Chapter 29 #3
Lady Sire se inclinó hacia el sirviente, con una sonrisa perturbadoramente dulce, como si estuviera a punto de ofrecerle consuelo.
Pero al fijarme en el reflejo distorsionado de la escena, me di cuenta de que, al igual que el fresco y el sirviente, Lady Sire no era lo que parecía.
Su vestido, que antes brillaba con opulencia, se había vuelto oscuro como la noche, y en su espalda comenzaban a aparecer unas alas negras, tan siniestras como su melena.
Definitivamente aquel reflejo me estaba ofreciendo una visión terriblemente terrorífica de la que supuestamente era una mujer joven y bella.
—No te preocupes, querido —murmuró con un tono tan suave que hacía que sus palabras sonaran aún más inquietantes—. Sé exactamente cómo arreglar esto.
Se acercó a su rostro y, antes de que el sirviente pudiera reaccionar, depositó un delicado beso en su mejilla.
Lo que al principio pareció un gesto de perdón, pronto reveló su verdadera naturaleza.
Una pequeña sombra oscura comenzó a extenderse desde el lugar donde sus labios lo habían tocado, ramificándose por su piel como venas ennegrecidas.
El sirviente soltó un jadeo ahogado, llevándose una mano al pecho.
Su respiración se volvió errática y, en cuestión de segundos, cayó al suelo, sus ojos desorbitados, buscando aire desesperadamente.
Lady Sire lo miró caer con una expresión de dulce indiferencia, como si lo que acabara de ocurrir fuera lo más natural del mundo.
—Te dije que no soporto los errores —murmuró mientras se volvía hacia mí, como si nada hubiera pasado—. ¿Ves lo que me obligan a hacer? Una verdadera tragedia, ¿no te parece?
Asentí, tratando de ocultar el terror que me invadía.
Había matado a ese sirviente con una indiferencia y un sadismo escalofriante.
Definitivamente, esto me demostraba que seguía atrapado en el inframundo, rodeado ahora de monstruos disfrazados de algo más parecido a un humano.
Lady Sire se sacudió las manos con satisfacción, como si hubiera terminado una tarea trivial, y luego se dirigió a mí con una sonrisa.
—Bueno, ricura, ¿me lees algo de tu poemario? —dijo con una dulzura surrealista, después de haber matado a alguien—. Estoy impaciente por saber lo que esconde tu libro.
—¿Me permite ir un segundo al servicio? —le pregunté, con el rostro pálido tras lo ocurrido.
Lady Sire asintió, sorprendida, incluso con un ligero desdén, como si le hubiera molestado un poco interrumpirle con mi petición. Aun así, dio dos palmadas mientras miraba al sirviente que me había acompañado antes. Él, sin titubear y manteniendo su rostro serio, me escoltó al aseo.
El trayecto fue corto y permanecimos en silencio.
Al entrar, cerré con pestillo y me lavé la cara en el lavabo.
Curiosamente, tampoco había espejo, aunque el mueble parecía diseñado para tener uno.
Estaba claro que Lady Sire evitaba a toda costa los reflejos; definitivamente odiaba la realidad paralela que mostraban.
Decidí llenar el lavabo de agua, bloqueando el desagüe con la mano, y volví a observar: los techos del aseo, que a simple vista eran espectaculares, con detalles dorados, aparecían en el reflejo de nuevo llenos de humedad y grietas.
Fuera como fuere, tenía que salir de esa mentira.
Intenté planear algo, pero el sirviente empezó a llamar a la puerta, impaciente.
Quise creer que el pestillo lo mantendría fuera, pero, para mi desgracia, abrió con una llave especial desde el otro lado.
Traté de mostrarme tranquilo, secándome las manos como si acabara justo en ese momento.
Sin embargo, estaba claro que el sirviente no se creía mi calma.
—Le ruego que no haga ninguna locura, o saldremos muy mal parados todos —me reclamó en tono serio, con una expresión preocupada—. Ya ha visto de lo que es capaz nuestra señora.
—¿Por qué no escapan de aquí? —le pregunté, incrédulo y ofendido—. No entiendo cómo se han quedado impasibles ante la muerte de su compañero. ¡Sirven a una asesina!
—Bueno… también hay que entender a la señora —me contestó, como si intentara justificar lo injustificable—. Es su forma de ser, y hay que quererla tal y como es. La culpa fue de él por haber fallado, sabiendo que nuestra señora no tolera los errores.
Me quedé atónito ante la pasividad y la servidumbre del hombrecillo.
Era como si estuviera embrujado por Lady Sire.
Quise replicarle, abrirle los ojos ante la realidad, pero antes de que pudiera decir algo, Lady Sire gritó desde el comedor preguntando si todo iba bien, lo que provocó que el sirviente me llevara a rastras de nuevo al comedor.
—Por favor, te lo ruego. Sácame de aquí y prometo liberaros a todos vosotros de esta bru- —supliqué desesperado antes de que el sirviente me lanzara dentro del comedor.
—¡Por fin! —exclamó Lady Sire, visiblemente irritada, todavía sentada en su asiento—. ¡Habéis tardado una eternidad! Espero que el poema que vas a recitar merezca la pena.
No tenía ganas de leerle nada a semejante bruja. Pero viendo lo que había hecho por un simple charco de vino… no quería imaginar qué podría hacerme a mí si me negaba a recitarle uno de mis poemas.
—¿Qué tipo de poesía le gustaría escuchar, Lady Sire? —pregunté, tomando el poemario que ya estaba preparado en mi extremo de la mesa.
—Me apasiona la lírica romántica —respondió con un suspiro melodioso, como si fuera una inocente ninfa—. Supongo que, como buen bardo, habrás escrito sobre ello. ¿Me equivoco?
—Bueno, uno de mis últimos poemas nació tras enamorarme profundamente de mi actual pareja —sonreí con un poco de vergüenza—. Espero que sea de su agrado.
Lady Sire asintió, de nuevo lanzando una de sus sonrisas ácidas.
Parecía que estaba deseando escucharme solo con el fin de poder replicarme.
Se acomodó en su asiento dando con los ojos fijos en mí mientras hojeaba las páginas del poemario, buscando el poema que mencionaba.
A diferencia del resto, había escrito ese poema en una página suelta.
No me gustaba la idea de mezclarlo con la melancolía que impregnaba el resto de mis escritos, como si quisiera protegerlo de cualquier contaminación.
Lo guardé al final, como un recordatorio de que, tras tanto dolor, siempre hay esperanza de redención.
Cogí la página, respiré profundamente y empecé a recitar.