Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9)
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CAPÍTULO 1 EL PESO DE LOS HIERROS (POV NICO)
El metal está frío como un cadáver. Sobre la mesa de pino del refugio de Áliva, los empotradores descansan alineados por números, desde las cuñas minúsculas de cable de acero hasta los bloques hexagonales de duraluminio.
El olor a café recalentado se mezcla con el humo agrio de la parafina de la lámpara y esa humedad pastosa, casi mineral, que se pega a las vigas de madera vieja antes de que rompa el temporal.
Fuera no hay luna. Solo la mole invisible de Peña Vieja recortando la oscuridad, una pared de más de novecientos metros de caliza rota que espera en silencio.
Paso la yema del pulgar por la leva de un microfriend del número uno.
El resorte cede con un chasquido limpio, metálico, demasiado ruidoso para la quietud que llena la estancia.
Llevo el papel doblado en cuatro partes dentro del bolsillo interior del anorak, justo contra el pecho.
Cada vez que respiro, el cartón rígido me roza el esternón, recordándome la letra apresurada de mi padre, las fechas tachadas y esa última frase que no debí leer jamás.
Cinco años creyendo en una muerte heroica en la cara norte del Urriellu, cinco años tragando el cuento de la tormenta perfecta, cuando la verdad era un pagaré sin fondos y una decisión cobarde.
La puerta de la entrada chirría sobre sus goznes. El aire gélido del exterior entra de golpe, haciendo oscilar la llama de la lámpara.
Saúl no hace ruido al caminar, a pesar de sus botas pesadas.
Se quita los guantes de lana con los dientes y los arroja sobre el banco corrido.
Viste el mismo forro polar desgastado en los codos que le he visto llevar durante los últimos seis años, impregnado de ese olor suyo a resina de pino, tabaco negro y sudor seco.
Su sombra, proyectada por la luz vacilante, cubre la mitad de la mesa y devora el brillo del material que acabo de ordenar.
—Has dejado fuera el juego de excéntricos grandes —dice sin mirarme, con esa voz áspera, gastada por el viento de altura.
—Pesan demasiado —respondo sin levantar la vista de los hierros, forzando un tono neutro que no delate el nudo que tengo en la garganta—. Si queremos salir rápidos por el espolón antes del mediodía, no podemos cargar lastre.
Saúl se acerca un paso más. El suelo cruje bajo su peso.
Se inclina sobre la mesa y sus dedos, anchos, con los nudillos deformados por décadas de traccionar sobre regletas afiladas y cicatrices que le cruzan la palma como grietas de hielo, toman el manojo de fisureros que acabo de ordenar.
Al tirar del mosquetón portamaterial, el dorso de su mano roza mis nudillos.
El contacto es breve, apenas una fricción áspera de piel curtida contra piel viva, pero me sacude como una descarga estática.
Siento un calor punzante que me sube por el antebrazo y me obliga a tensar la mandíbula.
Odio esa reacción. Odio que mi cuerpo reconozca su presencia antes de que mi cabeza pueda levantar las defensas.
Odio seguir buscando la sombra del único hombre que juró no dejarme caer y que, sin embargo, construyó toda nuestra historia sobre una farsa.
—En la caliza de los Franceses no se ahorra en seguros pasivos, Nico —sentencia, reorganizando las piezas con una calma exasperante, deslizando los cables con la soltura de quien conoce cada fisura de memoria—.
Arriba no hay parabolts de acero inoxidable.
Hay clavos podridos de los años sesenta y huecos ciegos donde solo muerde un empotrador bien colocado. El peso no te mata; la soberbia, sí.
—Sé perfectamente lo que hay arriba —suelto, retirando mi mano de golpe antes de que vuelva a rozarme—. No soy el crío que sacaste de la escuela de escalada de Potes hace seis años.
Saúl se detiene. Su mano derecha se queda fija sobre el manojo de cintas exprés.
Levanta la cabeza despacio y sus ojos oscuros, hundidos bajo unas cejas pobladas y castigadas por el sol de los ventisqueros, se clavan en los míos.
No hay ira en su mirada; hay una severidad quirúrgica, esa frialdad de guía que evalúa el estado de una cuerda antes de anudarla al arnés.
—Pues no respires como si estuvieras a punto de saltar al vacío sin seguro —suelta con voz baja, cortante.
—Estoy perfectamente.
—Tienes el pulso en cien y no hemos dado ni el primer paso hacia la canalona —dice, dando un paso lateral que reduce el espacio entre nosotros a menos de medio metro.
La proximidad me obliga a tragar saliva; puedo oler el vapor caliente de su respiración rompiendo contra el frío del refugio—.
Llevas dos días arrastrando los pies, callado, comiendo la mitad de la ración y mirando hacia el valle como si te persiguiera alguien.
En la pared no puedo llevar a un segundo que escala con la cabeza en otra parte.
Si tienes miedo, lo dices ahora y dejamos los hierros aquí.
El papel en mi bolsillo interior parece arder, una brasa incandescente contra mis costillas.
La tentación de arrancarlo, de estamparle la carta en el pecho y gritarle lo que sé sobre la última noche de mi padre en el Urriellu me abrasa la lengua.
Quiero ver cómo se quiebra esa máscara de veterano intachable, quiero obligarlo a tragar el barro de su propia mentira.
Pero la montaña impone sus leyes. Si hablo ahora, en la seguridad de este refugio con suelo firme bajo las botas, me dará una respuesta calculada, una excusa técnica.
No. En el valle todos mienten. En el valle las palabras son baratas.
Arriba, cuando estemos colgados de dos clavos sobre el abismo de quinientos metros y no haya dónde esconderse, no podrá mentirme.
—No tengo miedo —digo, sosteniéndole la mirada con los ojos encendidos, sin pestañear.
—Entonces demuéstralo —responde Saúl sin apartar los ojos de mi cara, con una calma que me desgarra por dentro—. Cierra la mochila y guarda silencio. La pared no perdona a los que dudan.
Saúl se gira hacia el fondo del refugio para comprobar el hornillo.
Me quedo solo frente a la mesa. Alargo la mano, tomo una cinta exprés de poliamida rígida y cierro los dedos sobre el gatillo curvo del mosquetón inferior.
Aprieto con toda la fuerza de mi brazo, clavándome el nervio de aluminio en la palma de la mano hasta que el dolor físico apaga el temblor de la rabia.
Siento la caliza esperándonos arriba, afilada y muda. Y sé que cuando nos atemos al mismo cabo de ocho milímetros y medio, uno de los dos va a tener que romperse.