Versos para Caronte Chapter 44 #3
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Chapter 44 #3

Hades levantó una mano con desdén señalando al fondo de la estancia, hacia los focos que desde muy lejos se podían vislumbrar.

Definitivamente odiaba la actitud soberbia y prepotente que tenía Hades, pero teniendo en cuenta lo cerca que estaba de conseguir recuperar mi esencia no podía dar un paso en falso.

A pesar de las ganas de mandarle a la mierda, debía mantener la compostura y achacar todo lo que me dijera.

Ni mucho menos necesitaba tener al dios del inframundo en mi contra.

No quise perder más tiempo con esta situación, así que me dirigí en la dirección marcada con paso ligero.

Quería llegar ya a esos focos de una vez por todas, lidiar con los monstruos que tuviera que lidiar y conseguir reconciliarme conmigo mismo.

Iba concentradísimo en este pensamiento, repitiéndolo en bucle como si fuera un mantra.

Pero la sensación de pisar en falso me despertó de lleno de mi meditación: literalmente había un vacío inmenso delante de mí.

Me giré buscando la reacción de Hades, pero este había desaparecido por completo de su posición anterior.

Sin embargo, el eco de un atisbo de risa me hizo girarme en dirección completamente contraria.

Hades apareció de las mismísimas sombras, justo debajo de las dos antorchas lejanas que ahora veía con mayor claridad.

Desde ahí, con un semblante ácidamente alegre, el tramposo dios me saludaba con la mano casi con tono burlón.

—Eres demasiado lento, que lo sepas… —me dijo con tono alto para asegurarse que lo escuchara—. Estabas taaaan cerca de llegar.

—¡Déjate de gracias y dime cómo cruzar! —contesté sobresaltado ya un poco cansado de que jugaran conmigo—. Por favor…

—Así me gusta, educado hasta cuando te tocan la moral. Ahora entiendo qué haces aquí reencontrándote —aplaudió al aire—. Bienvenido a tu primera prueba, Atlas. Búscate la vida para entrar en el Tártaro.

Gruñí por dentro, pero me esforcé lo suficiente en que no fuera demasiado notable lo airado que estaba llegando a estar.

Definitivamente odiaba estar aquí atrapado, estaba harto de tanto jueguecito, prueba y leches en vinagre.

Miré a mi alrededor, forzando la vista entre tanta negritud en búsqueda de un paso.

Pero, ahí, por mucho que buscara, no había nada evidente.

—¡Aquí no hay nada! —le grité completamente frustrado.

—¿Seguro? Desde luego eres experto en obviar lo evidente, con razón has tragado tanto daño en tu vida —Hades se apoyó en la pared y se miró las uñas con mueca de desaprobación—. ¡¿A qué esperas para entrar?¡ Eres increíblemente lento...

—¡Basta ya de tus juicios, pesadilla! —grité enfurecido y sin contemplar las posibles represalias—. ¡Estoy ya hasta los huevos! Si no me vas a ayudar a pasar, al menos cierra la maldita boca que tienes. ¡Que me estás poniendo enfermo!

—¿Quieres que te ayude a entrar en el Tártaro, criajo insolente? —contestó con una voz liviana y sin levantar el tono—. ¿Es eso lo que quieres?

—Sabes muy bien que sí.

Acto seguido, la figura de Hades se desvaneció por completo dejándome totalmente perplejo.

No había sido capaz de darme cuenta que ni siquiera estaba.

Le busqué impaciente con la mirada al otro lado del vacío, pensando mientras tanto que me había abandonado por completo tras mi osadía de contestarle mal.

Sin embargo, mi cuerpo se quedó helado al notar un peso apoyarse en mi hombro. Era su helada mano.

Me giré con intención de disculparme inmediatamente por lo ocurrido, definitivamente no debía provocar la ira de alguien tan poderoso.

Sin embargo, vi algo que me aterrorizaba más que la venganza de un dios: Hades estaba sonriendo y parecía totalmente sincero.

Hice amago de hablar con él, pero me negó con la cabeza y me calló sin darme oportunidad de réplica.

Me apoyó ambas manos con fuerza en mis hombros, cogió aire y se dirigió hacia mí.

—Solo espero que estés preparado para todo lo que te viene encima —me dijo con tono amable—. Ya me darás las gracias.

—Las gracias ¿por qu- —traté de preguntarle confuso ante su discurso.

No me dio tiempo a terminar mi frase cuando Hades se abalanzó hacia mí con fuerza y me lanzó disparado al vacío que hacía unos momentos había tenido frente a mí.

Traté de maldecirlo mientras lanzaba los brazos con la esperanza de agarrarme al aire.

Sin embargo, lo único que conseguía ver era alejarse el acantilado del que había salido disparado junto Hades, que se asomó despidiéndose con la mano mientras mantenía la sonrisa en la boca.

Definitivamente si esa era la última imagen que iba a ver antes de morir aplastado tras la caída, había recibido el peor de los castigos del inframundo.

Una lágrima salió disparada de mis ojos, dando la sensación que flotaba en una falsa ingravidez al seguir cayendo.

Era impensable cómo este vacío en el que me habían lanzado era tan inmenso, parecía que no tenía fin.

Y lo que menos entendía era por qué Hades me había mandado directo a mi propia muerte…

Me sentía traicionado, pero sobre todo triste.

Definitivamente no había mayor castigo que sentir que por mi culpa mi esencia quedaría encerrada por siempre dentro de este lugar.

—¡LO SIENTO! —grité al aire mientras sollozaba, como si quisiera que esas palabras llegaran a oídos de mi pobre niño.

Acto seguido me dejé caer mientras me encogía sobre mi propio pecho, liberando por fin todo el llanto que tenía guardado.

Si iba a morir, por lo menos sería con el corazón desahogado.

Lloré y lloré, dejando que mis lágrimas se escaparan volando hacia arriba mientras yo seguía cayendo en picado.

Cuando miré hacia arriba, la imagen que recogieron mis ojos me dejó perplejo: cada una de mis lágrimas brillaba en el fondo oscuro del abismo como una estrella dorada dispuesta en el firmamento.

Me emocioné ante tal escena. Al menos, mi última visión iba a ser mucho más preciosa que lo que había sido hacía un momento. Me llevé las manos al pecho con congoja, recitando de nuevo las palabras que Caronte me había dedicado en su momento con tantísimo cariño:

«No temas por vivir la más oscura de las noches.

De verdad, no lo hagas.

Porque justo envuelto en toda esa oscuridad,

será cuando puedas ver todas las estrellas del firmamento.

Y entonces, te sentirás más arropado que nunca.»

Me emocioné al recordarlo e inconscientemente de mi boca nació un «gracias por todo, ojalá haberte salvado como tantas veces lo hiciste tú conmigo», como si mi esencia fuera capaz de nuevo de escucharme.

El eco de mis palabras resonó envolviéndome por completo, rompiendo así con el silencio sepulcral de mi caída.

De pronto, las lágrimas se lanzaron en picado hacia mí, casi como si fueran estrellas fugaces en el cielo.

Era precioso verlas en movimiento, pero todavía era más sorprendente cómo delante de mí se fueron agrupando y tomando forma.

Cuantas más se juntaban, mayor luz producían y casi cegaban en contraste con tanta negritud del entorno.

Hasta que, por fin, logré ver qué estaban formando: un poema arrancado estaba surgiendo delante de mí.

—Espero que sean bonitos si son mis últimos versos —sonreí tímidamente mientras mis lágrimas seguían brotando.

Acto seguido, abracé con ligereza el poema que por fin acababa de formarse por completo y, con la luz dorada que emitía el propio poema, me dispuse a leer cada uno de sus versos como si fueran un regalo del mismo cielo.

Lo que no sabía era que, con cada verso que iba a recitar, una luz brillante de nuevo nacería de mi interior fundiéndose con la de la página arrancada.

Volviéndome poco a poco tan liviano como las lágrimas que hacía un momento flotaban en el firmamento que me rodeaba.

Sintiendo cómo la caída iba frenando poco a poco su velocidad.

Lo viví como un abrazo cálido de mi propia esencia.

Como si desde lo más profundo de mi ser, una parte suya siguiera acompañándome en este viaje.

Dejándome entrever en cada poema que recuperaba la resiliencia que siempre me ha caracterizado.

Y desde luego, llegados a este punto, ahora no iba a ser ni mucho menos diferente.

En todo caso, si había algún cambio, me aseguraría que fuera a mejor.