Chapter 46 #2
El público estalló de nuevo, como una jauría hambrienta.
Era inhumano el sentimiento que me producía estar al centro de una multitud que vitoreaba mi sumisión.
Una sumisión obviamente producto del miedo y de la fuerza.
Pues ni mucho menos en mi naturaleza estaba comportarme así…
definitivamente era producto de la supervivencia.
—Saluda, enclenque —me exigió el domador mientras me daba tirones secos y cortos con la cadena.
Levanté una mano temblorosa, sin saber todavía a quién saludaba ni por qué, y el público enloqueció.
Aplaudía con un fervor incomprensible a algo tan simple como ver un saludo.
El domador levantó los brazos como quien espera que le echen rosas tras la función y soltó una carcajada que helaba el alma.
Yo, en cambio, cada vez me sentía más humillado.
Tanto, que aprovechando el baño de masas que estaba gozando el domador, traté de aflojarme la cadena para intentar escapar.
Sin embargo, el pequeño chasquido hizo que el domador se diera cuenta y me golpeó sin dudarlo con el bastón en el estómago.
Me tiré al suelo tratando de recuperar el aliento, pero, antes de siquiera darme tiempo a coger mi primera bocanada de aire, el domador me tiró de la cadena para obligarme a incorporarme de nuevo.
Aunque me negué. El dolor era insoportable, pero no tanto como la humillación que sentía.
Definitivamente el bastón no solo me había marcado la piel.
—Disculpad, querido público. A veces se vuelve un poco rebelde —forzó una sonrisa mirando haca mí—. Te vas a enterar de quién manda. Desnúdate.
—¿Cómo que me desnude? —le pregunté totalmente confundido.
—Te comportas como un animal. Y los animales no llevan ropa. Tú solo te lo has buscado —recorrió con su bastón el traje que me había regalado Eris—. O lo haces tú o lo haré yo. Y créeme que no lo vas a disfrutar.
Me negué en rotundo. Negué con la cabeza repetidamente mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.
Siempre había sido un poco pudoroso, pero desnudarme de esta forma era la mayor de las humillaciones posibles.
No por mostrar mi cuerpo al cruel público.
Sino por sentirme obligado a hacerlo por un ser del cual dependía mi vida.
El Domador me miró desafiante, casi disfrutando de mi rebeldía.
Parecía casi que era parte de su plan que no cediera y así poder arrancarme la ropa.
Sin dudar ni un segundo, tiró de la cadena y, en el aire, me arrancó la ropa como si rompiera una servilleta de papel.
Una vez desnudo, presumió de su presa ante el público, que no podía estar más excitado tras ver el espectáculo.
—Así mejor, ¿no crees? —me dijo mientras observaba cómo intentaba patalear en el aire intentando no asfixiarme—. Ahora sí que vas a hacerme rico.
Me dejó caer al suelo de nuevo, pero yo ya no sentía el dolor. Era tanta la vergüenza y humillación que sentía, que el dolor físico se había quedado en un plano secundario. Quería morirme. Aunque fuera gracias a un mal golpe del Domador. No quería aguantar más todo esto.
—Levántate, enclenque —me golpeó de nuevo con el bastón en el costado izquierdo—. El público quiere verte como te trajeron al mundo.
Noté una quemazón. Justo en el lugar donde me había golpeado.
Lo lógico era pensar que sería fruto del golpe, y así era, pero la sensación era un ardor demasiado intenso…
como si algo dentro de mí estuviera ardiendo.
De hecho, me recordaba al ardor que sentí con el veneno de Eris.
Era un ardor sinuoso, que parecía moverse y retorcerse por dentro, como una serpiente habitando en mi interior.
Al mirar hacia mi pecho logré entenderlo: unas letras doradas brotaron en mi piel y se movían serpenteantes en mi cuerpo.
Viví con el collar atado al cuello y me colmaban de caricias si me portaba bien , logré leer antes de que volvieran a introducirse de nuevo dentro de mí.
—¡QUE TE LEVANTES! —exigió enfadado el domador mientras me levantaba de un tirón seco—. Ahora… ¡BAILA PARA EL PÚBLICO!
Pero me quedé estático, ni siquiera le había escuchado.
Seguía dándole vueltas a la frase que había brotado en mí.
De nuevo, un bastonazo me dio en el brazo, tan fuerte como para casi sacarme el hombro de cuajo.
Grité del dolor y un nuevo ardor sinuoso brotó en forma de verso: Que si no estoy al servicio de todos nunca me llegarán a querer.
El público a pesar de la violencia gratuita, parecía disfrutar del espectáculo, ya que en ningún momento dejó de reír y jalear.
Las lágrimas empezaron a brotar de tanto dolor acumulado, estaba harto de tanta humillación y sumisión…
era totalmente insufrible. Miré al Domador lleno de odio, casi desafiándolo y deseándole la muerte.
Aunque lo único que tenía claro era que, quien estaba sentenciándose a muerte, era yo mismo.
Me levanté como pude, a trompicones por los golpes recibidos.
Y de nuevo, aplausos de la multitud por la hazaña que había cometido: sobrevivir.
—¿Vas a bailar ya o necesitas que te parta la columna en dos? —me amenazó mientras apretaba el bastón y me lanzaba una sonrisa desafiante.
—Prefiero morir a seguir siendo tu juguete —repliqué olvidando todo por lo que había luchado para llegar hasta aquí—. Al menos muerto dejaré de servirte.
El Domador apretó los dientes con ira. Lo último que se esperaba era un desafío de algo tan «inferior» a él.
Levantó el bastón en el aire y, sin un atisbo de duda, lo lanzó hacia mí con la intención de acabar conmigo.
Sin embargo, en un último intento de sobrevivir, me tiré al suelo estirando la cadena con la intención de desviar el golpe a esta.
Un estruendo metálico inundó el espacio y, tras él, el ruido de trozos de cadena cayendo al suelo.
La cara del domador cambió por completo.
Había roto la cadena con la que conseguía corregirme y no solo eso, su imprudencia y rabia habían sido las que consiguieron liberarme.
De nuevo, un verso ardiente nació de mi cuerpo y se deslizó por mi brazo derecho: Porque hasta que no me arranque el collar de cuajo, no empezaré a hacer las cosas por y para mí mismo .
Sonreí, pues por fin había entendido el fin de esta prueba.
—Se acabó, Domador —dije mientras llevaba mis manos directamente hacia el collar metálico que todavía quedaba en mi cuerpo—. Ya no necesito este collar que asfixia tanto. Ya no necesito tu control.
Como si fuera auténtica magia, los versos que antes recorrían mi cuerpo se dirigieron hacia mis manos, inundándolas de un color dorado que ardía con intensidad.
Poco a poco el hierro de la cadena se fue fundiendo y el Domador, viendo el espectáculo que tenía delante, se abalanzó hacia mí para intentar frenarme.
Pero fue demasiado tarde para él, ya que justo antes de llegar a alcanzarme el collar se abrió por completo y me liberó de la prisión que tanto tiempo llevaba cargando.
Sonreí. Por fin era libre de las cadenas que tanto tiempo llevaban lastrándome.
Me daba igual morir en ese mismo instante sabiendo que, por primera vez, me sentía completamente libre.
Ya no había atadura ninguna en mi cuerpo.
Ya no tenía un collar del que tirar y domarme.
Por fin era yo el único dueño de mi presente y futuro.
Miré hacia arriba con orgullo, esperando el golpe final.
Pero la estampa que tenía delante me dejó petrificado.
El Domador se había quedado congelado justo a punto de alcanzarme, con su bastón a punto de rozar mi cabeza.
Pero era una imagen preciosa pues, lo que antes era un cuerpo que aterrorizaba, se estaba convirtiendo en un destello dorado que flotaba en el aire.
Parecía que, al romper mis cadenas, había destruido también a aquél que las manejaba.
Como si el único poder que tuviera sobre mí dependiera de ellas.
Jugueteé con la luz dorada que flotaba delante de mí. Olvidándome por completo que justo un momento antes esa luz era un monstruo que quería destruirme. Decidí permitirme un rato de paz después de tanta locura.
De pronto, la luz vino hacia mí como la corriente de un río, como si se sintiera atraída por mi presencia.
Me acarició por completo, casi dándome un abrazo cálido y acabó introduciéndose por completo en mi poemario.
Al abrirlo, sentí que había recuperado uno de los escritos que más me dolió escribir.
Pero esta vez, lo leería en voz alta con orgullo y resiliencia.
Me incorporé, obviando que seguía desnudo ante un público que hacía unos momentos celebraba mi sufrimiento.
Sabía que la imagen de mi cuerpo desnudo, amoratado, sangrando no les generaba ningún tipo de malestar.
O al menos eso me habían demostrado. Pero tenía claro que leerles este poema acabaría rompiéndoles.
Ya no verían a un «macho humano» desnudo. Verían por fin al alma rota que soy.
No medié palabra. Tampoco creía que se lo merecieran. Por lo que, me aclaré la garganta, miré a mi alrededor y sin dudarlo un segundo más me dispuse a leer: