CAPÍTULO 3 NUDO EN OCHO (POV NICO)
El amanecer en la base del Espolón de los Franceses no trae calor, solo una claridad lívida y metálica que tiñe la caliza de un gris cadavérico.
A dos mil cien metros, el aire está tan quieto que parece a punto de quebrarse.
Mis dedos, rígidos por el frío que emana del zócalo de roca, manipulan el cabo activo de la cuerda simple de ocho milímetros y medio.
La poliamida naranja está áspera, impregnada de polvo mineral de ascensiones pasadas.
Paso el seno por los dos puntos de anclaje del arnés: pernera y cintura.
Trazo el nudo en ocho por chicote con movimientos mecánicos, cruzando el cabo, persiguiendo la curvatura del trenzado sin mirar.
Es un gesto que he repetido diez mil veces desde los doce años, pero hoy el corazón me late tan arriba en la garganta que me falta el aire para cerrar el remate de seguridad.
El papel rígido en el bolsillo interior de mi pecho sigue ahí, ardiendo contra mis costillas con cada inhalación.
—Deja el chicote más largo —dice Saúl a mi espalda.
No he oído sus pasos sobre la pedrera helada.
Antes de que pueda responder, su cuerpo invade mi espacio con la autoridad pesada de un muro que se cierra.
Huele a tabaco frío, a café amargo y a lana empapada de escarcha.
Se planta frente a mí, tan cerca que la visera de su casco casi roza la mía.
Sus hombros anchos tapan la luz naciente del valle de Áliva, dejándome atrapado bajo su sombra.
—Sé hacer un ocho, Saúl —suelto, intentando dar un paso atrás, pero la pared me frena la espalda.
—No con los dedos congelados y la cabeza llena de mierda —replica con voz sorda, sin levantar el tono.
Se arrodilla sobre una pierna en la grava frente a mí.
Sus manos desnudas, cubiertas de viejas cicatrices blancas y con la piel encallecida por cuarenta años de roca viva, apartan las mías de un manotazo seco y toman el nudo.
Deshace el remate con una facilidad insultante, acomodando los senos de la cuerda para que queden planos, paralelos, sin montarse.
—En clásica no se aceptan nudos deformes —murmura mientras sus dedos tiran con fuerza del cabo para azocarlo contra mi vientre—.
Si vuelas seis metros sobre un fisurero dudoso, la fricción tiene que repartirse limpia.
Un nudo mal peinado se estrangula y luego no hay dios que lo desate con los dedos rotos.
—No voy a volar.
—Todos vuelan antes o después, Nico. Los que dicen que no, están enterrados.
Sus nudillos rozan la tela tensa de mi pantalón técnico, justo en la ingle, al comprobar el ajuste perimetral del arnés.
Meto el abdomen por puro reflejo, pero el contacto es firme, sin vacilación.
Saúl pasa los dedos por debajo de la cinta de mi muslo izquierdo, tirando hacia afuera para medir la holgura.
—Llevas la pernera suelta —dice.
—Me corta la circulación si la aprieto más.
—Te romperá la femoral si caes en invertido.
Tira de la hebilla de duraluminio con un tirón seco.
La cincha se ciñe contra mi cuádriceps, obligándome a apoyar una mano sobre su hombro para no perder el equilibrio sobre las piedras sueltas.
A través del forro polar desgastado, siento la dureza de su músculo, tenso como una viga de hierro.
El calor que desprende su cuerpo bajo la ropa es sofocante en mitad del aire helado del circo.
Saúl se pone en pie con lentitud deliberada.
Quedamos a escasos centímetros. Su aliento caliente, condensado en una nube blanca y densa, me golpea directo en la base del cuello, colándose por la cremallera abierta de mi chaqueta térmica.
Es un contraste brutal que me eriza la piel: el frío cortante del espolón en la nuca y su respiración abrasándome la garganta.
Nuestros ojos se cruzan. En los suyos, oscuros y surcados por las arrugas del sol de altura, no hay disculpa ni duda; hay una vigilancia implacable que busca el mínimo temblor en mis pupilas.
Siento una punzada eléctrica en la boca del estómago, una mezcla viscosa de furia y atracción salvaje que me revuelve la sangre.
Quiero empujarlo contra la caliza, arrancarle la máscara y exigirle la verdad sobre mi padre antes de poner un solo pie en la pared; y al mismo tiempo, mi cuerpo traidor busca instintivamente el cobijo de su pecho para resguardarse del viento que empieza a azotar el pie de vía.
—¿Vas a estar mirándome todo el día o vamos a escalar? —susurro, apretando los dientes para que no me castañeteen.
Saúl no retrocede. Alarga la mano derecha, enguantada ahora, toma el resto de la madeja de cuerda y me coloca el bucle en la palma de la mano. Sus dedos enguantados se cierran sobre los míos, obligándome a empuñar el cabo con fuerza.
—A partir de aquí no hay más voces que los tirones de la cuerda —dice con esa calma severa que me carcome por dentro—. Si dudas, no tires. Si caes, confía.
—No confío en ti, Saúl.
Una sombra cruza su mandíbula apretada, pero no desvía la mirada ni un milímetro.
—No te pido que confíes en mí, chaval —responde, dando el primer paso hacia el zócalo de la pared y ajustándose el reenvío al anillo ventral—. Confía en los ocho milímetros y medio que nos atan. Es lo único que nos va a mantener vivos ahí arriba.
Se gira hacia el diedro inicial y clava la primera bota en una regleta de caliza fría. La cuerda entre nosotros se tensa, levantándose del suelo como una línea viva que vibra con el viento del norte.