Versos para Caronte Chapter 54 #3
81%

Chapter 54 #3

—Tú sabrás si te lo quieres perder, eras tú el que quería subir a estas piscinas —replicó mi padre de nuevo con una mezcla de seriedad y decepción.

Me daba rabia rememorar ese tira y afloja que teníamos en esa etapa.

A día de hoy, siendo adulto, tengo claro que ni siquiera me molestaría.

Pero en su momento me quemaba bastante, aunque realmente lo usara como chispa para espabilarme.

Sin embargo, ese día funcionó. Mi joven yo, con un poco de resignación en su rostro empezó a quitarse la ropa hasta quedarse en calzoncillos y se metió en el agua sin pensárselo dos veces.

—¡Ese es mi chico! —gritó mi padre celebrándolo como si le hubiera tocado la lotería.

Mi padre empezó a salpicar agua mientras seguía gritando con júbilo, mientras mi joven yo se terminaba de recomponer y empezaba a avergonzarse del jaleo que estaban generando.

Yo, por otro lado, me quedé embobado dándome cuenta de la cara de orgullo que tenía mi padre en ese momento.

En su día no me di cuenta, pero para él ese momento había sido casi un logro personal: conseguir que su hijo mayor se librara un poco de la vergüenza vital que arrastraba desde hacía muchos años.

—Vale papá, ya está bien… que se van a enterar hasta en el pueblo —le pidió mientras una mezcla de vergüenza y alegría iluminaban su rostro.

—¿Sabes lo bueno de este sitio, tete? —le preguntó mi padre dejando de armar jaleo—. Que, aunque grites tan fuerte como puedas, el ruido de la cascada lo ensordecerá. Te vendría bien para desahogarte, ¿quieres probar?

Mis ojos se llenaron de lágrimas. No sé bien si por escuchar a mi padre llamándome por el mote cariñoso con el que nos llamaba a mi hermano y a mí, o por recordar exactamente este momento.

Sin duda, creo que fue de los momentos de conexión más grandes con mi padre.

Y revivirlo desde luego estaba siendo un regalo.

Mi joven yo miró a un lado y al otro, intentado sopesar cuánta gente de alrededor iba a escuchar a dos locos gritar.

Pero finalmente se armó de valor y se acercó a mi padre, poniéndose a su lado.

En un primer momento, cogió aire y soltó un grito enfrascado que ni siquiera se podía considerar grito del volumen tan mediocre con el que había salido.

Mi padre lo miró de reojo y ambos se pusieron a reír.

—Ay señor… cuando discutes con tu hermano gritas mucho más y lo sabes —le dijo mi padre negando con la cabeza en el aire—. Mira, déjame a mi primero.

Mi padre cogió aire como si fuera a aspirar el mundo y soltó un grito propio de Tarzán en las películas clásicas.

De hecho, aun sabiendo que iba a gritar, me sobresalté del susto.

Desde luego, no lo recordaba tan fuerte.

Mi antiguo yo, por otro lado, miraba de nuevo a todos lados como si quisiera esconderse debajo de la tierra.

Aunque, por otro lado, mi padre había tenido razón: el ruido de la cascada había engullido el sonido del grito.

—¿Ves, tete? No tienes de qué alarmarte. Nadie se ha enterado de nada —dijo mi padre señalando a la poca gente que había en la orilla del río sin inmutarse del grito—. Venga, prueba otra vez. Pero ahora con ganas. Como si quisieras escupir todo lo malo que hayas sentido alguna vez.

Mi antiguo yo asintió, mirando con una decisión que antes no había tenido nunca.

Se posicionó, cogió aire y sin esperarlo, soltó un grito tan grande como el que hacía unos momentos había soltado mi padre.

Se me puso los pelos de punta, jamás había pensado que hubiera gritado tan fuerte.

Cuando terminó el grito, mi padre aplaudió impresionado ante tal hazaña.

—¿Cómo te has quedado? Bien, ¿verdad? —dijo riéndose viendo que mi joven yo seguía conmocionado por su enorme grito—. ¿Lanzamos un grito juntos?

El joven Atlas asintió sin dudarlo, casi parecía necesitar soltar de nuevo ese tremendo grito.

Se colocaron juntos abrazándose por la espalda y se lanzaron una sonrisa cómplice ambos.

Me emocionó ver esa escena desde fuera… por aquél entonces, no me di cuenta de la suerte que había tenido de vivir ese momento.

De cómo mi padre me miraba con tanto cariño…

Decidí disfrutar cada segundo de ese instante como si fuera lo último que fuera a ver en la vida.

Pero, por desgracia, este cruel viaje tendría otros planes para mí: la visión comenzaba a emborronarse.

De nuevo, caí en la desesperación. No podía permitirme perderlos de nuevo y menos, en un momento tan precioso como este.

A pesar de ello, tenía que ser realista…

si iba a perderlos, que al menos valiese la pena.

Sin dudarlo, me coloqué junto a mi padre y le abracé por la espalda preparándome para gritar.

Fue extraño, pensaba que no iba a notar nada físicamente, pero pude sentir su piel como si estuviera presente.

Aun así, no me permití embobarme con esa sensación y me preparé para lanzar el grito más fuerte del mundo junto a ellos.

Viendo que mi visión todavía se emborronaba más, decidí cerrar los ojos y gritar con rabia hacia el cielo. Como en su día me enseñó mi padre.

Mi voz se fundió con las suyas y, de pronto, se hizo el silencio. Yo seguía con los ojos cerrados, pues la idea de haberlos perdido me pesaba demasiado… Pero una voz me quebró en dos.

—Veo que ya no tienes vergüenza a gritar al aire —comentó mi padre con voz sosegada—. Menudo chorro de voz.

Abrí los ojos inmediatamente pensando que todavía seguía viviendo la visión y que mi padre se había dirigido a mi joven yo. Pero la realidad me conmocionó todavía más: mi otro yo había desaparecido y mi padre se estaba dirigiendo completamente a mí.

—¿Pa…papá? ¿Eres tú de verdad? —le pregunté casi temblando.

Mi padre, lejos de responderme verbalmente, lo hizo con un abrazo enorme.

Fue curioso sentirle entre mis brazos sabiendo que ahora éramos de la misma altura.

De hecho, casi era yo ligeramente más alto que él.

Fue un abrazo cálido, de los que reconfortan el cuerpo y el alma.

Tras un rato, me separé secándome las lágrimas que inevitablemente habían brotado de mis ojos.

—Has crecido, tete —susurró—. Desde luego estás hecho todo un hombre.

—Bueno… es lo que tiene haber pasado doce años, papá… —le contesté con una mezcla de lástima y resignación—. Tú no has cambiado nada, desde luego.

—Por suerte o por desgracia. Algo bueno tenía que tener la muerte —soltó una risa ligera.

—La verdad es que te hubiera preferido ver envejecer en vida.

Mi semblante cambió por completo… No podía negar que me alegraba enormemente de volver a ver a mi padre.

Pero era indiscutible que en cierto modo un mínimo resquicio de enfado quedaba dentro de mí.

Después de tantos años, entendía por qué lo hizo.

Pero, como hijo, siempre me quedará el dolor de un padre que decidió irse.

—Lo sé… y créeme que es algo que jamás podré perdonármelo en la vida —me contestó también con semblante triste—. Por desgracia, la cabeza nos juega muy malas pasadas, Atlas. Y en esa etapa sentía que os habría hecho la vida imposible si estaba a vuestro lado.

—Tampoco es que haya sido un camino de rosas desde que te fuiste.

De hecho, diría que nos la complicaste a todos un poco más —le contesté indignado ante su respuesta—.

No ha habido un día que no te hayamos echado de menos.

Literalmente hemos tenido que aprender a sobrevivir sin ti. ¿Te haces una idea de cuánto duele eso?

Mi padre me posó la mano en el hombro mientras una lágrima caía por su rostro. Se notaba dolido, mucho.

—Lo sé, Atlas. Mi mayor castigo ha sido veros sufrir por mi pérdida y no poder remediarlo —me contestó con una mueca cómplice—.

He estado en cada momento que me habéis llorado, odiado, gritado y llamado.

En todos los momentos en los que hablabais al aire pidiendo consejo.

En todos los momentos importantes en los que echabais de menos mi presencia. Créeme que duele mucho.

Mi alma se rompió en pedazos y rompí a llorar.

Saber que mi padre había estado allí, en cada uno de esos momentos sin poder comunicarse con nosotros, me había destrozado por dentro.

Lejos de darme consuelo, saber que podíamos estar tan cerca y a la vez tan lejos, me dolía demasiado. Era casi un castigo divino.

—Lo siento, papá. Créeme que jamás te he odiado, aunque algunas veces lo dijera —le dije mientras secaba mis lágrimas—.

Pero es que me costó mucho entender cómo preferiste escapar de nuestras vidas, a permitirnos ayudarte.

Hubiéramos hecho lo que fuera por ti. La mamá hubiera hecho lo que hiciera falta.

—Y precisamente por eso debía irme. Aunque fuera de la forma más dolorosa —me contestó mi padre seriamente—. Os hubiera arrastrado conmigo. Hubiera acabado con vosotros. Jamás me lo hubiera perdonado… Eso no.

Me quedé cabizbajo mirando hacia el agua.

No podía evitar romper a llorar cada vez que le miraba a la cara, dándome cuenta de cuánto nos parecíamos ahora que yo era adulto.

Me dolía darme cuenta de cuánto tiempo había pasado, de cuánto habíamos vivido tras su muerte.

Mi padre me abrazó de nuevo mientras yo permanecía con los brazos cruzados.

Sin embargo, no me duró mucho la postura y le acompañé en el abrazo.

—Sé muy bien por todo lo que has pasado.

Por todo lo que habéis pasado. Pero no puedo evitar sentirme tremendamente orgulloso de la persona en la que te has convertido —me dijo con la voz temblorosa mientras terminaba el abrazo y me cogía por los hombros—.

Quiero que entiendas algo, Atlas: jamás fue culpa tuya.

Ni tuya, ni de tu madre, ni de tu hermano…

Que me suicidara solo tiene un responsable y soy yo mismo.

Ni siquiera aquellos que me empujaron poco a poco a ese momento tienen responsabilidad, solo yo.

Así que, por favor, te pido que dejes de buscar culpables. Y menos a ti mismo. No te lo mereces.

—Es inevitable, papá… Siento que me rendí muy pronto cuando desapareciste. Que casi tu ida fue un alivio para mí. Y eso sí que no me lo puedo perdonar…

—Tendrás que hacerlo —me replicó sin dudar—. Yo también me hubiera odiado si me hubiera tenido como padre. No me porté bien contigo, Atlas. Pero sé bien que entiendes por qué. Tú mismo me lo dejaste por escrito.

Mi padre se metió la mano en el bolsillo y de él sacó un papel doblado. Al principio no entendía nada, ni siquiera cómo podía ser que no estuviera húmedo. Pero de pronto reconocí a qué se estaba refiriendo y qué era eso que llevaba en las manos.

—Te escuché el día que lo leíste en voz alta tras escribirlo.

Pero no podía permitirme que lo quemaras —sus manos temblorosas sostenían el papel aún doblado—.

Creo que algo tan bonito y sincero merece la pena que lo guardes.

Desde luego, me encanta saber que jamás perdiste mi cierto gusto por las letras.

Abrí la hoja con sumo cuidado, con miedo a que se pudiera romper. Y ahí estaba: el texto más sincero que jamás había escrito, una carta dirigida directamente a mi padre. Recuerdo el día en el que la escribí y cómo me obligué a leerla al viento casi como un ejercicio de autosanación.

Me costó mucho permitirme perdonarme. De hecho, a día de hoy me sigue costando hacerlo.

Es muy doloroso sentir alivio por algo tan trágico como la muerte de un ser querido.

Pero también es humano desear que se acabe el sufrimiento.

«Muerto el perro, se acabó la rabia», dicen…

lo que nadie te cuenta es cuánto se echa de menos al perro tras fallecer.

—Me alegra saber que llegaste a escucharla… después de haberlo pasado tan mal, escribirte esas palabras fue un alivio para mi alma —dije emocionado—. Y sí, uno de los regalos que me has dejado de por vida es la capacidad de escribir. Y créeme que me acuerdo de ti en cada verso que escribo.

—Lo sé y me encanta, tete. Créeme que tienes algo especial en tus escritos. Ese texto consiguió darme vida incluso estando muerto. Algo ocurrió en cuanto terminaste de escribirlo, me sentí… libre. ¿Te gustaría leérmela de nuevo?

Asentí medio tembloroso. No era consciente que aquellas palabras que un día decidí escribí sobre el papel, podrían haber ayudado incluso a mi padre después de muerto.

Sabía bien la carga emocional que tenía dicha carta, por lo que poder leérsela a mi padre directamente suponía mucho.

Sin embargo, no dudé en hacerlo. Respiré profundamente y con el pecho encogido la leí.