Versos para Caronte Chapter 54 #2
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Chapter 54 #2

Me enfadé conmigo mismo por no haberla reconocido: era mi lugar favorito, la misma de la que hablé a Caronte, la Ruta del Agua.

Resoplé al aire y miré ahora de nuevo en el tiempo inverso.

Si esto era el «presente»… ¿cómo había cambiado tantísimo?

Hacía mucho que no iba, pero me daba la sensación de que había sido arrasado por el tiempo.

El cartel que hacía un momento tenía delante, ahora solo eran restos de madera en el suelo.

Pensé en el tramo de la ruta en el que estaba.

No era precisamente el más concurrido, ya que era casi un acceso secundario.

De hecho, mi versión del pasado se estaba alejando de la Playita , que era la atracción principal de esta ruta. ¿Dónde narices podrían estar yendo…?

Me rasqué la cabeza con efusividad, casi pretendiendo sacar a la fuerza los recuerdos de ese día.

Y, tras un buen rato geolocalizándome, caí en la cuenta de dónde podían estar.

Salí corriendo sin pensar mucho, esquivando los obstáculos a la inversa que me ofrecía este plano de la realidad, hasta que frené de golpe al ver lo que parecía otro de los carteles de la ruta.

Retiré la maleza que lo cubría, era casi como si llevara años sin que nadie hubiera conservado la ruta…

Intenté descifrar entre las imágenes borrosas que quedaban, cuánto me costaría llegar a mi supuesto destino. Por fin estaba cerca.

Seguí andando con paso ligero, recuperando un poco el aliento por la carrera anterior.

Falta me hacía, pues el camino se estaba convirtiendo cada vez más angosto y empinado cuanto más avanzaba.

«Solo un poco más, va», me decía internamente para motivarme.

Desgraciadamente el río ya no lo tenía tan cerca como antes y ya no podía intentar seguir la pista con mis visiones; pero algo dentro de mí me decía que iba por muy buen camino.

Por fin, después de un rato largo subiendo la cuesta, llegué al puente romano que cruzaba al otro lado de la montaña.

Era un puente estrecho, sin barandilla a la que sujetarse y con una altura abismal.

Miré hacia abajo y me estremecí, ni mucho menos recordaba que fuera tan alto.

Para colmo, el paso del tiempo también había arrasado con él al igual que con los carteles.

Aquel puente que en su día nos ofrecía camino, ahora daba terror cruzarlo por lo degradado que estaba…

Me armé de valor y, obviando el vértigo que estaba sufriendo, empecé a cruzarlo.

Me temblaban las piernas a cada paso y más con los sonidos que se producía bajo mis pies.

La piedra crujía como un puñado de hojas secas y se desprendían trozos pequeños que caían hacia el vacío, directos al río.

No entendía cómo, siendo una realidad donde el tiempo es inverso, mis acciones podían actuar con un flujo temporal normal.

Pero definitivamente era una alerta: debía tener cuidado cruzando.

Aun así, la impaciencia me sobrepasó y aligeré el paso; sin darme cuenta que, a cada paso que daba, una grieta crecía cada vez más detrás de mí.

De pronto, un estruendo me obligó a girarme: el extremo que acababa de cruzar, había desaparecido inmerso en el vacío.

No me lo pensé dos veces y salí corriendo, debía apresurarme si no quería acabar cayendo junto al puente.

Corrí desesperado, casi simulando una escena del mismísimo Indiana Jones y, justo cuando estaba a punto de alcanzar el último extremo del puente, sentí cómo el suelo que pisaba se desvanecía.

Lancé las manos al aire, agarrándome con suerte a la piedra mientras, debajo de mí, el puente terminaba de desmoronarse. De nuevo, estaba vivo de milagro.

Conseguí escalar los pocos restos de puente que quedaban en este extremo y subir, con mucho esfuerzo, al saliente.

Suspiré con una mezcla de consuelo y tristeza.

Ver aquel puente caído me rompía el corazón, pero no tenía tiempo de embelesarme demasiado, por lo que fui directo a la cueva que atravesaba la montaña.

Era una entrada angosta, pero la había cruzado tantas veces como para saber que, entrando ligeramente agachado, no tendría problema en atravesarla.

Y así fue, a pesar de tener que atravesarla en plena penumbra, disfruté del frescor que ofrecía este pasillo natural.

Salí al otro lado, donde el río de nuevo parecía acompañar la ruta.

De nuevo, me asombró lo descuidado que estaba el camino, invadido de zarzas y arbustos, pero por suerte seguía siendo medianamente visible el camino de tierra.

Seguí caminando varios minutos más, haciendo paradas para mojarme la cara y los brazos para quitarme el calor que hacía.

Por desgracia, a pesar de volver a la realidad pasada, seguía sin volver a ver a mi padre y mi antiguo yo…

Dudé por un segundo si realmente era cierto lo que había visto o simplemente era una ilusión de lo que hubiera querido ver.

Pero desde luego, había algo dentro de mí que me impulsaba a continuar a pesar de todo.

El sol estaba en su apogeo cuando por fin llegué a mi destino: La Cascada del Siluro.

No era su nombre real, pero era el nombre que le puse la primera vez que la vi.

Era una cascada de casi 30 metros, la cual daba agua a las piscinas naturales de la ruta.

El nombre se lo puse por las formas que salían de la pared de la montaña.

Siempre me ha encantado fantasear y darles nombre a las formas de mi alrededor y esa cascada no iba a ser menos…

De todos los salientes, había uno muy peculiar con forma de cabeza de pez.

Había que fijarse un poco más de la cuenta para verlo, mi imaginación no ha sido siempre la más evidente; pero era gracioso ver como el agua, al atravesar la «cabeza», caía en dos chorros dando la apariencia de dos bigotes.

De ahí, el nombre de La Cascada del Siluro.

Me parecía mágico volver allí… tanto, que me emocioné con verla.

Decidí acercarme todavía más mientras los lagrimones caían libres como el agua de la cascada.

Fue un sentimiento desgarrador, tan precioso como triste a la vez.

La última vez que estuve aquí fue con mi padre.

Jamás había vuelto desde entonces. De hecho, a pesar de tenerle tanto aprecio, nunca quise llevar a nadie pese a pertenecer a la ruta.

No sabía bien si era por querer guardarlo como un tesoro o por el miedo, precisamente, a lo que me acababa de pasar al volver aquí.

Siempre me había dado vergüenza llorar delante del resto, muy pocas personas me habían visto hacerlo.

Ni mucho menos por el prejuicio de «los hombres no lloran», sino más bien por el miedo a mostrarme vulnerable y que nadie me socorriera tras ello.

Por desgracia, me había acostumbrado a llorar en soledad.

Subí hasta la falda de la montaña, donde la cascada golpeaba la piedra sin descanso formando pequeñas piscinas a su alrededor.

Busqué el Siluro en la piedra e inmediatamente una sonrisa tímida se mezcló con las lágrimas.

Era reconfortante volver, casi como si hubiera vuelto a casa.

Desde luego, si la visión del pasado había sido un mero espejismo, al menos me había regalado un abrazo en el alma trayéndome hasta aquí.

Tras un rato sentado en la roca disfrutando del rocío que ofrecía la cascada, decidí bañarme en sus aguas.

Sin pensarlo me quité la ropa, que ya estaba húmeda de más, la coloqué en la piedra bajo el sol para que se secara y, sin pensármelo dos veces, me lancé de lleno en las frías piscinas.

Me sumergí hasta tocar el fondo rocoso, dejándome hundir mientras el murmullo del agua hacía eco a mi alrededor.

A pesar del frío, adoraba esta sensación de vacío, de estar flotando.

Decidí abrir los ojos antes de salir a la superficie y me quedé paralizado al ver las piernas de un hombre también sumergidas.

Abrí y cerré los ojos para aclarar mi visión, pero ahí seguían.

Traté de calmarme, pero me fue imposible, ya que mi visión se quedó clavada en el tatuaje que llevaba el hombre en su tobillo: un kanji de agua, el mismo que portaba mi padre.

El corazón se me clavó en las costillas, acelerándose sin piedad y tuve que salir disparado del agua con tal de no ahogarme.

Subí a la superficie de golpe, aspirando aire como si acabara de nacer.

El estruendo de la cascada me envolvía, pero ya no estaba solo: mi padre estaba allí.

Estaba de pie y con los brazos en jarra dentro del agua.

Parecía que no se había percatado de mi presencia, y menos del estruendo que había hecho al salir del agua, estaba en calma, sonriendo.

—Ya pensaba que me iba a bañar solo —dijo mirando hacia mi dirección.

Me quedé pálido. Volver a escuchar su voz me removió el alma; hacía años que no lo escuchaba hablar…

Mi primera reacción fue quedarme quieto, temiendo que cualquier movimiento borrara su imagen.

El agua me llegaba al ombligo y apenas me atrevía a respirar.

Él seguía allí, tranquilo, como si no hubiese pasado nada, como si el tiempo nunca hubiese corrido entre nosotros.

—Papá… —murmuré, inseguro, con miedo de que la palabra se deshiciera en el aire antes de llegar a él.

—Como no te metas, me voy a salir en nada —dijo de nuevo mirando hacia mí con un ligero gesto de indignación.

No entendía nada, ya estaba metido en el agua… ¿qué quería exactamente de mí?

— Joer papá, pero es que no llevo bañador como tú… —escuché una voz ligeramente infantil detrás de mí.

Cuando me giré, lo vi: era mi antiguo yo.

Estaba de pie en una de las rocas de la orilla, con las cangrejeras puestas, pero con pantalones cortos y camiseta.

Me vi bastante nervioso, sabía que lo estaba pasando mal…

Solo un par de años antes sufría acoso por mi físico, por lo que podía entender la vergüenza que estaba sufriendo.