Chapter 26
CAPÍTULO IX. EL ATRIO DE LA INCERTIDUMbrE
L a puerta se cerró de golpe tras mi paso, como si el mismo inframundo quisiera asegurarse de que no hubiera vuelta atrás.
El estruendo resonó en el aire y cortó de raíz cualquier rastro de luz que intentara filtrarse.
No estaba envuelto en la oscuridad absoluta como al llegar, pero la escasa iluminación de los candelabros apenas era mejor.
Colgaban de las paredes, proyectando una luz titilante que hacía que las sombras bailaran en las superficies rugosas de la estrecha estancia.
Entre cada foco, la oscuridad se volvía más densa, casi palpable, como si estuviera viva y se resistiera a ser dispersada.
Era como si la penumbra tuviera voluntad propia, sofocando la luz y creando parches de negrura impenetrable, donde los límites entre la realidad y las pesadillas empezaban a desdibujarse.
Como si la oscuridad no fuera suficiente, la estructura del propio pasillo me provocó escalofríos, a pesar del calor que se acumulaba en el aire viciado.
Las paredes, que antes eran de roca áspera, se habían transformado en una necrópolis macabra, repleta de huesos y calaveras que se entrelazaban para formar un pasaje retorcido.
Me horrorizaba pensar en la meticulosidad con la que alguien había dispuesto cada hueso, creando una estructura tan siniestramente ordenada y estable.
Las calaveras se alineaban en filas continuas mientras los fémures, reconocibles por su tamaño y forma, servían como base sólida soportando el peso.
El resto de los huesos, colocados de manera caótica, coronaban la parte más alta de las paredes, que apenas lograba distinguir en la penumbra debido a su altura imponente.
Anduve con cautela, midiendo cada paso con la intención de controlar lo máximo posible el entorno que me rodeaba.
No sabía qué prefería: los tramos donde la escasa luz proyectaba sombras que parecían hacer que las cuencas de las calaveras me siguieran con su mirada hueca, o los segmentos de penumbra, donde la oscuridad era tan densa que sentía cómo absorbía mi energía, fundiéndola con su negrura.
Fuera como fuere, tenía que seguir hacia delante.
No me quedaba otra, debía confiar y continuar la travesía pese a no saber dónde me llevaba.
Cuanto más seguía el largo pasillo, que en este punto parecía ser interminable, más se veía afectada mi cordura.
Los ecos de mis pasos retumbaban en la estancia dando la impresión que alguien me seguía, las sombras generaban formas hostiles que se escondían en la profundidad de la oscuridad, empecé a escuchar lo que parecían susurros y lamentos a mi alrededor…
Me empecé a desesperar al no ver ningún tipo de final en mi trayecto y mi ansiedad fue en aumento.
Quería salir de allí o llegar a otro lugar distinto.
Necesitaba, al menos, un cambio de dirección distinto al que estaba llevando.
Los susurros empezaron a crecer proporcionalmente con mi ansiedad y empezaron a invadir el espacio creándome todavía más desesperación.
Las sombras, a su vez, se movían aún más erráticas todavía cuanto más rápido quería andar.
Fue tanto el miedo que sentí que instintivamente salí corriendo con los ojos prácticamente cerrados.
No era ni mucho menos la opción más racional, pero no soportaba las imágenes que estaba interpretando mi propio cerebro.
Aun así, lo que no pude obviar, fue la sensación de persecución por los ecos y las voces.
Intenté obviarlas y me centré únicamente en seguir adelante como fuera y, de repente, se hizo el silencio.
Cuando alcé la vista comprobé con alivio que por fin había salido del angustioso pasillo interminable.
Ahora me encontraba en una sala mucho más amplia.
Las paredes seguían estando revestidas por los mismos cráneos y huesos que antes, pero al no estar tan atrapado entre ellos, no tenía la misma sensación de persecución que hacía un momento.
Sin embargo, el gozo y alivio que sentí se esfumaron en cuanto dirigí mi mirada al centro de la estancia: mi camino había dejado de ser de sentido único para convertirse en tres entradas diferentes a las que acceder.
Cada una de las entradas me atraía de manera instintiva, como si algo en su interior conectara directamente con mi persona.
Quise ser lógico en un primer momento y utilizar la mayor guía que había tenido durante todo el proceso, mi intuición.
Suspiré con una pizca de desesperación, odiaba tomar decisiones y más cuando posiblemente mi vida dependía de ellas, pero no me quedaba otra que tomar las riendas de mi camino y decidirme.
Examiné primero la puerta de la derecha.
Era igual de alta que las otras dos y mantenía la estructura de arco de piedra como marco.
La puerta de hierro, que permanecía cerrada como las demás, tenía un ligero color rojizo que me recordaba a la de la entrada.
Al acercarme para examinarla más de cerca, la puerta se abrió, emitiendo un ruido chirriante y desagradable.
A estas alturas del viaje, que se abriera sola no me asustó lo más mínimo, aunque no dejaba de sorprenderme ligeramente.
Aprovechando que se había quedado abierta, intenté contemplar su interior, pero me fue imposible.
Un fogonazo de luz roja impedía ver más allá.
Lo único que pude percibir fue un calor intenso que emanaba a ráfagas un fuerte olor a azufre y un sentimiento creciente de rabia y odio aflorando en mi interior.
Me resultó tan incómodo y desagradable que me aparté tan rápido como pude, provocando que la puerta se cerrara de golpe, haciendo el mismo sonido que antes.
Me costó un momento controlar los sentimientos que habían nacido tras la puerta, pero respirando profundamente conseguí acallarlos.
Me dirigí entonces a la puerta central. Esta, a diferencia de las anterior, tenía una puerta oscura como la noche.
Era imposible siquiera diferenciarla de una sombra.
Al acercarme también se abrió, pero esta no hizo ningún sonido, de hecho, parecía que levitaba y absorbía cualquier tipo de ruido a su paso.
Volví a concentrarme en la segunda puerta, intentando discernir lo que podría esperarme en su interior.
Esta vez, la ausencia total de luz me impedía ver más allá.
La oscuridad que emanaba era tan espesa que parecía engullir cualquier mínima presencia de luz en esta parte de la estancia.
El olor que provenía de ella era pesado, cercano al de la humedad, pero no tan nauseabundo como el anterior.
Además, el frío que llegaba a escaparse hacía menos insoportable el olor.
Seguí mirando fijamente, como si quisiera atravesar la oscuridad con la mirada, y llegué a sentir sombras y ecos similares a los del pasillo anterior, moviéndose erráticamente de un lado a otro.
La idea de tener que pasar por lo mismo que ya había sufrido me horrorizaba, pero había algo en el interior de esa puerta que parecía llamarme con fuerza, como si apelara a lo más profundo de mi inconsciente.
Sin embargo, sabiendo que aún quedaba una puerta más por examinar, decidí dejarla de lado por el momento y comprobar la última opción.
Retrocedí, esperando que la puerta se cerrara a mi paso, y así lo hizo, pero no sin dejarme un último presente.
Los ecos dentro de la puerta se agitaron como una bandada de avispas y uno de ellos escapó justo antes de cerrarse, helándome la sangre: «¡Ya viene!
¡Está muy cerca!». Me quedé parado intentando asimilar lo que había escuchado.
¿Se referían a mí? ¿Había algo realmente persiguiéndome y estaban intentando alertarme?
No tenía ni idea de la respuesta y de hecho me aterraba recordar el miedo que había llegado a transmitirme la voz, pero irremediablemente necesitaba continuar.
Me dirigí ahora a la tercera y última puerta, la cual no tenía nada que ver con las anteriores, ya que estaba hecha de madera natural.
Al igual que las otras, se abrió al acercarme, y me quedé completamente extrañado con lo que liberó.
A diferencia de las otras dos, que me habían horrorizado por completo, esta casi parecía un oasis en medio de un entorno tan hostil: la puerta emanaba una luz blanca y cálida, parecida a la del sol de primavera al chocar contra la piel.
No salía ningún olor nauseabundo; de hecho, podría decirse que olía a rosas y hierba fresca.
Definitivamente, era demasiado bueno para ser verdad; tanta paz no encajaba para nada en un lugar como el infierno.
Me separé, y la puerta se cerró como en las otras ocasiones.
Debía tomar una decisión, pero desde luego no era algo que me entusiasmara.
Tenía claro que la puerta roja sería la última opción que tomaría; solo un loco se lanzaría a ese pozo de odio.
La de la izquierda era tentadora, pero algo en mi interior me decía que era una trampa.
Obviamente deseaba que no lo fuera, pero estaba claro que mi camino hacia mi esencia no sería fácil, y ni mucho menos el propio inframundo me lo iba a poner tan sencillo, así que la descarté por completo.
Solo me quedaba una: la central, la fuente de oscuridad.
Me quedé mirando la puerta, esperando que mágicamente apareciera una alternativa mejor, pero por desgracia no fue así.
Recordé lo que había detrás de ella, la oscuridad densa y los ecos que me aguardaban, y no pude evitar suspirar.
Sin embargo, mi mente, lejos de crear escenarios catastróficos como de costumbre, me trajo a la memoria cuando era niño y jugaba a las tinieblas.
Ese juego definitivamente me ponía de los nervios, pero disfrutaba enormemente de practicar mi habilidad de fundirme entre las sombras y evitar que nadie me encontrara.
Una sonrisa cómplice apareció en mi rostro, reflejando el ligero atisbo de confianza que empezaba a crecer a raíz de ese recuerdo.
Me estiré, como si me preparara desesperanzado para entrar de lleno en el reino de las sombras, y me dirigí hacia la puerta, esperando que se abriera.
Creía que el infierno comenzaría una vez dentro, pero justo cuando estaba a punto de abrirse por completo, empecé a escuchar unos golpes inmensos con un eco metálico.
Me giré hacia la derecha y, efectivamente, algo estaba tratando de escapar de esa puerta.
No tenía idea de qué podía ser, pero con el tamaño de las abolladuras que estaba formando en la puerta, tampoco quería descubrirlo.
Así que, con el corazón a punto de explotar y sin tiempo para pensarlo mucho más, me lancé de lleno a la sala central, deseando que la puerta se cerrara antes de que aquella bestia se escapara y me encontrara.
Dejándome fundir, definitivamente, por la oscuridad que invadía todo el espacio.