Versos para Caronte Chapter 44
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Chapter 44

CAPÍTULO XIII. LOS DOMINIOS DE HADES

C on el último verso se hizo el silencio.

Por fin, los gritos de Eris se desvanecieron en un eco lejano, como una pesadilla que por fin había quedado atrás.

Suspiré, y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

El verde intenso del fuego había quedado incrustado en mi retina cegándome casi por completo.

Me rasqué los ojos intentando recuperar la visión y, poco a poco, las sombras y formas borrosas a mi alrededor comenzaron a definir el entorno.

Un olor a rosa quemada flotaba en el aire, desvaneciéndose conforme mi vista mejoraba.

«¡Otra vez no! ¡¿Por qué?!», grité internamente al darme cuenta de dónde estaba.

A pesar de mis esfuerzos por huir, había regresado al lugar del que escapé en el último momento, aquel donde casi muero decapitado. Había vuelto al atrio inicial.

Rápidamente busqué un escondite. Aquella criatura que intentó atraparme no debía de andar muy lejos; probablemente me estaba esperando.

Me deslicé hasta el pasillo que conducía al atrio y me oculté en las sombras, intentando analizar la situación.

Observé cómo, una vez más, la puerta al reino de Lady Sire había desaparecido.

No me sorprendía; la anterior había hecho exactamente lo mismo.

Pero pensar que ahora solo quedaba una puerta por cruzar me aterraba.

Y más aún, sabiendo cuál era esa puerta. O, al menos, lo que quedaba de ella.

La luz roja de la estancia se filtraba entre los restos de la puerta, emanando de nuevo ese sentimiento de rabia incontrolable en mí.

No entendía cómo algo tan inerte como una simple luz podía provocarme una emoción tan intensa, pero entonces caí en la cuenta de que aquello que yo llamaba luz no era tan simple como parecía.

La oscuridad de la primera estancia no era una simple ausencia de luz; era un reflejo de la oscuridad que albergaba en su interior.

Una oscuridad como la penumbra que emanaban a veces mis propios ecos internos.

Por otro lado, la luz de la segunda estancia no era más que un trampantojo.

Parecía paz y tranquilidad, pero solo intentaba enmascarar la toxicidad en su esencia, como el escaparate que yo mismo había cuidado durante tanto tiempo para tapar un amor que envenenaba.

No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que esas salas representaban los entresijos más profundos de mi ser.

Como bien me advirtió Caronte, este lugar se adaptaba según quien entrara en él.

Y obviamente, estaba siendo víctima de mis propios demonios.

No dejaba de pensar en la sala roja… si esa misma ira que sentía nacía de mí, no quería ni imaginar lo que podría encontrarme dentro.

Aparte de la bestia que casi me decapita, claro.

Pensé detenidamente en las opciones que tenía, pero, por desgracia, todas me llevaban al interior de esa estancia.

Respiré profundamente, planteándome seriamente acercarme al hueco, pero mi cuerpo se paralizó.

Era como si hubiera perdido el control de mis extremidades, que solo temblaban, estáticas, en el mismo sitio.

Entendía que el miedo pudiera inmovilizar, pero sentirlo en mis propias carnes era angustiante.

Mi mente seguía insistiendo en que no tenía otra opción, cuando un portazo atronador rompió el silencio.

Me encogí sobre mí mismo en un intento inútil de ocultarme del peligro, pero obviamente no podía desaparecer.

Desde mi escondite, miré hacia la puerta roja, que ahora estaba abierta de par en par.

De ella emergía una sombra negra que se mezclaba con la luz carmesí que brotaba de la habitación.

La figura era altísima y esbelta, pero no lo suficiente enorme para ser la bestia que me había atacado antes.

Parecía más humana, aunque aún no podía verla con claridad.

Murmuraba y gesticulaba de manera violenta, claramente molesta.

Luego se detuvo ante la puerta destrozada, suspiró profundamente y habló, esta vez con claridad:

—¡Esta mala bestia! ¡¿Qué parte de «tráeme al chico sano y salvo» no ha entendido?! —gruñó mientras se llevaba una mano a la frente, ocultando parte de su rostro con un gesto de rabia y vergüenza—. Pues nada, tocará cambiar la maldita puerta.

No entendía nada. ¿Ese chico del que hablaba era yo?

¿Había enviado a la bestia para capturarme?

Aunque aseguraba quererme «sano y salvo», no me fiaba de ese hombre que, al fin, veía con claridad.

Vestía una túnica verde oscura que le cubría todo el cuerpo.

Una corona plateada, hecha de lo que parecían restos de espadas, descansaba sobre su cabello negro.

Su piel era pálida como la de un cadáver, y su postura regia imponía un respeto forzado, como el de un rey.

Miré hacia el suelo y vi mi poemario tendido en medio de la sala.

Definitivamente, si quería ocultarme, tener mi poemario a escasos metros de aquel hombre no era la mejor estrategia.

Intenté planear su rescate en el mínimo tiempo posible, pero el estrés y la impaciencia solo me permitieron pensar en estirar la pierna para intentar alcanzarlo.

Lo intenté un par de veces sin éxito, a punto de alcanzarlo con la punta del pie.

Y tras, un último esfuerzo titánico, llegué.

Con tan mala suerte que al arrastrarlo hacia mí, el suelo respondió con un crujido atronador que resonó por toda la sala.

Palidecí al instante; me había traicionado yo mismo.

Sin embargo, nada ocurrió. El hombre siguió recogiendo pedazos de puerta, sin siquiera voltear.

Suspiré aliviado... pero mi tranquilidad duró poco.

—Cuando quieras, Atlas, puedes salir —dijo de repente, su voz grave resonando con una autoridad helada—. No tengo todo el día para esperarte.

Ni siquiera se giró para mirarme; simplemente se paró a observar de nuevo los restos de puerta que quedaban mientras refunfuñaba al aire.

Conseguí ponerme en pie a pesar de la tensión.

Ya debería haberme acostumbrado a las sorpresas que me traía este sitio, pero era inevitable sentirme como una pieza jugando a un juego que todavía no llegaba a comprender.

El hombre se dirigió con paso firme hacia mí.

Era tan elegante andando que casi parecía que flotaba en el suelo en cada paso.

Estando cerca, fui consciente de que era tan sumamente alto como los dioses Eris y Deimos; ni mucho menos me había parecido tan alto de lejos.

El hombre extendió sus brazos con el cúmulo de trozos de puerta y me miró serio, con una ceja arqueada, como si estuviera esperando algo.

—No… no he sido yo, se lo prometo —le dije con miedo, creyendo que estaba pidiéndome explicaciones.

—Eh… ¿ya? Hace un momento he vociferado acusando a Asterión. ¿Acaso estás sordo? —me contestó con un tono sarcástico desagradable—. Bueno, como te he dicho, no tengo todo el día. La estancia en el inframundo será eterna, pero el tiempo sigue transcurriendo. Toma y acompáñame.

Me dio el cúmulo de trozos de puerta y le seguí.

Obviamente, tenía mil preguntas que hacerle, pero, por otro lado, su carácter autoritario me había enmudecido.

Nos acercamos a la puerta roja, invadiéndonos la luz roja y, con ella, la sensación de ira corriendo por mis venas.

De pronto, el hombre se paró justo delante y respiró profundamente.

—Ah… ¿también lo sientes? —preguntó con una expresión de gusto, como quien huele pan recién hecho—. Definitivamente, elegí el mejor portal dentro de mi reino.

—¿Cómo que tu reino? —repliqué con una expresión de asco terrible por culpa de la energía de ese lugar.

El hombre se giró, saliendo de su letargo de paz y ambrosía, y me miró con un desdén increíble.

—«¿Quimi qui ti reini?» —me imitó mientras infantilizaba hasta el extremo mi voz—. ¿Haces siempre tantas preguntas absurdas? Pasa de una vez.

No me dio tiempo a replicarle, puesto que estiró de mis ropas y me lanzó de lleno al interior de la puerta.

Una vez dentro, la ira era tan intensa que solo tenía ganas de gritar sin parar.

Me superaba sentir tanto calor interno y no saber cómo gestionarlo.

Resoplé al aire como si fuera un toro a punto de embestir.

—Relájate, niño. Al final voy a pensar que eres descendiente de Asterión —dijo mientras soltaba lo que pareció ser un intento de risa—. Mira, ni que te hubiera invocado. ¡Ven aquí ahora mismo!

El tono del hombre había cambiado completamente y se notaba airado.

Me giré para ver hacia quién se estaba dirigiendo y ahí lo vi: era la bestia que había intentado atraparme.

Era un gigante con cuerpo de hombre y cabeza de toro, tenía una musculatura inmensa y el pelo de su cuerpo disimulaba la parte humana que tenía.

Vestía un arnés en la parte superior y una falda de cuero al más puro estilo grecorromano.

Tuve una mezcla muy extraña de emociones. Por un lado, me estremecía ver tremendo monstruo, pero, por otro lado, la ira que sentía opacaba el miedo que tenía. Asterión se acercó cabizbajo, sin mirar fijamente al hombre, y, de pronto, empezó a hablar.

—Señor Hades, yo… yo lo siento muchísimo —su voz fue tremendamente grave y nerviosa—. Sabe que no consigo controlar mi fuerza y me puse nervioso al ver que se iba a ir por otro portal. Yo no quer-

«¿Hades? ¿El mismísimo Hades?», pensé, abriendo los ojos por la sorpresa. Ahora entendía por qué le parecía tan ridículo que preguntara por la propiedad de su reino.

—Ya basta, bestia —espetó Hades con voz seria y directa mientras se acercaba a él—. Has destrozado nuestra magnífica puerta y no puede quedar impune.

Viéndolos tan cerca, me sorprendía completamente la diferencia de altura. Hades ya me parecía grande en comparación conmigo, pero visto al lado de Asterión se quedaba en la mitad de tamaño. Aun así, era notable el respeto que sentía Asterión por él.