Versos para Caronte Chapter 65
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Chapter 65

Cuando pronuncié el último verso, los copos de luz empezaron a brillar con una intensidad jamás vista y, al unísono, se estrellaron de nuevo contra el cristal.

De pronto, un temblor recorrió la esfera por completo y, tras él, el sonido del cristal agrietándose resonó desde donde tenía mi mano apoyada.

Empezaron a formarse grietas finas, líneas que dibujaban constelaciones, hasta convertirse en fisuras más profundas que dejaban escapar ráfagas de luz.

Mi niño interior levantó la mirada, siguiendo cada una de ellas, y me devolvió una sonrisa: por fin lo había entendido.

Sin pensarlo, alzó el puño al aire y, tras llenarse la esfera de luz dorada, golpeó el cristal desde dentro con toda la fuerza que tenía. Reventando por completo la esfera.

Me cubrí instintivamente, pensando que los cristales me cortarían a su paso.

Pero, para mi sorpresa, ocurrió todo lo contrario: aquellos cristales se fundieron en pequeños copos de luz que envolvieron por completo la sala, convirtiéndola casi en nuestra propia galaxia.

Miré hacia delante y ahí lo vi: mi esencia, delante de mí, por fin libre.

Caí de rodillas frente a él. Era exactamente mi versión de cuatro años: delgado, con el pelo castaño en forma de tazón, con los ojos todavía azules y las pestañas largas destacando por completo.

Mi niño seguía sonriéndome y lanzó sus manos para juguetear con mi barba mientras reía.

No podía creerlo, por fin estábamos juntos.

—Te prometo que jamás volverán a hacerte daño, y menos yo mismo, ¿vale? —le dije completamente emocionado.

Mi niño asintió con una sonrisa que dejaba asomar sus dos paletas y, sin dudarlo un instante, se lanzó sobre mí y me dio un abrazo enorme.

Cerré los ojos y le correspondí el abrazo, sin darme cuenta que poco a poco aquel niño se estaba convirtiendo en luz e integrándose dentro de mí.

Cuando desapareció por completo, no pude sentir más paz y calidez en mi interior.

Por fin éramos uno. Por fin estaba completo.

El mundo alrededor comenzó a disolverse como polvo dorado, dejando de nuevo una penumbra mágica.

La estancia del cristal se desvaneció lentamente hasta que, frente a mí, solo quedó Hades.

Su figura no imponía como antes. Ya no veía al dios severo que custodiaba los límites del inframundo, sino a un guardián que había cumplido su tarea.

Me miró en silencio unos segundos antes de hablar.

—No todos los que descienden regresan, Atlas —dijo con voz grave, aunque serena—. Pero tú no bajaste para morir. Bajaste para recordar quién eras. Y has cumplido por completo tu cometido.

—¿Y ahora?

—Ahora puedes marcharte. Bastante te he soportado ya, ¿no crees? —me respondió con su tono sarcástico característico, aunque con cierto cariño detrás.

Hades alzó su mano y, con un leve gesto, en el aire a nuestro alrededor se abrió una grieta de luz dorada.

—El río te espera. Caronte también. Ya eres libre.

No sentí miedo, ni pena. Solo una inmensa gratitud. Me incliné ante él, aunque Hades negó con la cabeza, casi sonriendo.

—No me debes reverencias, sino vida, Atlas. Que aquello que has recuperado no vuelva a apagarse jamás —esbozó una tímida sonrisa.

Corrí hacia él instintivamente y le abracé en contra de su voluntad. Pese a haberme hecho sufrir durante el camino, sabía que también había sido responsable de mantener a salvo mi esencia, regalarme un instante con mi padre y, sobre todo, salvarme de la peor versión de mí mismo.

Cuando le solté, Hades hizo amagos como si le hubiera repelido tanta interacción, pero su mirada reflejaba orgullo. Con ese último regalo, decidí cruzar el portal. Sabiendo que por fin había llegado al final del camino, para dirigirme, por completo, al principio de mi nueva vida.