Chapter 29 #2
Me quedé atónito con el tono condescendiente y arrogante de la carta.
No podía entender cómo alguien podía tomarse tanta libertad para despreciar y desechar un objeto ajeno.
La ira creció en mi interior conforme más rumiaba la situación.
La túnica no me dolía tanto, puesto que llevaba conmigo solo desde el inicio de este viaje.
Pero las sandalias… eran de los pocos objetos que me quedaban de mi difunto padre y, tirarlas, suponía perder parte de su recuerdo.
Empecé a vestirme mientras refunfuñaba al aire.
No podía creer lo increíblemente suaves y cálidas que eran las prendas que me habían dado.
Se notaba a simple vista que valían más que toda la ropa que había usado en mi humilde vida, pero eso no calmaba el enfado que sentía.
Me acerqué a lo que parecía un espejo de pie para terminar de arreglarme, pero curiosamente solo estaba la estructura: no había ningún cristal en él.
No tuve mucho tiempo para pensar en por qué habría un espejo sin espejo, pues de repente sonó la puerta y entró un hombre vestido de traje, con semblante serio.
Nunca había visto a alguien erguirse de manera tan rígida; de hecho, parecía incómodo.
Era ligeramente bajo y esbelto, vestía completamente de negro, y lo que más destacaba de él era su nariz, grande y encorvada.
El peculiar personaje carraspeó y se dirigió hacia mí.
—Lady Sire le espera —dijo de forma seca—. No le recomendaría hacerla esperar; nuestra señora no es conocida por su paciencia.
—Disculpe, pero ¿dónde estamos? ¿Dónde está mi ropa? ¿Y mi poemario? —le pregunté impaciente, sin prestarle demasiada atención.
Esperaba una respuesta, pero antes de que pudiera terminar la pregunta, el hombre ya había comenzado a marcharse.
No tuve más remedio que seguirlo, así que me apresuré y lo acompañé fuera de la habitación.
No podía dejar de mirar a mi alrededor: no había un solo rincón en el edificio que no desbordara opulencia.
Los techos estaban cubiertos de frescos pintados a mano con gran lujo de detalle, los muebles de madera tenían intrincados detalles en oro, y los suelos eran de mármol natural.
Fuera quien fuera Lady Sire, claramente no tenía problemas económicos.
Descendimos por una escalera inmensa con una barandilla dorada que brillaba como si fuera el sol, tan reluciente que me daba vergüenza tocarla, temiendo dejar mis huellas en ella.
Finalmente, llegamos a un enorme portón de madera, flanqueado por dos sirvientes que tenían un aspecto sorprendentemente similar al del hombre que me guiaba.
Era increíble el gran parecido entre los tres, tanto que podrían haber sido trillizos.
El sirviente que me acompañaba hizo un gesto con la cabeza, el cual los otros dos repitieron al unísono, y entonces, abrieron las puertas.
Invadiéndome de nuevo el olor profundo a rosas recién cortadas.
Por fin pude verla. Al fondo del inmenso comedor, presidiendo una mesa lo suficientemente grande como para albergar a treinta comensales, se encontraba una mujer de cabello negro como la noche y tez pálida como la nieve.
Portaba un vestido blanco y guantes negros lleno de pedrería brillante.
No parecía notar mi presencia, ya que estaba concentrada en comer un trozo de carne que sobresalía del propio plato.
Debía estar delicioso puesto que no paraba de hacer gemidos de satisfacción mientras pedía al sirviente de su lado, de nuevo idéntico al resto, que le llenara la copa con vino.
Cuando Lady Sire finalmente levantó la vista del plato y me vio, una sonrisa deslumbrante se extendió por su rostro.
Se levantó de un salto, dejando caer el tenedor con un estrépito que resonó en el salón.
Se acercó a mí entre gritos eufóricos, desprendiendo una energía vibrante y una calidez casi desbordante, como si nuestra reunión fuera el momento más esperado de su vida.
Me impresionó su inmensa altura, tan imponente como la de mi querido Caronte.
Supongo que por la distancia de la mesa y al estar sentada no había sido consciente de su tamaño.
—¡Oh, por fin has despertado! —exclamó mientras me levantaba en volandas con una voz melodiosa, pero con un deje de falsa euforia—. He estado esperando con ansias conocerte. Ven, ven, siéntate. ¡Cuéntame todo sobre ti!
No me esperaba para nada tal reacción, ni mucho menos que Lady Sire fuera tan… ¿simpática? Resultaba incoherente con la arrogancia que había mostrado en su «amistosa» carta. Aun así, prefería esta actitud sobre la que había anticipado.
—¿Tienes hambre, amiguito? —dijo con un ligero tono condescendiente—. Aquí no te va a faltar nada, ya verás.
No pude ni contestar cuando Lady Sire miró a uno de sus sirvientes y dio dos palmadas al aire.
Inmediatamente, dos de ellos se marcharon con una coordinación casi militar, mientras el tercero se acercó para acomodarme en una silla en el extremo opuesto de la mesa.
Lady Sire volvió a su asiento con la misma actitud efusiva.
Era curioso que, a pesar de la exaltación por conocerme, prefiriera sentarse tan lejos.
Sin embargo, en cierto modo, agradecía la distancia por mi propia desconfianza.
—Atlas, ¿verdad? —dijo Lady Sire, mirándome fijamente mientras cogía la copa de vino—. Veo que te has puesto la ropa que mandé confeccionar para ti. No te queda mal.
—Tampoco me dejaste mucha opción —murmuré al aire mientras bebía vino de mi copa.
—¿Disculpa? No he llegado a entenderte —replicó Lady Sire con un tono ligeramente arrogante.
—Disculpa, debe ser la distancia de la mesa —respondí con tono falsamente amable—. Decía que la ropa es muy bonita y suave; te lo agradezco.
—Me alegra saber que, a pesar de tu humilde apariencia, sabes apreciarlo —comentó, mientras zarandeaba un trozo de carne recién pinchado con el tenedor—. Soy muy generosa, como habrás notado.
Justo cuando iba a responderle de forma borde, un sirviente se acercó con mi plato de carne.
Le di las gracias, a pesar de notar que era visiblemente más pequeño que el de Lady Sire.
Aun así, me dispuse a comer por la buena pinta que tenía.
Mientras tanto, Lady Sire me observaba con una media sonrisa de orgullo, como quien mira a un perro abandonado devorar su comida.
Me trataba claramente como a un juguete roto, y no podía soportar más esa sensación.
—Sire, ¿puedo pregun…? —empecé a decir.
—Lady Sire —me corrigió con frialdad, sin siquiera levantar la vista de su plato, pero soltando una sonrisa claramente forzada—. Alguien de mi posición merece que se le hable como es debido.
—Mis disculpas, Lady Sire —respondí con un tono burlesco, aunque la corrección me pilló un poco por sorpresa—. Quisiera saber dónde están mis prendas y mi poemario.
—¿Tus harapos? No te preocupes por ellos, chico.
Ya serán ceniza en la chimenea. De nada —me contestó orgullosa, como si me hubiera hecho un gran favor mientras se metía otro trozo de carne en la boca—.
En cuanto a tu librito, no te inquietes, lo tengo conmigo.
De hecho, esperaba que pudieras leerme algo.
Me levanté furioso de la silla, con tal ímpetu que esta cayó al suelo con un golpe seco.
Sin embargo, nadie en la sala pareció prestarme atención puesto que el sirviente que portaba el vino, asustado por mi reacción, había dejado caer la jarra dorada, derramando todo el contenido.
Me apresuré a ayudarlo, sintiéndome culpable por el alboroto, pero al acercarme al charco de vino con mi servilleta, algo me detuvo en seco.
El fresco del techo, que antes parecía perfecto, se reflejaba ahora completamente en ruinas: el fresco estaba prácticamente difuminado, lleno de gritas e incluso podía apreciarse moho en toda la estancia.
Tanto como si hubieran pasado centenares de años de abandono por él.
Si eso no fuera lo suficientemente extraño, al fijarme en el reflejo del sirviente, me di cuenta de que su cabeza estaba cubierta por un plumaje negro, sus ojos ahora eran pequeños y redondos y su enorme nariz se había convertido en un pico afilado.
Definitivamente era la cabeza de un cuervo.
Traté de no reaccionar bruscamente. Fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo, estaba claro que Lady Sire estaba detrás de ello y lo último que quería era que se diera cuenta de que lo sabía.
Observé al sirviente, pálido y ojiplático, mientras intentaba limpiar el estropicio, completamente histérico.
Le puse una mano en el hombro para tranquilizarlo y le dije que no se preocupara, que yo le ayudaría. Sin embargo, la calma no duró mucho.
El sonido de los tacones de Lady Sire se acercaba, resonando en el suelo con un tempo casi insultante.
Como si esperaba que cada paso fuera una tortura sonora para el sirviente.
Finalmente llegó junto a nosotros, trayendo consigo un silencio que helaba la sangre.
El sirviente se quedó petrificado, y vi cómo una lágrima rodaba por su rostro, como si supiera perfectamente el precio a pagar por su descuido.
Lady Sire se agachó a nuestra altura, acariciando la cabeza del sirviente con una sonrisa perturbadora antes de dirigirse a él.
—Ay… ¿qué haré contigo? —susurró, chasqueando la lengua como lo haría una madre que reprende a su hijo—. Sabes bien que no soporto los errores y aun así te atreves a cometerlos. Me estás obligando a castigarte, ¿verdad?
—No, por favor, mi señora. No volverá a ocurrir. Le ruego que tenga piedad —suplicó el sirviente, llorando mientras aferraba la mano de su señora.
—Sabes que las cosas no funcionan así —respondió Lady Sire, apartando las manos del sirviente con frialdad y limpiándose en su vestido con gesto de repulsión—. Ni que me gustara a mí castigarte… ¿acaso me tomas por un monstruo?