Chapter 44 #2
De pronto, Hades alzó las manos y, tras un fogonazo de luz, materializó lo que parecía una guadaña.
Sin mediar palabra, realizó un movimiento giratorio tremendamente rápido y, tras volver al sitio, desmaterializó de nuevo la guadaña.
Tras unos segundos, uno de los cuernos de Asterión cayó de lleno frente a Hades.
Asterión cayó de rodillas, con una expresión terrible de dolor.
Sin embargo, a pesar de las lágrimas y los resoplidos, se reprimió las ganas de llorar.
Hades continuó andando como si no hubiera pasado nada; parecía que ese tipo de castigos eran habituales en su reino.
Asterión, por su parte, recogió el cuerno mientras las lágrimas seguían brotando en silencio.
Me acerqué a él de forma instintiva. No sabía muy bien lo que estaba haciendo, pero la ira que la habitación me provocaba de forma innata se había visto opacada por una compasión inmensa.
Justo al lado de la bestia pude ser consciente de su tamaño. Su cabeza era prácticamente igual de grande que yo entero; era inmensamente grande. Sin pensarlo, acerqué mi mano a su cara, y Asterión reaccionó de manera casi automática, huyendo de mi gesto, como si fuera a recibir otra reprimenda.
—Tranquilo, no te voy a hacer nada —le dije mientras le daba caricias suaves y gentiles—. Lo siento mucho por tu cuerno. Espero que no te duela demasiado.
Asterión soltó el aire como quien suspira tras sollozar e, inmediatamente, pude ver en él un gesto de paz y calma a pesar del dolor.
Viendo su reacción, me acerqué del todo y abracé su cabezón por completo.
Sentí cómo su respiración se calmaba poco a poco, y me respondió postrando su gigante mano en mi espalda en un intento de devolverme el abrazo.
—Muchas gracias, de verdad —me susurró con su voz grave.
Pasado un rato, me aparté, secándome las lágrimas que habían brotado por la emoción del momento, mientras Asterión me devolvía con la mirada un gesto de agradecimiento. Hades contemplaba la escena impasible, como si deseara que acabase.
—Conmovedor… —murmuró Hades al aire sin cambiar la expresión de su rostro—. Es interesante cómo tu compasión es capaz de opacar la energía de mi reino.
—¿Por qué te parece tan raro? —le contesté seriamente mientras me giraba hacia él.
—Bueno, de normal la ira os consume —me respondió Hades con una mueca de inconformismo—. Creí que sucumbirías más rápido a la ira; al fin y al cabo, este reino saca lo peor de vosotros.
Hades continuó andando, dando por finalizada la conversación.
Pero yo no estaba nada conforme; estaba harto de dar bandazos y no obtener respuestas.
Sentía que merecía algo más después de haber sufrido tanto por el camino.
Obviamente, no quería enfrentarme al mismísimo Hades, pero no aguantaba más sentirme un personaje secundario en la historia de mi propia vida.
—¿Dónde está? —le pregunté sin titubear—. Tienes tú prisionero a mi niño, ¿verdad?
Hades se giró con cara de asco, como si le hubiera ofendido.
—¡¿Prisionero?! —replicó con tono enfadado junto un gesto de asco terrible—. Más bien lo tengo a salvo de quien lo tenía torturado. ¡Fuiste TÚ quien lo mandaste aquí! Yo solo recogí los pedazos de algo que tú mismo rompiste.
Su frase se clavó en mi corazón como una daga que desgarraba poco a poco. Me sentía culpable, sí, pero… ¿de verdad era únicamente responsabilidad mía?
—Soy consciente de que lo descuidé a costa del resto y dejé de escucharle… —dije con un tono arrepentido, intentando no desmoronarme—. Pero… ¿de ahí a haberlo desterrado yo mismo a este infierno?
—Sí, Atlas. Fuiste tú y solo tú quien lo mandó aquí —dijo Hades con gravedad, sin dudar—.
Lo enviaste porque no podías soportar lo que veías en él.
Porque cada vez que conectabas con él, te recordaba lo mucho que te estabas fallando a ti mismo.
Y eso, Atlas, es una tortura mucho peor que cualquier cosa que yo podría haberle hecho.
Sus palabras me descompusieron. Mi cuerpo se volvió liviano, y sentí como si el suelo bajo mis pies se desvaneciera.
Ahora todo tenía sentido. Fobos y Deimos ya me lo habían dicho: «Gracias, sin ti no hubiera sido posible».
Yo, y solo yo, había acabado con mi esencia.
Había permitido que el resto jugara conmigo a su antojo, que me consumiera por dentro hasta perderme por completo.
Había desterrado al niño que tanto bien me hacía.
—Tienes toda la razón, Hades. Pero quiero y necesito recuperarlo —dije, sacando las pocas fuerzas que me quedaban tras ese impacto emocional—. Necesito estar en paz con él.
—No basta con querer rescatarlo. Querer no significa estar preparado —respondió con cierto desdén—. Si no puedes enfrentarte a las partes de ti que te llevaron a enviarlo aquí, lo condenarás de nuevo. Y esta vez no lo permitiré.
Hacía un tiempo, puede que no hubiera tenido el coraje o las herramientas para enfrentarme a lo que viniese. Pero ya no era tiempo de huir de mis responsabilidades, y menos si una de ellas era salvarme de mí mismo.
—Me enfrentaré a lo que haga falta con tal de liberarlo.
—No quieras correr tanto ahora —me respondió tajante—. Sabes bien que no te lo pondré nada fácil, ¿verdad?
Asentí con la cabeza en silencio. Tenía más que claro que no iba a ser un camino de rosas, pero estaba dispuesto a todo con tal de rescatarlo del martirio que pudiera estar sufriendo.
Hades me miró por unos segundos más, manteniendo el gesto de indiferencia que su pálido rostro cargaba desde hacía un buen rato.
Suspiró y desvió la mirada, se quedó un buen rato pensando en silencio y, tras un rato que me pareció eterno, se volvió a dirigir hacia mí.
—Traes el poemario, ¿cierto? —me preguntó con su tono para nada simpático.
—Sí, aquí está —se lo mostré con curiosidad—. ¿Por qué lo quie-?
—¿Cuántas páginas te quedan por recuperar? —me preguntó sin dejarme acabar.
—No lo sé, la verdad, quedan aún unas pocas per- —empecé a balbucear nervioso al no tener clara la respuesta.
—Mejor, así todavía tendrá más emoción —contestó de nuevo cortándome—.
Verás, tu niño está más que protegido en la parte más profunda del inframundo.
Como comprenderás, un ser de luz tan puro, como es la esencia de alguien, es algo muy codiciado entre las sombras que habitan este reino.
Por lo que tuve que ingeniármelas para alejar a cualquiera de la idea de atraparlo y corromperlo.
—Pero… ¿es seguro llegar allí? Quiero decir, ¿no podrías llevarme directamente? —le pregunté inocentemente tratando de persuadirlo.
—¿Y perderme cómo sufres en el proceso? Lo llevas claro, Atlas —dijo con tono ácido disfrutando de sus palabras—. Jamás me perdería la osadía de un mortal metiéndose de lleno en el Tártaro.
Enmudecí y me quedé pálido. Obviamente había escuchado mitos sobre el Tártaro…
era el lugar donde habían encerrado a los mayores monstruos de la historia.
¿Cómo se le había ocurrido meter a mi esencia en un lugar como ese?
Nos adentramos todavía más en el reino de Hades.
El olor a azufre era cada vez más intenso y molesto.
Sin embargo, el sentimiento de ira que invadía el entorno era cada vez más controlable.
No sé si me estaba acostumbrando a él o si la tensión por la prueba que me esperaba lo estaba opacando.
Seguí a Hades durante un buen rato, era curioso andar tras él porque todavía era más impactante la sensación de levitación que producía a su paso.
Era como si una capa de aire liviana lo separara del suelo y fuera capaz de desplazarse sin generar ni un solo ruido.
Quise interrumpir el silencio varias veces, pero realmente no sabía muy bien qué quería preguntarle, era demasiada información que procesar.
Sin embargo, había un detalle que me había generado demasiada curiosidad como para no preguntárselo.
—¿Por qué has preguntado antes por las páginas de mi poemario? ¿Qué tiene que ver con el Tártaro? —pregunté con cautela y preparándome para una respuesta borde.
—Creo que es evidente ¿no? —contestó Hades sin girarse a mirarme—. Y si no, solo tienes que pensar en aquellos con los que has tenido que lidiar antes de llegar aquí.
Como era de esperar, Hades me dio la respuesta más abierta de la historia.
Aunque viendo su actitud, que me respondiera ya era casi digno de agradecimiento.
Dicho esto, me puse a analizar la situación…
Obviamente se refería a mis enfrentamientos con los dioses y cómo mi poemario había reaccionado a esos momentos.
Pero ¿por qué tanto ímpetu en recuperar aquello que en su día devoraron las llamas?
—¿Qué pasa si no las recupero todas las páginas, Hades? —respondí serio y mirando al horizonte casi disociando—. ¿Qué harás con mi esencia si no lo consigo?
—Las reglas son las reglas, Atlas. Si no lidias con aquello de lo que has huido todo este tiempo, jamás podrás liberar al chico. —contestó contundente, mirándome por primera vez en mucho tiempo—. Ya hemos llegado.
Tras atravesar el pasillo, llegamos a una sala abismal.
Parecía que habíamos llegado al final del inframundo puesto que mirando al horizonte solo se veía oscuridad.
Sin embargo, forzando un poco la vista se podía llegar a ver dos ligeros focos, como si dos antorchas estuvieran sujetas a una pared.
Miré alrededor de nuestra entrada, ayudándome de la luz que emitía las dos antorchas cercanas a nuestro paso; sin embargo, seguía sin haber nada más que tierra rojiza y el característico olor a azufre que ahora se sentía más ligero.
—¿Qué es este sitio? ¿Esto es el Tártaro? —estaba completamente incrédulo.
—¿Tú crees que si esto fuera el Tártaro no tendría al menos una mísera puerta de seguridad? De verdad que te encanta hacer preguntas estúpidas —me respondió asqueado—. Esto, jovencito, es la entrada al Tártaro.