Chapter 29
CAPÍTULO XI. EL PALACIO SIN REFLEJOS
M e costó adaptarme a la luz del ambiente tras el fogonazo.
Parpadeé repetidamente, rascándome los ojos en un intento desesperado por recuperar la vista cuanto antes.
Si el poema había fallado, no podía arriesgarme a esperar un nuevo ataque tendido en el suelo.
A medida que la visión regresaba, reconocí el escenario ante mí, pero con ello, un sentimiento de desconcierto se instaló en mi pecho: había vuelto al Atrio.
Traté de levantarme, pero un dolor desgarrador nació en mi costado.
Instintivamente llevé la mano a la herida, como si así el dolor fuera a desaparecer de inmediato.
Sin embargo, lejos de aliviarlo, me encontré con una herida sangrante, producto de un zarpazo tan grande como cinco guadañas.
Definitivamente Deimos me había dejado un regalo antes de esfumarse…
Me levanté con cuidado y sacudí los restos de ceniza que cubrían todo mi cuerpo.
Tal cantidad solo podía provenir de él, por lo que debió fundirse con la luz del poema.
No pude evitar sentir una satisfacción interna inmensa por mi proeza, pero el dolor lograba opacarla por completo.
Aun así, había otros asuntos más urgentes que atender.
Miré al frente, esperando encontrar los tres pórticos infernales que había visto antes.
Sin embargo, lo que tenía delante me provocó una mezcla de sentimientos contradictorios.
La puerta oscura había desaparecido, como si la hubieran tapiado sin dejar ningún rastro, lo que me produjo una profunda paz interna; pero ahora solo me quedaban dos opciones viables: la puerta roja, fuente de odio y rabia, o la puerta de madera, que me inspiraba una inquietante desconfianza a pesar de la paz que infundía.
Traté de mantener la calma y pensar con lógica.
La puerta roja seguía abollada, irradiando un peligro inminente desde su interior.
Adentrarme en ella sería como lanzarme a un ataque seguro, y con la herida que arrastraba, no sería lo más sensato.
Por otro lado, la puerta de madera, aunque también misteriosa, solo transmitía sensaciones positivas.
Ninguna de las dos opciones era segura, pero si debía enfrentarme a un conflicto, prefería que no fuera tan evidente.
Di los primeros pasos con cautela, sin dejar de mirar ni un segundo la puerta roja, como quien camina en una cueva intentando no despertar a un oso dormido.
A medida que avanzaba, empecé a acelerar el paso todo lo que la herida me permitía, ansioso por llegar a la puerta de madera.
Aunque no estaba tan lejos, la tensión hacía que pareciera que estaba a kilómetros de distancia. Pero finalmente, llegué.
Esperé con ansias que la puerta se abriera de par en par, como había sucedido la primera vez.
Solo deseaba ser engullido por la luz que prometía su interior.
Sin embargo, la puerta comenzó a abrirse con una lentitud desesperante, como si conociera mi urgencia y se estuviera burlando de mí.
Intenté ayudarla, tirando con todas mis fuerzas, pero era inútil; a pesar de su tamaño más reducido, pesaba tanto como la puerta del inframundo.
Entonces, un berrido inhumano atravesó la estancia, helándome la sangre.
Me giré aterrorizado hacia la derecha, reviviendo la pesadilla: aquello que se ocultaba tras la puerta roja ansiaba salir.
Las abolladuras en la puerta crecían en tamaño y número, mientras la puerta de madera seguía sin abrirse lo suficiente para dejarme pasar.
Era como si deseara que me enfrentara a aquel monstruo.
Finalmente, la puerta roja cedió, liberando la luz que la caracterizaba y, con ella, al monstruo que albergaba.
Una enorme mano oscura se aferró al marco exterior.
Paralizado ante tal monstruosidad, recé para que la pared pudiera contener a tremendo gigante, del que apenas solo lograba ver el brazo que había sacado, parte de su torso desnudo y lo que parecía una pata peluda y una pezuña de…
¿vaca?. El gigante, sin mostrar en ningún momento su rostro, se volvió dentro del portón, ofreciéndome una falsa esperanza que duró poco.
De nuevo alargó su brazo derecho, pero esta vez juntó una cadena de la cual colgaba lo que parecía una cuchilla en forma de guadaña.
Empezó a balancear la cadena, dándole inercia.
Seguí tirando de la puerta incluso olvidando el desgarro que sufría.
De pronto, la bestia lanzó un bramido muy similar al de un toro y sin dudar lanzó la cuchilla hacia mí.
Por suerte, en un reflejo casi felino, me lancé hacia el suelo notando la brisa que la cuchilla cortaba a su paso.
La guadaña, que por poco podría haberme decapitado, quedó clavada en la madera de la puerta.
Suspiré aliviado, pero mi descanso fue breve: el gigante volvía a tensar la cadena, preparándose para un nuevo ataque.
Sin embargo, aquello que podría acabar conmigo se convirtió en una ventaja, ya que la puerta comenzó a abrirse más rápido arrastrada por la fuerza del gigante.
Sin pensarlo dos veces, me lancé por el hueco que se había creado, escapando del peligro. Por ahora.
Mis ojos tuvieron que adaptarse de nuevo a la luz.
Durante un momento, no fui capaz de ver absolutamente nada, pero pronto mi visión comenzó a aclararse.
Esta vez no me costó tanto como después del fogonazo, lo cual era lógico, considerando que la luz que ahora me rodeaba parecía ser natural. O al menos, eso aparentaba.
Me encontraba en medio de un prado verde bajo un cielo despejado.
Instintivamente, me giré para cerrar la puerta y evitar riesgos, pero, como era de esperar, la puerta había desaparecido.
Solté un suspiro de alivio, aunque aún no me sentía en calma.
Había esquivado un peligro inminente, sí, pero no podía dar por hecho que este nuevo escenario sería un camino de rosas.
Observé el paisaje por un momento y, para mi sorpresa, no vi nada que me pusiera en alerta.
Se escuchaban los pájaros cantando, la brisa era fresca y agradable, y la vegetación brillaba como si aún guardara el primer rocío de la mañana.
Aun así, tanta paz me ponía nervioso. No podía dejar de pensar que, en cualquier segundo, esa armonía se desvanecería de la peor manera. Sin embargo, debía seguir adelante.
Caminé por el majestuoso prado durante un buen rato.
Debería haber estado exhausto tras tanto trasiego, pero lo agradable del entorno me hizo disociarme, ignorando por completo el cansancio.
Incluso llegué a olvidar que mi costado seguía sangrando, empapando mi camisa y torso.
Supongo que la adrenalina y mis ansias de sobrevivir habían silenciado el dolor del desgarro, pero la herida, desde luego, no estaba mejorando. Sin embargo, la calma no duró mucho.
Un ligero mareo me envolvió, como si el prado empezara a girar bajo mis pies.
Fue entonces cuando noté un reguero constante de sangre cayendo por mi pierna.
Miré horrorizado hacia abajo, estaba completamente empapado.
Mi corazón se aceleró y el mundo se desvaneció antes de que pudiera hacer nada.
No soportaba ver tanta sangre y hoy, desde luego, no iba a ser la excepción.
Caí de rodillas sobre la hierba, sintiendo un frío interno desagradable acompañado de un pitido ensordecedor en los oídos.
No era la primera vez que me pasaba; de hecho, en otras ocasiones había seguido mi propio protocolo para evitarlo.
Sin embargo, esta vez ya era demasiado tarde.
Justo cuando mi visión comenzaba a desvanecerse en un fundido en negro, a punto de perder la consciencia por completo, logré escuchar una voz grave a lo lejos: «¡Mi señora! ¡He encontrado al chico!».
Me desperté sobresaltado, incorporándome de golpe mientras hiperventilaba, como si acabara de salir de la peor de las pesadillas.
Miré a mi alrededor, tratando de entender dónde me encontraba, ya que claramente no estaba en el prado.
Estaba en una habitación desconocida con olor a rosas, tumbado en una cama con una estructura de oro y suaves sábanas de seda.
Era extremadamente cómoda, a pesar del dolor que ahora recorría mi cuerpo.
Mis rodillas, tras la caída, habían acabado magulladas y con ligeros hematomas en ambos lados.
Incluso tenían un tinte verdoso por el roce con la hierba.
En cuanto a mi costado, había dejado de sangrar, aunque el dolor en la zona del desgarro era intenso, mezclado con la tirantez de los puntos que alguien me había cosido en la herida.
Retiré las sábanas con la intención de levantarme, pero rápidamente me volví a tapar sobresaltado: estaba completamente desnudo.
¿Quién me había desvestido y curado? Un intenso sentimiento de vergüenza me invadió, acompañado por la preocupante idea de que podrían haber abusado de mí.
Me angustió mucho pensar lo vulnerable que había llegado a estar.
Aun así, no tenía tiempo para detenerme a pensar en eso.
Necesitaba moverme y averiguar dónde estaba.
Salí de la cama, cubríendome con una de las almohadas.
Si alguien entraba de repente, al menos no moriría de vergüenza.
Recorrí la habitación en busca de mis pertenencias, deseando poder vestirme cuanto antes, pero lo único que encontré fue un pantalón marrón y una camisa de seda blanca, perfectamente doblados, con una nota encima.
«Querido invitado,
Espero que disfrutes de estas prendas de alta costura, tejidas especialmente para ti. He tenido la fortuna de librarte de esos harapos que portabas, impregnados de mugre y decadencia.
Obviamente, me deshice de esas sandalias propias de la plebe. Ahora tus pies aprenderán lo que es calzarse de verdad.
Entenderé que estés plenamente agradecido.
Atentamente,
Lady Sire»