falanges con una fuerza desesperada, bloqueando el codo con los tendones al límite de rotura.
Los pies me patinan sobre la placa lisa; cuelgo de una sola mano en mitad del aire helado, con el corazón golpeándome las costillas a doscientas pulsaciones por minuto.
El polvo blanco de la caliza triturada me nubla los ojos por un instante.
Sé que si mis dedos se abren ahora, el último fisurero está tres metros por debajo de mis pies.
Sería un vuelo de seis metros en péndulo directo contra el zócalo de la reunión.
Mi vida entera está suspendida de esa cuerda de ocho milímetros y medio y de los reflejos de un chico que lleva en el bolsillo una carta que me acusa de cobardía.
—¡Te tengo! —el grito de Nico sube nítido y furioso por la canal, quebrando el viento—. ¡Cierra los pies a la izquierda, Saúl! ¡No te sueltes, joder, te tengo bloqueado!
La cuerda se tensa con un chasquido elástico contra mi anillo ventral. Siento el tirón firme, seco, sin un solo milímetro de comba suelta. Abajo, Nico ha clavado los talones contra la roca madre, bloqueando el freno con las dos manos pegadas al muslo y el cuerpo inclinado para hacer contrapeso.
Busco a tientas con la bota derecha el labio de una pequeña fisura. La goma vibram muerde la caliza. Cargo el peso en la pierna, alivio la tracción inhumana de mis dedos sangrantes y logro plantar las dos manos en una repisa superior.
Apoyo la frente empapada de sudor frío contra la piedra helada para recuperar el aliento. El olor a roca machacada y pólvora mineral me llena los pulmones.
Miro hacia abajo a través del patio vertical.
Nico sigue en posición de frenado absoluto, con el rostro blanco, los ojos desorbitados por el impacto que casi le arranca la cabeza y los nudillos apretando la cuerda hasta que la tela cruje.
No me ha soltado. Pudo haber dudado un segundo; pudo haber dejado correr medio metro de cuerda y dejar que la gravedad ajustara las cuentas de su padre. Pero ha bloqueado en seco.
—¡Reunión en cinco metros! —le grito con la voz rota.
Nico no responde con palabras. Solo asiente con un golpe seco de cabeza, manteniendo la cuerda rígida entre sus dedos, confirmando que en esta pared estamos atados por la misma condena.