Chapter 27
CAPÍTULO X. LOS ECOS DEL TERROR
N o se había cerrado completamente la puerta cuando el último atisbo de luz del exterior se desvaneció en la oscuridad densa que me envolvía.
Aunque no era la primera vez que me encontraba en la penumbra durante este viaje, era la primera vez que me sumergía en ella de manera voluntaria.
El corazón me latía con fuerza, aún acelerado por los eventos recientes.
¿Qué demonios era esa bestia? ¿Eran los ecos de antes una advertencia sobre eso?
Me encontraba una vez más con más preguntas que respuestas, y ahora tenía nuevas y urgentes preocupaciones que enfrentar.
—No debería estar aquí, no quiero estar aquí —dijo un eco a mi lado, casi en susurro.
Me giré instintivamente. Aunque no había escuchado pasos, el frío del aire que aquello había removido me hizo sentir su presencia cerca.
—¿Dónde estoy? ¿Cómo he acabado aquí? —siguió otro eco de nuevo susurrando, justo detrás de mí.
Me giré en dirección al sonido, pero la penumbra seguía siendo absoluta. La sensación de incomodidad y miedo crecía en mi interior con cada segundo que pasaba.
—¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí? —pregunté al aire, esperando una respuesta que, sabía bien, sería difícil de obtener.
Era demasiado optimista al esperar una respuesta clara.
Lo único que conseguí fue el sonido de un llanto creciente.
Un sonido que me lograba erizarme la piel junto a las corrientes de aire que se intensificaban a mi alrededor, como si esas presencias me estuvieran acosando.
Afortunadamente, el llanto parecía provenir de una distancia algo alejada, no de los presuntos entes que tenía cerca.
En un intento desesperado por ver algo, saqué el poemario, esperando que de algún modo empezara a brillar con la intensidad con la que lo había hecho anteriormente.
Sin embargo, mi intento fue totalmente inútil.
El poemario había dejado de emitir cualquier rastro etéreo y solo emanaba alrededor de él una luz tenue y parpadeante.
Era una luz similar a la de los candelabros del pasillo anterior, pero la densidad de la oscuridad parecía absorberla, limitando su alcance a un par de metros frente a mí.
Aun así, decidí usarlo para intentar ver lo que me tocaba enfrentar.
—No me lo merezco —dijo un eco a mis espaldas, esta vez muy cerca.
Me giré apuntando con el poemario como si fuera una antorcha y, por suerte o por desgracia, logré verlo.
Aquello que me acosaba era un espectro tan oscuro como una noche sin luna.
No tenía ojos y su cabeza era prácticamente redonda, seguida de un cuerpo flotante que se fundía en la oscuridad, con dos brazos largos acabados en lo que parecían zarpas.
De él destacaba sobre todo una temible boca que ocupaba casi todo el cráneo.
Las fauces del espectro me hicieron retroceder de pánico, pero él también se alejó de mí al quemarse con la luz del poemario.
Su estridente grito heló mi sangre, pero en cierto modo me empoderó saber que tenía algo en mis manos que podía combatirlo.
Los susurros comenzaron a crecer, como si hubiera un enjambre de espectros tras de mí.
Sentía cómo se acercaban y me rodeaban moviéndose rápidamente, y yo, sin muchas opciones, me preparé para un posible ataque.
A pesar de haber visto uno solo, sentía como si hubiera un centenar de ellos.
Sin embargo, al enfocar con el poemario, solo conseguía ver una sombra en movimiento, como si aquello quisiera evitar una nueva quemadura.
Viendo que tenía cierto margen de maniobra, decidí continuar hacia el llanto que resonaba a lo lejos.
No me hacía ninguna gracia, pero, en medio de ese entorno hostil, era lo único que destacaba y que podía guiarme, así que tenía que descubrir qué era.
Seguí agitando el poemario mientras la sombra trataba de acercarse, sin éxito.
El llanto se sentía cada vez más cercano, al igual que los susurros, que empezaban a transformarse en ecos que atormentaban mi mente.
Había algo extrañamente familiar en ellos, pero no lograba identificar qué era.
Me concentré en esas voces mientras inconscientemente seguía acercándome a la fuente del llanto, escuchando con cuidado.
Muchos solo susurraban frases cortas o palabras sueltas, pero todas impregnadas de tristeza y desesperanza: «No valgo para nada», «duele, duele mucho», «¿por qué?
», «no aguanto más». Seguía sin entender completamente qué me resultaba tan familiar hasta que escuché un eco que me desgarró por dentro:
—Soy un títere de mi propia vida —dijo un eco justo frente a mí.
Me detuve en seco. No podía ser. Esa expresión era mía y, peor aún, el tono de voz era idéntico al mío.
Preso del miedo y la ansiedad que había sentido antes, no me había detenido a analizar las voces.
Pero ahora que lo hacía, pensar en el origen y naturaleza de este ente me aterraba aún más.
¿Cómo conocía esas frases? ¿Cómo podía hablar con mi voz?
¿Lo habría creado yo, como me mencionó Caronte?
Mi mente se sumergía en un torbellino de nuevas preguntas hasta que un nuevo eco se abalanzó sobre mí desde la espalda:
—Ha sido culpa mía, ¡solo mía! —gritó, imitando mi tono histérico.
Traté de girarme para alejarlo como había hecho antes, pero no pude reaccionar lo suficientemente rápido.
Justo antes de alumbrar al ente y quemar mínimamente el contorno de su rostro, logró clavar sus uñas, afiladas como guadañas, en el dorso de mi hombro izquierdo.
Grité. El dolor era insoportable, como si mil picaduras de avispa se concentraran en un solo punto.
Me giré bruscamente, mostrando el poemario hacia delante para repeler al resto que me rodeaba, mientras apretaba los dientes y una lágrima escapaba de mi rostro.
Seguí avanzando dolorido hacia el llanto, que ahora sonaba más cercano y claro.
Parecía el llanto de un niño pequeño, lo que me desconcertó, ya que no era mi voz como los otros ecos.
Por otra parte, me horrorizaba pensar en un niño atrapado en este lugar, acosado por estos entes hostiles.
No podía imaginar el calvario que podía estar sufriendo entre los ecos y los arañazos.
Si todavía me dolía el que me habían hecho a mí, que había llegado a romper mi ropa y levantar la piel hasta hacerme sangre, no quería imaginar el destrozo que podrían haberle hecho a él.
Finalmente, llegué al lugar de donde provenía el llanto, pero justo cuando di el último paso, todo quedó en silencio.
Alargué el poemario, intentando ver si el ente también se había ido junto con el niño, pero ahí seguía, solo que, en lugar de moverse rodeándome, ahora se había quedado estático, flotando liviano en el aire.
Mirándome sin tener con qué mirar, como si estuviera esperando algo.
Traté de mantenerle a raya apuntándole con el poemario, como si quisiera advertirle que estaba preparado para acabar con él.
Sin embargo, no se movió ni un centímetro, ignorando incluso cuando la luz empezaba a quemar su piel.
Retrocedí lentamente, intentando alejarme del ente frente a mí, hasta que sentí un frío intenso en mi espalda.
No provenía de una corriente de aire, como cuando el ente se movía tratando de rodearme; era un frío que parecía robar mi propio calor corporal.
Al girarme, noté una presencia inmensa y terriblemente oscura frente a mí.
Retrocedí preso del pánico, manteniendo la distancia con el ente que ahora se habían acercado aún más, como si quisiera empujarme hacia aquello que me miraba desde la penumbra.
Harto de que mi mente tuviera que jugar a las tinieblas, intentando interpretar qué había entre las sombras, levanté el poemario en dirección a los dos focos amarillos, y mis dudas se desvanecieron de golpe.
Si el espectro me había puesto los pelos de punta, aquello que tenía delante definitivamente conseguía helarme la sangre.
Era similar al acosador que tenía a mis espaldas, pero mucho más grande, de unos dos metros.
Su boca, al igual que la del otro, era enorme y estaba llena de afilados dientes.
Su cuerpo, mucho más imponente, estaba cubierto de protuberancias en forma de tentáculo que flotaban a su alrededor y se extendían hasta el cráneo, donde dos de ellas parecían cuernos de carnero.
El monstruo abrió la boca, mostrando una sonrisa casi diabólica, y comenzó a emitir un sonido escalofriante: el llanto del niño.
Me quedé pálido, dándome cuenta de que había seguido la pista hasta caer directamente en su trampa.
Me había atraído, pero ¿con qué propósito?
Mientras intentaba procesar todo lo sucedido, el monstruo comenzó a reír, burlándose de mí, y luego repitió el llanto.
Harto de la situación, solté un grito que nació de lo más profundo de mis entrañas:
—Deja de hacer eso, maldito desgraciado! —grité, sintiendo el mayor enfado que había experimentado hasta entonces.
Su semblante cambió de golpe y se quedó serio por un momento, mirándome fijamente, y luego volvió a reírse, como si mis palabras fueran un chiste para él.
De repente, los ecos del otro ente empezaron a repetir mis últimas palabras con mi mismo tono, mientras el monstruo aumentaba su tenebrosa carcajada.
«¡Deja de hacer eso!», «¡desgraciado!», «¡maldito desgraciado!
». Mi enfado creció aún más; no soportaba que se burlaran de mí con tanto desprecio.
Entonces el monstruo dejó de reír y volvió a mirarme con una sonrisa que estremecería a cualquiera.
—¿No te gustan tus propias palabras? —dijo con una voz tan grave que hizo vibrar hasta mis entrañas—. Qué lástima… al chico tampoco le gustaron.
El monstruo rompió a reír de nuevo, acompañado por los ecos que ahora reían junto con él. ¿A qué chico se refería? ¿Sería el mismo cuyo llanto usaron como cebo?