CAPÍTULO 2 LÍNEA DE SOMBRA (POV SAÚL)
El haz del frontal corta la negrura como una hoja desafilada.
A cuatro grados bajo cero, el aire entra en los pulmones con el filo de un cristal roto, quemando los bronquios a cada zancada.
Dejo atrás las últimas luces bajas de los pastos de Áliva y encaro la pedrera que remonta hacia el circo oriental de Peña Vieja.
A mi espalda, el crujido de las suelas de Nico sobre la grava helada suena acompasado, pero carece de ritmo elástico.
Camina con los talones clavados, demasiado rígido de hombros.
Un montañero que sube pensando en la pendiente no arrastra los regatones de los bastones contra los bloques de caliza como si fueran cadenas; ese ruido metálico y torpe solo lo produce alguien que lleva la cabeza a kilómetros de sus pies.
Apago mi frontal durante un segundo para acostumbrar las pupilas a la penumbra.
La mole del Espolón de los Franceses no se ve: se intuye.
Es una masa densa, un recorte negro que apaga las estrellas sobre el cordal.
Novecientos metros de sombra vertical donde cualquier despiste al amanecer se paga con un vuelo limpio hacia el pedrero.
Lo he escalado catorce veces, con sol, con cellisca y con las reuniones chorreando agua de fusión, pero jamás he subido atado a un chico que parece buscar el golpe antes que el agarre.
—Acorta el paso —digo sin volverme, manteniendo la cadencia pesada y constante de quien sabe que la jornada no se mide en metros, sino en horas de reserva muscular.
—Voy bien —responde su voz desde la sombra, tres pasos por detrás. La respiración le sale entrecortada, con ese silbido húmedo de quien aprieta las mandíbulas para no resoplar.
—No vas bien, Nico. Llevas la zancada demasiado larga y estás gastando los gemelos en la pedrera suelta. Apoya la planta entera.
—Sé caminar por una tartera, Saúl. No me des lecciones básicas.
Me detengo en seco sobre una laja firme de caliza y me giro.
Su haz de luz me golpea directo en el pecho, cegándome un instante antes de que desvíe el foco hacia mis botas.
Nico se frena a apenas un palmo de mí. Lleva la capucha del anorak ajustada al milímetro, ocultando ese pelo castaño que siempre se le escapa sobre la frente, pero sus ojos brillan en la penumbra con una rabia eléctrica, casi febril.
Puedo oler el tejido técnico empapado por su sudor frío y ese rastro inconfundible de magnesio seco que nunca termina de quitarse de las muñecas. Está tenso como un cable de acero sometido a tensión de rotura.
—Si te doy lecciones no es para joderte —suelto, bajando el tono para que el viento de la canal no se trague mis palabras—. Es porque a las seis de la mañana, cuando estemos metiendo el primer fisurero en la placa fría, las piernas te van a temblar si sigues forzando el paso por pura soberbia.
—No es soberbia.
—Pues parece un ajuste de cuentas.
Nico desvía la mirada hacia el contorno oscuro de la muralla.
Traga saliva; veo la nuez de su garganta subir y bajar bajo la cremallera termosellada.
Su mano enguantada se cierra sobre la hombrera de su mochila de doce kilos, justo encima del bolsillo interior donde hace media hora lo vi esconder aquel papel.
Sé lo que es. Conozco la letra de su padre mejor que la mía propia; pasé diez años asegurándolo en los peores tajos de estos macizos.
Y sé que esa carta no cuenta ni la mitad de lo que ocurrió aquella noche en el Urriellu.
Quiero decirle que la verdad en el valle siempre llega mutilada.
Quiero arrancarle la mochila, sentarlo sobre esta piedra y explicarle que su padre no fue un héroe ni un villano, solo un hombre agotado que cometió un error de juicio bajo una tormenta que no dejaba pensar.
Pero si hablo ahora, antes del pie de vía, se dará la vuelta.
Se marchará con su odio intacto y buscará otra pared donde matarse solo para demostrar que no me necesita.
—Sigamos —dice Nico, esquivando mi hombro para tomar la delantera.
—Nico, espera.
No me hace caso. Da dos pasos rápidos sobre la morrena lateral, bordeando un nevero residual que la sombra del espolón ha mantenido congelado desde el último temporal.
Es nieve venteada, una costra blanquecina y quebradiza que oculta los labios de las simas cársticas donde la montaña se traga el agua de deshielo.
El crujido que suena bajo su bota derecha no es de roca.
Es un chasquido sordo, hueco, como el de una tabla de madera pudriéndose bajo una carga repentina. La costra cede. Su pierna se hunde hasta la ingle en el vacío negro y el peso de la mochila tira de su torso hacia atrás, desequilibrándolo sobre la pendiente de cuarenta grados.
Me arrojo hacia adelante sin pensarlo. Clavo las rodillas en la grava helada y estiro el brazo derecho, cruzándole el pecho con la fuerza de un cerrojo antes de que la inercia lo arrastre hacia la grieta.
El impacto es seco. Mi antebrazo frena en seco su esternón, atrapándolo contra mi propio cuerpo mientras la grava y los fragmentos de hielo caen en la sima, rebotando en el fondo con un eco cavernoso que tarda tres segundos en apagarse.
Nico se queda completamente inmóvil. Su respiración se corta.
Lo tengo encajado contra mi costado, con su espalda pegada a mi pecho y mi mano enguantada sujetándole el hombro con tanta fuerza que siento las cinchas del arnés crujir bajo mis dedos.
A través de las capas de Gore-Tex y forro polar, el latido de su corazón me golpea el brazo con la violencia de un animal acorralado.
El vaho caliente de su jadeo me empaña la mejilla. Ninguno de los dos se mueve durante diez segundos. Solo se escucha el silbido áspero del viento que empieza a bajar desde la Horcada de Caín, arremolinándose en los tajos de la roca.
—Mira hacia abajo —le susurro al oído, sin aflojar la presión de mi brazo alrededor de su pecho.
Nico inclina la cabeza despacio. Su frontal ilumina la boca negra del pozo, un agujero vertical de quince metros donde la caliza está afilada como cuchillos de pedernal. Si la costra hubiera cedido medio metro más arriba, la mochila lo habría volteado de cabeza.
—La montaña no avisa dos veces, Nico —digo, sintiendo su temblor muscular transmitirse directamente a mi caja torácica—. No le importan tus fantasmas, ni tu rabia, ni lo que creas que te debo. Si pisas sin mirar dónde apoyas, te mata exactamente igual.
Tiro de él hacia atrás con un movimiento seco, sacándolo del agujero y depositándolo sobre la laja firme a mi izquierda.
Nico se deja caer de rodillas, apoyando las manos desnudas sobre la roca fría para recuperar el equilibrio.
Levanta la vista despacio; la sombra de su capucha ya no oculta sus ojos, desorbitados por el golpe de adrenalina, pero su mandíbula sigue apretada, resistiéndose a darme las gracias.
Me pongo en pie, ajustándome las correas de mi propia carga, y apunto con el haz de mi frontal hacia el espolón que se alza a menos de doscientos metros.
La caliza gris empieza a clarear con el primer destello lívido del alba.
—Ponte de pie —le ordeno con frialdad, dándole la espalda para que no vea cómo me tiemblan los dedos por el susto—. En diez minutos sale el sol y tenemos un nudo que atar.