Versos para Caronte Chapter 54
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Chapter 54

Me desperté tosiendo con fuerza, tratando de escupir el agua que aún quemaba en los pulmones.

El ardor en el pecho era insufrible y me sentía completamente desubicado.

Traté de mirar a mi alrededor, pero la luz del ambiente era tan intensa que llegaba a cegarme por completo.

Me tapé con la mano derecha, improvisando una visera con la que poder ir divisando poco a poco el entorno y por fin pude empezar a ver: estaba en la naturaleza, rodeado de árboles altos y tumbado encima de la hierba que bordeaba el arroyo de un río.

El canto de los pájaros inundaba el ambiente, como si celebraran en coro que, pese a todo, seguía vivo.

Me moví con cuidado intentando no romperme en pedazos después de tanta paliza.

Pero, para mi sorpresa, no solo no me dolía para nada el cuerpo, sino que, además, volvía a tener la ropa que supuestamente Eris había eliminado por completo.

Me alegré mucho. No solo por sentirme libre de dolor, sino también por recuperar el último recuerdo físico que guardaba de mi padre: sus sandalias.

Seguía desconcertado, ¿había escapado por fin de aquel infierno?

¿O acaso había muerto definitivamente y estaba en el cielo?

Fuera como fuere, me recosté de nuevo contra la suave hierba.

Estaba claro que esto no había terminado, pues aún no había encontrado a mi esencia.

Pero nadie me negaba disfrutar de este pequeño oasis, aunque fuera por un corto periodo de tiempo.

Miré al cielo, tratando de encontrar respuestas a preguntas todavía sin formular, pero lo que vi me desconcertó aún más: había pájaros volando… hacia atrás.

Me reincorporé de golpe, asombrado por la imagen.

Definitivamente no había vuelto al exterior.

O, al menos, no al que yo conocía. Miré a mi alrededor, intentando buscar más aberraciones y no me fue muy difícil encontrarlas: el agua del río cursaba hacia arriba, una liebre corrió despavorida hacia atrás huyendo de mi presencia, una piedra escaló rodando la ladera que tenía a mi lado…

Era como si se hubiera revertido completamente el tiempo.

Suspiré aburrido, estaba agotado de tanta lucha.

Hacía un tiempo me hubiera puesto la medallita por resiliente.

Pero últimamente hasta la resiliencia se me estaba haciendo pesada…

desde luego, más que vivir, sentía que estaba sobreviviendo continuamente.

Recogí una piedra del suelo y la lancé rabioso con todas mis fuerzas hacia el río, como si con este simple gesto lanzara todas mis penas al agua.

La piedra siguió la trayectoria sin ningún tipo de problema, alcanzando el agua y rebotando en sus aguas.

Sonreí inocentemente al ver que había sido capaz de hacerla saltar, pero la sonrisa me duró poco al ver cómo el curso del río recobró normalidad por unos instantes.

Sin embargo, al poco tiempo, el mismo que duró el triple salto de mi piedra, recobró su curso invertido.

Me quedé extrañado, no tenía muy claro si había sido un efecto óptico o no, por lo que volví a probar con otra piedra y, efectivamente, ocurrió lo mismo.

Decidí probar a meterme en él. Si mi hipótesis no me fallaba, mi interacción con el ambiente podría revertir el tiempo en curso.

Fui poco a poco, evitando un shock térmico demasiado grande, pero en cambio me encontré con unas aguas frescas totalmente agradables.

Me remojé los brazos y el cuello, aprovechando mi investigación de campo, para evitar cualquier riesgo de insolación y continué observando: como esperaba, el agua seguía su curso natural.

Decidí salirme y esperar, deseando tener la razón en un hecho tan arbitrario y efectivamente así ocurrió: tras esperar prácticamente el mismo tiempo que estuve dentro del agua, el río volvió a cursar contracorriente.

Salté de emoción, casi como si hubiera hecho el descubrimiento del siglo.

Pero me recompuse pronto intentando mantener las formas, a pesar que no había nadie a mi alrededor.

De hecho, internamente casi asumía que debería estar abarrotado de gente.

Hasta el silencio absoluto, quitando el canto de los pájaros, me extrañaba por completo.

Era definitivamente como si ya hubiera estado mucho antes en ese mismo lugar y lo recordara mucho más vivo que ahora.

Me dolía la cabeza de tanta incoherencia sensorial.

Era casi como si mis sentidos estuvieran en una lucha a muerte con mi razón y ninguno tuviera las de ganar.

Me agaché para echarme agua en la cara, esperando que el frescor despejara el nudo en mi mente.

Y, tras echarme agua tres veces en los ojos y tratar de abrirlos para intentar ver a través del agua que quedaba, una imagen borrosa inundó el espacio: de pronto, un tumulto de gente apareció en escena disfrutando del río.

Eran niños y niñas, padres, jóvenes con sus amigos, abuelos y abuelas.

Todos ellos estaban a mi alrededor, interactuando con el ambiente, pero ignorando mi presencia como si fuera un simple espectro.

Entonces entendí por qué tenía tanta incoherencia sensorial, había una parte de mí que sí estaba viendo esta realidad, aunque la mía fuera otra distinta.

Ahora los escuchaba reír, hablar, jugar…

ahora la escena sí que me era familiar. Seguí mirando la imagen borrosa, casi embobado y emocionado por la escena, y justo cuando la imagen parecía completamente nítida al secarse el agua de mi cara, desaparecieron de nuevo.

Ya no había gente ni ruido. Otra vez, me encontraba solo. Otra vez… en el tiempo invertido.

Corrí a mojarme la cara de nuevo. Era casi adictivo, como si ese reflejo del pasado me envolviese y atrapase en su nostalgia.

Intenté fijarme cada vez en una escena distinta: un niño haciéndole una aguadilla a quien parecía su hermano pequeño; una pareja de adolescentes compartiendo unos auriculares con cable escuchando música; un niño bebiéndose un refresco recién sacado de su nevera portátil…

Era maravilloso, casi como ver un cuadro en un museo y que de repente cobrara vida por unos instantes.

Por desgracia, solo duraba tanto como el agua en mis ojos.

Perdí la cuenta de cuántas veces repetí el ritual.

Solo quería disfrutar de ese remanso de paz, aunque fuera una paz llena de vida.

Normalmente asociaba la paz a estar solo, tranquilo y sin ningún ruido ni estímulo que me alterase.

Pero, curiosamente, estar allí me ofrecía más paz que mi plan digno de un ermitaño.

Como si ese lugar fuera parte de mí, como si el ruido que pudiera escuchar en las visiones fueran parte de su esencia.

De nuevo me mojé la cara, buscando aquel detalle nuevo por encontrar en la escena.

Y vaya si lo encontré: una familia pasó por mi lado caminando por el sendero paralelo al río.

De pronto, el hijo mayor, de unos catorce años, se detuvo a mi lado para atarse los cordones de su zapatilla.

Le miré con curiosidad, ya que era la primera vez que le veía entre todas las visiones y, aun así, era lo que más familiar me había parecido de todas.

Cuando levantó la mirada tras atarse el cordón me estremecí por completo: ese chaval era yo.

—¡Ya voy, papá! —gritó con una sonrisa luminosa antes de correr hacia el grupo que iba delante.

—¡Venga, que se nos va a hacer de noche! —le contestó quien debía ser su padre con tono jocoso.

Levanté la mirada, todavía procesando lo que acababa de ver y, justo cuando iba a alcanzar la imagen de la familia, la visión desapareció de nuevo.

—NO, NO, ¡NO! —grité al aire al volver de nuevo al tiempo inverso.

¿Ese chico era yo? ¿Era esa mi familia? ¿Estaba ahí mi padre?

Corrí de nuevo a mojarme la cara, pero por desgracia la imagen de nuevo había cambiado.

Miré a todos lados desesperado, pero era demasiado tarde.

Ya no estaba el chico, ya no estaba mi familia, el tiempo ya había pasado.

Traté de calmarme respirando conscientemente.

Si aquella imagen era un recuerdo, era tan sencillo como seguirlo y volver a encontrarlos.

Me estrujé la mente tratando de acordarme de aquel día.

Pero por desgracia no terminaba de recordar dónde estábamos.

Solíamos hacer rutas de vez en cuando, de ahí mi amor por la montaña y los ríos.

Pero por desgracia, no terminaba de reconocer la zona en la que estaba.

Traté de buscar un cartel informativo, una señal, lo que fuera.

Pero no había nada. Solo me quedaba seguir el sendero con la esperanza de reconocer el camino.

Anduve varios minutos con el sonido del río de fondo.

En otra ocasión, me hubiera relajado; pero era tal el ruido que tenía en mi mente pensando en lo que había visto, que terminó convirtiéndose en un zumbido más de fondo.

Decidí mojarme la cara, ni mucho menos con la intención de ver nada, sino para refrescarme y tratar de darme un descanso del calor.

Y, de nuevo, el tiempo corriente. Suspiré, seguían sin aparecer en escena…

pero algo me llamó la atención: un cartel.

En el tiempo inverso no estaba, pero aquí sí.

¿Podía ser entonces que todas las señales solo estaban en esta realidad?

Me acerqué corriendo, con la esperanza de reconocer algo antes de que se me secara la vista.

Y, por suerte, conseguí verlo. Por fin sabía dónde estaba.