Versos para Caronte Chapter 66
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Chapter 66

CAPÍTULO XVII. FINAL DEL VIAJE

T ras cruzar el portal, me encontré de lleno en la misma sala donde Caronte me recogió por primera vez.

Parecía que había pasado una eternidad desde que embarqué junto a él, pero no tenía la conciencia clara del tiempo que había pasado realmente.

Aun así, por extraño que pareciera, estar en ese mismo lugar se sentía prácticamente como llegar a casa.

Me fijé en el embarcadero, esperando ver de nuevo aquel farol moviéndose cual fuego fatuo.

Pero no fue así: la barca estaba amarrada, inmóvil, y a simple vista no conseguía ver al nervioso Caronte moviéndose de un lado a otro.

Por un momento me desilusioné pensando que no estaba esperándome, pero la realidad era otra.

Me acerqué a la barca y, cuando quedaba poco para llegar a ella, por fin lo vi: estaba tumbado dentro de la barca, con los ojos cerrados y las manos sobre su nuca casi como si estuviera en una hamaca.

Pensé en darle un susto, pero la idea de que se enfadara y no me llevara de vuelta no me terminó de gustar.

Así que, después de un rato pensando cómo llamar su atención, se me ocurrió la mejor de las formas: silbando la misma melodía que me silbó a mi para llegar a él.

No llegué a silbar dos veces cuando Caronte se incorporó de golpe, moviendo la barca bruscamente como si estuviera sumergida en rápidos. Su expresión lo dijo todo: estaba ilusionadísimo de verme de nuevo allí.

—¡Has vuelto, chico! —exclamó mientras salía de su barca de un salto—. ¡Tienes mucho que contarme!

Caronte se lanzó hacia mí, levantándome por los aires y me dio el abrazo más fuerte que jamás había sentido.

Por un primer momento dudé de si tanto afecto no me rompería algún hueso, pero no tardé ni un segundo en devolvérselo con la misma efusividad.

Tras soltarnos, no pude aguantarme de la emoción.

—¡Lo he conseguido, Caronte! —le respondí casi eufórico—. ¡Ya estoy completo!

Caronte sonrió y me acarició la cabeza despeinándome. Vi en sus ojos la misma mirada de orgullo que vi en mi padre y Hades. Desde luego, lo que había conseguido no era nada fácil y debía sentirme orgulloso de ello; pero verlo reflejado en los ojos de los demás me llenaba el corazón.

—Jamás dudé de ti, chico… —me contestó Caronte emocionado—. Aun sabiendo que lo que te esperaba ahí dentro iba a ser un infierno terrible.

—No te haces una idea… jamás había tenido que lidiar con males tan grandes como aquí —dije casi conmocionado recordando todo lo que había pasado—. Pero bueno, he conseguido salir de una pieza. Eso sí… tengo unas ganas tremendas de llegar a casa. Tú me podrías llevar, ¿verdad?

—Eso ni se pregunta. Ya sabes que estoy un poco harto de navegar acompañado en la misma dirección —comenzó a reírse—. Ahora bien, te va a tocar pagar con lo mejor que tengas, chico. Que ahora iremos a contracorriente.

—Por eso ni te preocupes, que por suerte he conseguido recuperar por completo todo mi poemario —me puse a pasar las páginas y se las mostré completamente orgulloso.

—No dudo que hayas recuperado maravillas, Atlas. —me respondió con su tono sabio característico que vaticinaba una de sus reflexiones—. Pero, después del calvario que habrás sufrido, creo que ambos nos merecemos algo mejor que recordar el pasado que tanto te dolió. ¿No crees?

Me quedé pensativo. Claramente Caronte tenía toda la razón.

Pero, durante todo este viaje, todavía no había vuelto a componer un nuevo poema.

Además, sería la primera vez que escribiera de forma consciente, sin necesidad de haber sufrido antes para sacar de mis entrañas unos versos…

Aun así, debía intentarlo. No solo por pagar el viaje a Caronte, sino por merecimiento propio.

Después de sufrir como había sufrido, tanto mi esencia como yo nos merecíamos escribir con esperanza y paz. Y así lo intentaría.

—¿Te importa si lo creo durante el viaje, Caronte? —le pregunté casi con vergüenza.

Caronte se rio, saltó de nuevo a la barca y me tendió la mano.

—¿Listo para volver a casa, chico? —preguntó con una sonrisa ladeada.

—Más que nunca.

Caronte soltó una carcajada mientras me ayudaba a subir.

En cuanto mis pies tocaron la madera, la barca pareció reconocerme, moviéndose suavemente como si me diera la bienvenida.

El remero tomó asiento en la proa y comenzó a remar con calma.

Yo me senté frente a él, dejando que el movimiento del agua marcara el ritmo de mi respiración.

Durante un largo rato, ninguno de los dos dijo nada.

El silencio no pesaba, sino que envolvía.

Y en medio de esa quietud, algo dentro de mí empezó a moverse también.

Era una sensación extraña, una mezcla entre paz y cansancio, totalmente lógica después del trasiego físico y emocional que había vivido.

Sin pensármelo mucho, me acomodé como si la barca fuera mía y decidí disfrutar del viaje un momento.

Esta parte del río todavía no la había visto, pero era tan bella como muchas de las que sí vi. Aprovechando que el agua no nos ejercía demasiada resistencia, disfruté por un momento de la visión que me ofrecía el reflejo de la bioluminiscencia de las algas. Vi mi rostro y me sorprendí sonriéndome.

Aunque en esta etapa de mi vida me estaba empezando a acostumbrar a sonreír más, hacerlo de esta forma, tan ingenua y sintiéndome tan completo, solo me confirmaba lo importante que era para mí no perder mi esencia.

A ese niño pequeño que llevo dentro, al que tanto he entendido que debo querer y apreciar.

Al fin y al cabo, vida solo hay una. Y qué triste sería vivirla sin ser fiel a nuestra esencia.

Caronte me observaba en silencio, con esa media sonrisa suya que decía más que cualquier palabra. No necesitábamos hablar; ambos sabíamos que el viaje estaba llegando a su fin.

—¿En qué piensas, chico? —preguntó finalmente, con voz tranquila.

—En que he pasado tanto tiempo huyendo de mí mismo, que casi olvido lo que era mirarme sin miedo —respondí sin apartar la vista del reflejo.

Cerré los ojos un instante y dejé que la brisa del río me acariciara el rostro.

Entonces sentí la necesidad de escribir.

No por obligación, ni por deuda, sino por puro agradecimiento a la vida que, pese a todo, seguía latiendo en mí.

Saqué mi poemario, lo abrí por una página en blanco, y dejé que los versos fluyeran: ligeros, sinceros. Míos.

Al principio dudé. No por miedo al resultado, eso tenía claro que me daría igual. Sino más bien por descubrir por primera vez mi nueva voz. Aquella que marcaría el inicio de mi nueva vida y por lo tanto de mis nuevos versos. Sin embargo, cuando terminé el último verso, lloré de alegría.

—Creo que lo tengo, Caronte —le miré con una sonrisa—. Desde luego, creo que no está mal para empezar esta nueva etapa de mi vida.

—Pues ya sabes, chico. No me hagas esperar y deléitame con tus versos.

Me aclaré la voz y leí el título en voz alta. No llegué a leer ni el primer verso cuando el poemario invadió el ambiente de copos de luz dorada. Ninguno nos sorprendimos al ver tanta luz, pero era innegablemente mágico ver cómo la barca entera brillaba y dejaba a su paso un surco de luz.

Cuando me quise dar cuenta, vi cómo Caronte había dejado de remar. Puesto que, cuanto más recitaba el nuevo poema, más impulsaba la luz dorada la barca. Casi como si el propio poemario invitara a Caronte a disfrutar de mis versos sin necesidad de tener que remar.