Chapter 25
Con cada verso, un brillo intenso empezó a fundirse desde el poemario a las palmas de mis manos.
Notaba exactamente el mismo calor intenso que había sentido tras mi fallido intento de salvador, solo que ahora esa sensación no solo permanecía en mis manos, sino que se trasladaba por todo mi cuerpo.
Era extraordinario, como si estuviera absorbiendo una hoguera intensa, pero sin llegar a quemarme.
Ofreciéndome la misma paz que generaba estar cerca de una chimenea escuchando la crepitación de la madera.
Al acabar el poema, creí que la luz iba a desaparecer fundiéndose en mi interior como había pasado anteriormente.
Sin embargo, permanecía en mí, sentía casi como si me estuviera esperando usarla y definitivamente no debía perder el tiempo.
Me abalancé contra Cerbero, el cual parecía que había entendido mejor que yo la situación puesto que se tumbó facilitando todavía más llegar a su collar.
No me lo pensé dos veces y, recogiendo las palabras de mi propio poema, traté de romperlo con la convicción de que nada me sería imposible. Sorprendentemente, así fue.
No tardé ni un minuto y el collar que antes parecía estar hecho del metal más duro del mundo se resquebrajó en mil pedazos dejando libre a la pobre bestia.
No tenía intención de romperlo, no por no querer conseguirlo sino porque creía imposible esa labor.
Sin embargo, me alegré enormemente de verlo por fin libre (o al menos una de sus tres cabezas).
Tras mi hazaña, vi cómo el brillo se había atenuado levemente, por lo que no me detuve y me abalancé contra las otras dos cabezas hasta dejarlas también libres.
Por suerte lo logré con la misma facilidad que con el primero, a pesar de acabar de perder todo el brillo que me había confiado el poemario.
Cada cabeza de Cerbero me lanzó un lametón gigante dejando la cara totalmente empapada.
«Supongo que será un gracias», pensé entre risas.
Me limpié la cara con mi brazo y, devolviendo el gesto, le di un beso en el hocico a cada una de las cabezas.
Luego me estiré un poco y, mientras recogía de nuevo el poemario, me fijé en el muro que tenía frente a mí.
Desde la barca me había parecido inmenso, pero ahora, tan cerca, me intimidaba aún más.
El muro de piedra se extendía de lado a lado de la inmensa cueva, y justo en el medio se encontraba un portón doble que llegaba hasta el mismísimo techo.
Era enorme, de una anchura casi irreal, como si hubiera sido hecho para que pasaran titanes por él.
Conforme me fui acercando, pude observar más detalles: era rojo, revestido completamente por lo que parecían escamas gigantes que le daban un brillo iridiscente.
A los lados, el marco de la puerta estaba adornado con calaveras de todos los tamaños, y justo en la parte superior se podía leer un texto que no logré entender:
Ψηλά! Αυτό είναι το βασίλειο του θανάτου.
No tenía claro lo que me esperaba al otro lado de las puertas, pero había llegado demasiado lejos como para quedarme postrado frente a ellas.
Acaricié el relieve, sorprendido por el brillo que desprendía, y por fin me decidí a abrirlas.
Empujé con gran esfuerzo la puerta de la izquierda, usando toda la fuerza que tenía, pero por más que lo intentaba, no se movía ni un milímetro.
Seguí empujando con determinación y, finalmente, empezó a ceder.
No entendía qué había cambiado hasta que levanté la cabeza y abrí los ojos: Cerbero me estaba ayudando a empujarla con sus tres cabezas.
Ambos acabamos exhaustos, pero habíamos logrado abrirla lo suficiente como para poder pasar.
—Muchas gracias, Cerbero. Eres un buen chico —dije, acariciando la cabeza central.
La bestia empezó a mover la cola y a jadear como antes. Era reconfortante ver el cambio en su comportamiento y el cariño que ahora mostraba ahora su mirada al no sufrir ningún daño.
Me volví hacia la puerta, respiré hondo y, decidido, entré en la espesa oscuridad que se extendía ante mí. Por fin, estaba entrando en el inframundo.