Chapter 46
CAPÍTULO XIV. EL CASTIGO DEL TÁRTARO
N o sabía si estaba cayendo o flotando. Pero, por primera vez, me daba igual.
A pesar del vértigo que me producía saber que estaba entrando en el mismísimo Tártaro, la ligereza que sentía era un regalo después de tanto sufrimiento.
Sin embargo, poco a poco el brillo que emanaba mi cuerpo fue consumiéndose aumentando a su vez la velocidad con la que caía.
Por suerte, antes de que mi miedo a morir naciera de nuevo, me estampé contra el frío suelo.
No fue una caída mortal, pero sí lo suficientemente grande como para sentirme magullado y dolorido por todas partes.
Me estremecí ligeramente y traté de incorporarme poco a poco asegurándome que todo estaba en su sitio; aunque no pude verlo con mis propios ojos.
Una oscuridad plena inundaba mi alrededor.
No tan densa y tóxica como la que sentí en la sala de los ecos, pero si lo suficientemente opaca como para temer dar siquiera un mísero paso.
Me agaché de nuevo y me puse en cuadrupedia para asegurarme, alargando la mano, que no volvería a dar un paso en falso y caería en un nuevo vacío infernal.
Por suerte, comprobé que al menos a mi alrededor había un terreno firme y suspiré aliviado.
Era irónico, después de tanto viaje parecía que había vuelto al inicio por completo.
Una oscuridad abismal, el miedo a caer al vacío, la incertidumbre de lo que me vendría…
Intenté agudizar los sentidos como hice en aquel momento, pero por desgracia no había sonido, textura ni olor que consiguiera situarme espacialmente.
Solo había la nada, la más profunda y oscura nada.
Decidí seguir andando a cuatro patas, era la única forma de realmente asegurarme de dónde estaba pisando.
Por suerte, el suelo no tenía una textura rocosa como al inicio de mi viaje; de hecho, no tenía ninguna textura relevante.
Era frío, suave, como si anduviera sobre un suelo de mármol.
Seguí gateando unos metros más, hasta que un sonido me alertó: el ruido de una cadena arrastrándose.
Me giré instintivamente hacia el origen del sonido, pero seguía sin ver absolutamente nada, solo negritud y vacío.
Seguí gateando esta vez más rápido, la ansiedad crecía en mí.
Ya había vivido la sensación de ser perseguido en el Inframundo, y obviamente no quería imaginar lo que podía emerger del Tártaro.
De nuevo, el ruido de la cadena sonaba cada vez más cerca que antes.
Decidí levantarme y correr, no soportaba la idea de convertirme de nuevo en presa.
Por desgracia, la carrera no duró mucho…
Sentí cómo me frenaban en seco desde el cuello y caí de espaldas con una violencia insoportable.
Me intenté recuperar, jadeando, con una opresión increíble en la garganta.
Al llevarme las manos al cuello me quedé pálido: una cadena de hierro me envolvía como si fuera un perro.
¿Era esta la cadena que estaba escuchando antes?
¿Desde cuándo la he llevado puesta, por qué no la había notado?
Decidí recoger la cadena con mis manos y tirar de ella.
Al menos, sabría si estaba fija en alguna pared a la que poder acudir y liberarme.
Sin embargo, en la espesa penumbra, solo pude escuchar la cadena rebotar contra el suelo.
Como si fuera tan larga que no tuviera fin.
La recogí y volví a tirar con más fuerza, creyendo que al ser más larga de lo que pensaba sería necesario hacerlo con más intensidad.
Sin embargo, esta vez el tirón me vino de vuelta y me arrastró de nuevo hacia el suelo.
Me reincorporé asustado y comencé a toser asfixiado.
¿Qué narices había sido eso? Traté de quitarme la cadena del cuello y liberarme desde ahí, pero antes de siquiera poder intentarlo, de nuevo estiraron de mí.
Me dolía mucho el cuello; no solo por el tirón en sí, sino más bien por la compresión que ejercía.
Era como un collar correctivo, cuanto más tiraran o tratara de alejarme, mayor asfixia sufría.
Cogí con las manos el extremo de cadena más cercano a mí, de esa manera si volvían a tirar al menos no moriría por una fractura de tráquea.
—¿Vas a portarte bien de una vez o me vas a obligar a castigarte? ¿Eh? —dijo una voz profunda al otro lado de la cadena.
—¿Quie-quién eres? —pregunté aterrorizado viendo que aquello que controlaba la cadena no estaba tan lejos como pensaba—. ¿Qué quieres de mí?
—RESPUESTA INCORRECTA —gritó la voz con ira mientras jalaba de nuevo la cadena bruscamente—. Volveré a preguntártelo solo una vez más… ¿Vas a portarte bien?
La pregunta atravesó mi ser como una daga.
Sin embargo, a pesar de lo cerca que le había escuchado, la oscuridad seguía sin permitirme ver quién tenía delante.
No sabía cómo reaccionar. En otras ocasiones tenía mayor margen de maniobra, pero ahora mismo me encontraba totalmente entre la espada y la pared.
Mi frágil vida estaba en manos de un monstruo que no podía ver.
Decidí no responderle. No por insubordinación, sino por miedo a realmente dar una respuesta que no quisiera escuchar y morir por ello.
—Vaya, vaya… parece que alguien se ha quedado mudo. Me lo tomaré como un sí… —dijo de nuevo la voz mientras daba tirones ligeros a la correa—. Andando, mascota.
—No soy una masco- —contesté inmediatamente sin ser consciente de lo que estaba haciendo.
Acto seguido, un tirón de correa me lanzó por los aires sin darme lugar a terminar mi réplica.
Sin tiempo a recuperarme del ataque, me levantó del suelo un par de metros ahorcándome con la misma cadena y dejándome sin respiración.
Traté de aflojarme el collar del cuello mientras pataleaba al aire sin resultado alguno.
Creía totalmente que ese sería mi final.
—¡RESPUESTA INCORRECTA! —volvió a gritar airado escupiéndome en la cara.
Seguí sin poder verle por culpa de la oscuridad, pero no me hacía falta para saber que aquella bestia era enorme.
Sin darme opción a réplica me lanzó al suelo con mucha fuerza, como si quisiera romper todos mis huesos.
Estaba tremendamente malherido, me dolía hasta el alma y me costaba respirar.
No sabía si por la asfixia del collar o porque tras la caída me había partido alguna costilla; pero fuera como fuere, tenía claro que estaba a merced de aquél que me agredía.
—Vamos, el espectáculo está a punto de comenzar —dijo con voz seria sin levantar mucho el tono—. No querrás hacer esperar a tu público, ¿verdad?
¿Espectáculo? ¿Público? ¿A qué se refería?
No me dio tiempo a cavilar mucho lo que estaba pasando ya que de nuevo empezó a estirar la cadena arrastrándome por el suelo.
No iba a un ritmo extremadamente rápido, pero por el dolor que sentía me era imposible reincorporarme y tratar de seguirle el ritmo.
—Tú sabrás si quieres ir a rastras, todavía te dolerá más —me dijo de nuevo sin levantar el tono.
Conseguí levantarme como pude mientras seguía tirando sin piedad de mí.
Imagino que la adrenalina del momento me permitió andar, aunque de forma errática, a pesar de la cantidad de lesiones que sentía que tenía: el tobillo derecho me ardía al andar, las costillas me comprimían los pulmones a cada bocanada de aire que trataba de coger, la cabeza sentía que me iba a explotar… Jamás me había visto tan destrozado.
No tuvimos que andar mucho rato, y menos mal…
porque mi cuerpo no podía más, cuando una luz empezó a alumbrar la penumbra que nos acechaba.
Levanté la mirada en busca de mi captor y casi preferí no haberlo hecho, porque definitivamente era una auténtica pesadilla.
Medía al menos cinco metros, vestía una gabardina roja oscura y en lo alto de su cabeza coronaba una chistera digna de un mago.
Su piel era oscura como la noche y en su cara destacaban los ojos y colmillos amarillos que casi reflejaban la luz.
Curiosamente en su otro brazo portaba un bastón que parecía usar como complemento, porque desde luego no le había oído golpearlo contra el suelo en ningún momento.
No tenía fuerzas ni para estremecerme y es que, por suerte o por desgracia, esta aventura me había malacostumbrado a lidiar con bestias así…
Traté de enfocarme en la luz, pero era casi tan directa que no conseguía ver más allá de ella.
Aunque no fue necesario pues, a cada paso que dábamos, la luz parecía acercase al mismo ritmo hacia nosotros, cegándome incluso todavía más.
De pronto el monstruo se frenó en seco y me miró sonriendo de forma muy tétrica.
—Espero que des un buen espectáculo, espero mucho de ti —me acarició la cabeza con el bastón como si fuera un perro—. ¡LA FUNCIÓN ESTÁ A PUNTO DE EMPEZAR!
De pronto una horda de vítores nos rodeó y nuevos focos de luz aparecieron de la nada cegándome todavía más.
Me asusté, me sentía rodeado por todas partes, tremendamente vulnerable.
El domador comenzó a reír y aplaudir, acompañando al séquito que jaleaba y aplaudía con euforia.
No sabía dónde me encontraba, pues lo único que conseguía ver era el suelo que me rodeaba: arenoso, aunque parecía trabajado.
Me duró poco el análisis, pues el domador dio dos golpes secos contra el suelo que resonaron en el espacio. De pronto, se hizo el silencio.
—¡Damas y caballeros, BIENVENIDOS AL ESPECTÁCULO! —exclamó mientras se regocijaba entre los aplausos y silbidos del público—. Hoy os traigo algo que no esperáis, algo… que todos vosotros desearéis. ¡UN MACHO HUMANO AMAESTRADO!