Chapter 27 #2
—¡¿De quién hablas?! —le pregunté, lleno de rabia.
—¿No lo sabes? Parece que eres más estúpido de lo que tú mismo dices —me respondió, con aires de superioridad y esa sonrisa maliciosa en su boca.
El ente comenzó a arremolinarse de nuevo a mi alrededor, repitiendo con mi propio tono: «soy gilipollas», «más tonto no puedo estar», «si es que soy subnormal». La furia me invadió; no soportaba escucharlo imitarme diciendo esas frases, era insoportable.
—¡BASTA! —grité, aún más enfurecido que antes—. Responde a mi pregunta, ¡¿quién es ese chico?!
—Fue nuestro juguete por un tiempo, aunque no nos duró mucho… fue demasiado fácil quebrarlo —dijo acercándose a mi oído derecho—. Gracias, sin ti no hubiera sido posible.
Esas últimas palabras me rompieron por dentro.
No podía ser. Pero ¿y si ese chico…? No, es imposible, ese chico no podía ser mi esencia.
¿Pero cómo iba a ser yo responsable si no lo fuera?
¿Cuánto habría sufrido hasta que se cansaron de él?
Mientras miles de dudas se clavaban como puñales, sentí como palidecía por momentos y un dolor crecía lentamente corriendo por mis venas.
Como si un veneno espeso se hubiera instalado en mí.
—Veo que tú tampoco nos vas a durar mucho… qué lástima —dijo el monstruo con un tono apesadumbrado, casi aburrido—. Al menos mi hermano disfrutará un rato contigo.
Los ecos comenzaron a zumbar de un lado a otro como al principio, pero ahora se notaba una hostilidad mayor en los movimientos del ente.
Yo, en cambio, seguía estático, intentando soportar cómo el dolor seguía atravesando mi cuerpo y expandiéndose mientras mis preguntas y juicios se multiplicaban.
Los ecos se volvían cada vez más hirientes: «me odio, no me soporto», «ha sido todo culpa mía», «estoy totalmente solo», «soy prescindible, nadie me echaría de menos», «me odian», «soy un desastre».
Lo sentía cada vez más cerca, pero seguía inmóvil en el sitio, abrazado a mi poemario.
Sentía tanto dolor interno que era incapaz de articular palabra o movimiento.
Miré hacia mi mano izquierda, donde el ardor era cada vez más intenso, y no podía creer lo que veía: una luz dorada empezó a emanar de mi piel, ocupando cada vena de mi cuerpo, como si el veneno que sentía dentro hubiera comenzado a brillar.
Los ecos seguían sonando a mi alrededor, sentía como el ente estaba deseoso de lanzarse contra mí, pero yo era incapaz de dejar de mirar la luz, que no dejaba de crecer y extenderse en mi interior.
Era completamente insufrible, ardía como si fuera lava espesa.
La luz ya había llegado a mi cuello y mi rostro, que se quedaban completamente rígidos a cada paso del veneno.
No podía más, el dolor era insoportable, solo deseaba que todo se acabara.
Una lágrima dorada brotó de mi ojo izquierdo, como si el veneno hubiera encontrado por fin su ansiada escapatoria.
Recorrió mi mejilla hasta llegar a la punta de mi barbilla, dejando un rastro de calor a su paso.
Mientras, yacía sentado sobre mis piernas, mirando al techo y pidiendo clemencia a los dioses ante tal sufrimiento.
Fue entonces cuando la lágrima se desprendió de mí, cayendo justo sobre el poemario, y el ente se lanzó sin piedad.
Grité como nunca antes, convencido de que este sería mi fin.
Sin embargo, un resplandor de luz me cegó y, tras él, llegó el silencio.
Abrí los ojos, que había cerrado para evitar la ceguera por el fogonazo, y vi restos del ente flotando en el aire, todos prendidos en llamas.
Miré hacia mis brazos y me fijé en el poemario, que ahora resplandecía con mucha más luz que antes, como si la lágrima hubiera despertado en él un poder inaudito.
Era curioso porque, a diferencia de otras veces, la luz continuamente se absorbía a través de mis manos atravesando todo mi cuerpo sin llegar a apagar el brillo del libro.
Era una sensación tremendamente agradable; muy lejos del dolor venenoso que había sentido hacía solo un momento.
Por desgracia el momento de paz se esfumó de la peor de las formas. De repente, el monstruo soltó un grito desgarrador tan fuerte que tuve que soltar el poemario para taparme los oídos, cortando así también cualquier conexión lumínica con mi cuerpo.
—¡¿QUÉ HAS HECHO?! —gritó desesperado el monstruo mientras se abalanzaba hacia los restos de aquello que llamaba hermano—. Fo-Fobos no…
¿Cómo lo había llamado? ¿Fobos? ¿El mismísimo dios del pánico y el miedo? Pero si aquel ente era supuestamente su hermano, de verdad tenía delante al mismísimo…
—¡Te vas a enterar, desgraciado, voy a ser yo mismo quien acabe contigo! —gritó el dios Deimos cortando de un plumazo mis pensamientos.
El monstruo comenzó a crecer en tamaño, como si estuviera absorbiendo la oscuridad del entorno.
Retrocedí asustado y dirigí la mirada hacia el suelo, donde mi poemario había vuelto a cobrar vida, pasando las páginas frenéticamente hasta detenerse en una página arrancada.
Lo recogí del suelo, sin entender por qué se había detenido en esa página si no había nada escrito.
Pero de pronto, una luz brotó esta vez de mi cuerpo invadiendo los restos de la página arrancada.
Parecía pura magia. Un trozo de página dorada fue resurgiendo por cada milímetro que la luz atravesaba la página rasgada.
Estaba absorto viendo cómo se regeneraba mientras sentía aquel calor tan agradable.
De hecho, era tan agradable que había desaparecido cualquier rastro de dolor de la herida que me había propinado Fobos.
No quería que terminara ese instante de paz, pero por desgracia necesitaba que la página se regenerara por fin.
Cuando alcé la mirada, el monstruo ya estaba prácticamente terminando de absorber el último ápice de oscuridad de la estancia, revelando zonas que antes habían estado ocultas.
Soltó un grito inmenso, parecido a un rugido, y se abalanzó contra mí con todas sus fuerzas.
Intenté usar el poemario como lo había hecho antes con los entes, pero el monstruo había crecido tanto que la luz que emanaba no era suficiente para quemarlo.
Me embistió, lanzándome por los aires, pero no solté el poemario en ningún momento; lo abracé como si fuera mi tesoro más preciado.
—¡VAS A LAMENTARLO! ¡VAS A LLORAR TANTO COMO LO HIZO EL CRIAJO ESE! —me gritó desde el otro lado de la estancia, donde me había lanzado.
Me levanté completamente furioso, sintiendo de nuevo el veneno que había sentido antes sofocando cualquier rastro del calor de mi propia luz.
De hecho, cuanto mayor se volvía la sensación venenosa de mi interior, más se desvanecía la luz proveniente de mis brazos.
Era como si cada vez que mencionaba a ese niño, algo atacara lo más profundo de mi ser. No podía soportarlo.
Miré de nuevo a mi poemario, que por fin había regenerado completamente la página y seguía emanando luz dorada.
Veneno , leí en el título de la página. Lancé una sonrisa pícara al aire, casi provocando a Deimos, que, por muy dios que fuera, no me generaba respeto alguno.
Obviamente, respondió y se lanzó de nuevo contra mí, con la zarpa en alto, preparado para desgarrarme en dos.
Sin embargo, justo cuando parecía que iba a alcanzarme, con la intención de desgarrarme completamente de un zarpazo, empecé a recitar permitiendo que la luz del poemario creciera junto mi voz.
Hasta que un fogonazo de luz ocupó de lleno toda la sala.
Tan grande, como para fundirnos ambos dentro de ella.
No estaba seguro si iba a sobrevivir al ataque. Pero lo que sí tenía claro es que ese desgraciado acabaría liquidado tras el destello. O al menos, eso mismo deseaba.