Chapter 42
Eris comenzó a aplaudir lentamente mientras asentía con una mueca de orgullo. Yo, en cambio, la miré desafiante mientras las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas sin consuelo.
—¿Era esto lo que querías? —le dije sin dudar ni un momento—. ¿Te alimenta ver de dónde nacen los traumas de la gente?
—Puede ser —me contestó mientras acariciaba con elegancia la columna de fuego con su mano, como quien toca una fuente de agua—. Lo que adoro es ver cómo os aferráis a tapar las cicatrices, cuando nunca dejan de lastraros.
—Te equivocas, Eris —le sonreí a pesar del dolor—.
Puede que haya cicatrices que tarden más en curar.
De hecho, nunca una cicatriz va a ser igual que otra, y menos las emocionales.
Pero con ayuda, y siendo lo suficientemente valiente como para salir de aquellos entornos que solo consiguen reabrirlas, te aseguro que hasta la mayor de las cicatrices se cierra.
Tras mis palabras, el fuego rojo intenso comenzó a adquirir un ligero tono verdoso poco a poco.
Me sorprendió notar cómo el calor, que antes me había empezado a sofocar, ahora me ofrecía casi una brisa fresca.
En cambio, noté cómo la frente de Lady Sire empezaba a sudar.
Algo estaba cambiando, y debía continuar con ello aprovechando que Eris aparentaba no darse cuenta de nada.
—Muy bonita la reflexión, sí —me respondió Eris, preparándose para rebatir mientras se secaba el sudor de la frente—. Pero por mucho que te esfuerces, siempre quedará una marca recordándote el daño que has sufrido. ¡Eso es algo que lleváis de por vida!
—Tienes razón —le dije con una mirada casi compasiva—.
Y, aun así, es lo más bonito de todo el proceso.
No puedo ver mis cicatrices sin sentirme orgulloso de ellas.
De haberme cansado de tener que curarlas eternamente porque jamás dejaban que sanaran.
De todo el valor y esfuerzo que he tenido para cerrarlas por fin.
El fuego finalmente se tornó de un verde eléctrico que iluminaba por completo toda la sala.
Pude ver cómo Eris estaba perpleja ante el espectáculo; se notaba que no entendía qué estaba sucediendo en su propio reino.
Empezó a abanicarse de forma exagerada con las manos, intentando sofocar el calor intenso que únicamente ella sentía.
De pronto, una gran ascua verdosa se desprendió del incendio que ocupaba el techo y cayó de lleno en mi cabeza.
Esta, en vez de quemarme se desvaneció como si se hubiera fundido en mi ser.
Sentí un calor que se bajaba desde la cabeza y se dirigía directamente a mi corazón, donde sentí un amor y una paz gigante.
Una luz con un color muy similar a la de la ascua comenzó a nacer desde mi interior, llegando a envolverme en un resplandor completamente vívido.
Un sonido ligero captó mi atención, mi poemario movía sus páginas de un lado a otro sin parar como si me quisiera gritar.
Sonreí al intuir qué pasaba, pero no era el único que se había dado cuenta.
—¡¿Qué estás haciendo, desgraciado?! ¡¿Por qué brillas?! ¡¿Qué le está pasando a tu birria de libro?! —preguntó, visiblemente asustada e irritada por el calor que sentía, mientras seguía quitándose el sudor de la frente con la mano.
Cogí el poemario con cuidado, con una sonrisa de oreja a oreja al ver cómo cobraba vida de nuevo mientras mi propio resplandor invadía cada centímetro de mi adorado libro.
Al final, sentir que algo responde por ti cuando estás rodeado de monstruos siempre es un alivio.
Finalmente, el poemario se detuvo de golpe, y pude ver cómo una de las páginas arrancadas volvía a crecer mientras una luz verdosa emanaba de ella.
Levanté la cabeza hacia Eris y, sin dudarlo, le dediqué lo que deseaba que fueran nuestras últimas palabras.
—¡Que me respondas, niñato!
—Creo que te quiere dedicar un poema —sonreí con picardía y acidez—. Espero que lo disfrutes, bruja.
Me dispuse a leer el título y escuché cómo resonaba en la estancia. Era como si el narrador del fuego estuviera haciendo de altavoz de mis propias palabras. Como si la sala entera quisiera envolvernos a ambos con el poema que estaba a punto de recitarse.
Vi como aquel niño que antes lloraba arrinconado, ahora había cambiado.
Estaba de pie, mirando directamente hacia mí y aparentaba incluso sonreír.
Le devolví la sonrisa. Me sentí empoderado, grande, como si ya no tuviera nada que temer.
Y seguí recitando, dejando que con mis palabras las llamas verdes invadieran absolutamente todo.
Obviando incluso los gritos de dolor de Eris al fundirnos por completo en las llamas.