Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 32 EL CALOR DEL REFUGIO (POV NICO)
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CAPÍTULO 32 EL CALOR DEL REFUGIO (POV NICO)

El pestillo de acero encaja con un estruendo sordo, hermético, que hace vibrar el marco metálico.

Al girar la manivela, el vendaval que castiga el collado de Horcados Rojos desaparece como si le hubieran cortado la garganta.

Fuera quedan los dos mil trescientos veinticinco metros de altitud, la ventisca helada que peina el Jou de los Boches y la sombra atroz del Espolón de los Franceses; dentro, la cúpula roja de Cabaña Verónica nos recibe en un silencio espeso, seco y contenido.

Apoyo la espalda contra la plancha de aluminio del portón.

El aire del habitáculo —apenas nueve metros cuadrados rescatados de la batería antiaérea de un portaaviones— no es cálido todavía, pero está quieto.

Huele a parafina, a madera vieja de las literas, a lana curada por el humo y a ese aroma metálico inconfundible que despiden las paredes blindadas cuando la helada aprieta por fuera.

Saúl se deja caer sobre el banco corrido junto a la mesa abatible.

El crujido de la madera bajo su peso es el único sonido que llena la estancia.

No se quita la mochila; permanece encorvado, con la cabeza gacha y el brazo derecho rígidamente pegado al torso bajo el vendaje de cinta tubular y cordino que le armé en la pared.

A través de las costuras raídas de su anorak se adivina la curvatura rota del hombro, ese nudo de ligamentos desgarrados que ha cargado en silencio durante los últimos cuatro largos de caliza.

—Suelta la carga, Saúl —le digo en voz baja, avanzando dos pasos sobre el suelo de tablas gastadas.

—La hebilla… se ha congelado —murmura.

La voz le sale en un hilo áspero, gastada por el esfuerzo de tragar aire a ocho bajo cero.

Me arrodillo entre sus piernas. Mis manos desnudas, con las yemas en carne viva y costras de sangre seca en los nudillos, buscan el cierre ventral de su arnés.

El plástico está duro como el granito, cubierto por una pátina de escarcha blanca.

Presiono con los pulgares hasta que el mecanismo cede con un chasquido limpio.

Con cuidado milimétrico, deslizo las hombreras hacia atrás sin tocar la articulación acromioclavicular.

Saúl deja escapar una exhalación temblorosa, un siseo largo que empaña el aire entre nuestros rostros. La mochila cae al suelo con un golpe amortiguado.

No pierdo el tiempo. Me levanto, saco el hornillo de gas de la repisa de emergencia y abro la espita.

El fósforo prende al segundo intento, desatando una llama azul y viva que proyecta sombras titilantes contra las curvas de aluminio del fuselaje.

Lleno el cazo con medio litro de nieve limpia que traje en la bolsa estanca y lo planto sobre el fuego.

Mientras el agua empieza a romper en un hervor rumoroso, abro el botiquín metálico anclado a la pared: gasas estériles, suero fisiológico y un tubo de pomada antiséptica de sulfadiazina de plata.

Regreso a su lado con el material. Tomo su mano izquierda entre las mías.

La piel de la palma es un mapa de carne viva.

La cuerda de ocho milímetros y medio le arrancó la epidermis cuando frenó mi vuelo de seis metros en el zócalo, dejando un surco oscuro de fricción donde la poliamida chamuscada se mezcló con el tejido dérmico.

El frío de la bajada había congelado la herida; ahora, con el calor incipiente del hornillo, los bordes empiezan a supurar un licor rosáceo.

—Va a picar —advierto, desenroscando el tubo con los dientes.

—Pica más la caliza cuando no muerde —replica él con una media sonrisa rota, mirándome a través de sus pestañas escarchadas.

Vierto el antiséptico sobre la gasa. El olor alcanforado, químico y limpio del ungüento inunda la cúpula, tapando el hedor mineral de la ropa sudada.

Cuando apoyo la compresa en el centro de su palma, los tendones del antebrazo de Saúl se contraen como cables de acero.

Aprieta los dientes, pero no retira la mano.

Mantiene sus dedos apoyados sobre los míos, dejando que limpie cada pliegue, cada esquirla de roca incrustada, con la paciencia reverente que él me enseñó cuando me desollaba las rodillas en los riscos de Potes.

Vendó su mano con vueltas firmes de venda elástica, rematando con una tira de esparadrapo ancho.

Luego me pongo de pie detrás de él. Con la navaja corto con sumo cuidado la cinta roja que le inmovilizó el brazo en el diedro.

La articulación acromioclavicular asoma deformada: el extremo de la clavícula se eleva bajo la piel como una tecla de piano descolocada, rodeada por un hematoma violáceo y caliente.

—La subluxación es limpia —digo, palpando los bordes óseos con una suavidad que me nace de las entrañas—. No hay fractura de diáfisis. En el hospital de Arriondas te pondrán un vendaje de Robert Jones y tres semanas de cabestrillo estricto.

—Tres semanas sin tocar roca —masculla, sacudiendo la cabeza con una resignación amarga.

—Tres semanas para aprender a estarte quieto —le corrijo, apretando el vendaje triangular definitivo con una firmeza que lo obliga a mantener el codo pegado a las costillas.

El agua del cazo hierve a borbotones. Añado dos pastillas de caldo concentrado y un sobre de té negro.

El vapor asciende en una columna tibia, aromática y densa que empaña las pequeñas ventanillas circulares del refugio.

Sirvo el líquido en dos tazas de chapa enlozada y le entrego una en su mano vendada.

Bebemos en silencio. Es un caldo espeso, salado, que quema el esófago y desciende por el estómago como una corriente subterránea que descongela el tuétano. El temblor sordo que me sacudía los cuádriceps va remitiendo al compás de cada trago.

Cuando las tazas quedan vacías, apago el hornillo. El chasquido de la llama al extinguirse deja la cabaña a oscuras, iluminada únicamente por la media luna que se filtra por el ojo de buey, tiñendo el suelo de láminas de plata fría.

Subimos a la litera corrida del fondo. El armazón de madera acoge nuestros cuerpos agotados. Despliego los dos sacos de plumas de la pared y los extiendo abiertos por completo, convirtiéndolos en un único edredón pesado que nos cubre de los hombros a los pies.

El espacio es estrecho, diseñado para no desperdiciar una sola caloría. Me tumbo de costado, encarando su perfil. Saúl se acomoda de espaldas a la pared para resguardar el brazo derecho lesionado, dejando libre su flanco izquierdo.

No hay barreras. No hay arneses de por medio.

No está la carta pericial arrugada exigiendo cuentas sobre el Urriellu, ni el miedo atroz a despeñarse en una placa helada de 6a.

Toda la soberbia, las dudas y el peso de cinco años de desconfianza han quedado pulverizados bajo los ochocientos metros de vacío que superamos juntos.

Alargo el brazo y me pego a su costado. Apoyo la cabeza directamente sobre su pecho, en el hueco exacto bajo su clavícula izquierda sana.

A través de la lana húmeda de su forro interior, el calor de su carne me baña el rostro como una hoguera mansa.

Su brazo izquierdo pasa por encima de mi espalda, cerrando los dedos sobre mi omóplato con una fuerza tranquila, protectora y rotunda.

Cierro los ojos.

Bajo mi mejilla, el corazón de Saúl late con un ritmo sordo, pausado y regular.

Un golpe firme que me retumba en el oído como un metrónomo salvaje.

Fuera, el viento de los Picos de Europa aúlla contra el fuselaje de aluminio, intentando arrancar la chapa de su lecho de caliza; pero aquí dentro, al compás de su respiración profunda y compartida, sé que hemos salido enteros de la sombra.