Versos para Caronte Chapter 22
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Chapter 22

CAPÍTULO VII. LAS PUERTAS DEL INFRAMUNDO

Seguimos navegando un buen rato más. Tanto, que llegué a quedarme dormido sentado.

Tanta liberación emocional me había dejado exhausto y era palpable que mi cuerpo necesitaba también un ligero descanso.

Además, el vaivén de la barca, junto con el sonido del remo atravesando el agua del río, parecían hipnóticos, por lo que fue prácticamente imposible que no me invadiera la somnolencia.

Caronte, en un acto de empatía, esta vez no silbó acompañando sus paladas.

No duró mucho mi letargo, puesto que, a los cinco minutos de caer traspuesto, una pesadilla consiguió despertarme con un grito. Caronte, a pesar de la sorpresa, no se inmutó.

—Una pesadilla, ¿verdad, chico? —preguntó con tono compasivo—. Pensaba que iba a ser diferente en tu caso y no ocurriría, pero veo que hasta tú lo sufres.

—¿A qué te refieres? —respondí mientras me rascaba los ojos para terminar de despertarme.

—Estamos cerca del inframundo, Atlas. Hogar de las peores tinieblas existentes —contestó Caronte con aire misterioso—. Esa energía se puede palpar hasta en el ambiente, no me extraña que sean capaces de alterar el sueño de cualquiera.

Tenía bastante sentido. No era lo mismo caer rendido en un prado soleado que a las puertas del inframundo.

Obviamente, algún tipo de efecto tendría que provocar.

Acto seguido de haber llegado a esa conclusión, llegó otra de forma inmediata: si a las puertas del inframundo ya podía sufrir sus efectos, ¿qué me iba a esperar una vez dentro?

Mi rostro tuvo que ser bastante expresivo, puesto que Caronte rápidamente me preguntó.

—Te preocupa lo que habrá dentro, ¿verdad? —su tono se volvió completamente compasivo.

—Sí… —suspiré—. Si ya me está afectando la atmósfera densa que nos rodea, no quiero ni imaginarme lo que me pasará ahí dentro.

Caronte asintió con los ojos cerrados. Parecía que estaba preparando una nueva reflexión. Sin embargo, en vez de lanzarla como hacía de costumbre, suspiró conmigo. Parecía ligeramente preocupado, más de lo que había visto desde que lo conocía. Aun así, carraspeó un poco y se dirigió hacia mí.

—Es normal que te preocupes, chico. Pero llegados a este punto, no tienes muchas más opciones que seguir adelante… Pero estoy seguro de que no tendrás ningún problema, te lo aseguro.

La respuesta cómplice y decidida con la que terminó Caronte me consoló un poco. Aunque he de reconocer que haberlo visto dudar, aunque fuera por un instante, me había desestabilizado bastante.

—Caronte, ¿sabes a qué me voy a enfrentar? —le pregunté con un ligero miedo en mis palabras.

—Lo siento, chico. No podría asegurarte nada…

—me respondió sin dudar—. Cada alma que llega aquí vive su propia versión del inframundo.

Aquí se albergan los mayores horrores que puedas imaginar, pero se adaptan a cada uno que entra.

Piensa que lo que es un infierno para unos, puede llegar a ser un paseo en barca para otros.

Me estremecí ligeramente al oír la reflexión de Caronte. Por fin estaba llegando a entender la magnitud de la prueba que me esperaba.

—En definitiva, me voy a tener que enfrentar con mis propios demonios, ¿no?

Caronte asintió en silencio y fijó su mirada en la mía. Notaba la preocupación en sus ojos, pero también se percibía determinación en ella. Caronte se acercó y me apretó el hombro con su mano.

—Nadie se enfrenta a demonios para los que no está preparado —comentó con seriedad—. Sea lo que sea lo que haya dentro, nace de ti, Atlas. Y con la misma fuerza y dureza que puedan presentarse, podrán caer también. Todo depende de ti.

Me quedé en silencio asimilando la reflexión de Caronte.

Por una parte, me tranquilizaba pensar que, si esos demonios nacían de mí, tampoco sería tan impensable poder contra ellos.

Pero, por otra parte, sabiendo todo lo que guardaba en mi interior y lo que me ocultaba incluso a mí mismo, me daba pánico pensar en lo que me iba a encontrar.

Intenté relajarme; posiblemente estos iban a ser mis últimos momentos de paz y no quería desperdiciarlos.

Me concentré en el sonido del río, el crujido de la madera de la barca, la imagen de Caronte remando rítmicamente…

hasta que, proveniente del interior de la densa niebla oscura, se escuchó un sonido desgarrador.

Me giré intentando localizar el origen de este, pero el eco de la cueva me lo impidió.

Y volvió a sonar, pero esta vez pude reconocer el terrorífico sonido: era un sonido de cadenas.

Sin embargo, no era una cadena normal, parecía gigante tras el estruendo que generaba.

—Estamos cerca, chico.

—¡¿Qué es ese aullido?! —le pregunté sobresaltado, viendo que no había reaccionado ni un mínimo al sonido.

—Tu primera prueba, Atlas. No pensarías que las puertas del inframundo iban a estar desprotegidas, ¿no?

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Toda la determinación que había sentido hace un momento se había venido abajo en un instante. Me invadieron las dudas, pero no tenía mucho tiempo de reacción ni opción alternativa. No me quedaba otra que ir a por todas.

Con tal de distraer mis nervios, recopilé toda la información que me acababa de dar Caronte, que como siempre, iba con tanto aire misterioso que se quedaba a medias.

Si estábamos llegando a las puertas del inframundo y ahí me esperaba la primera prueba, no podía ser otro. Iba a encontrarme con Cerbero.

—Se trata de Cerbero, ¿verdad? —le pregunté a Caronte con tono decidido.

Caronte afirmó en silencio, acariciándose la barba como si estuviera pensando profundamente antes de dirigirse a mí.

—Es el guardián de la puerta. Protege el exterior de los horrores que se albergan dentro y evita que los vivos entren en este reino de tinieblas —sus palabras emanaban un aura de misterio—. Solo unos pocos mortales han conseguido sortearlo y entrar.

Sabía a qué historias se refería. Héroes como Heracles, Orfeo, Eneas, Psique…

todos habían dominado a Cerbero con sus habilidades: el primero con su fuerza sobrehumana, el segundo con su lira, y los otros dos con su ingenio, durmiendo a la bestia con un manjar drogado.

¿Pero cómo podría yo hacerlo? Ellos fueron héroes; yo, un simple «alma rota» que ni siquiera es capaz de cuidar su propia esencia.

—Atlas, ya basta. No es tiempo de dudas —dijo Caronte serio, rescatándome de mis pensamientos—. Tienes que confiar más en ti; de lo contrario, no durarás ni un minuto ahí dentro.

—Lo siento, Caronte —respondí compungido—. Pero no sé cómo podría dominar a la bestia… Yo no tengo nada especial como todos los que dominaron en vida a Cerbero.

—Permíteme contrariarte, chico. Pero aquellos de los que hablas eran igual que tú —su semblante cambió y se volvió totalmente serio—. Todos ellos eran igual de mortales y, como tú, todos tenían un objetivo tan grande como para necesitar domar a la bestia.

Entendía perfectamente a qué se refería Caronte, pero seguía con muchas dudas. Tanto se notaba en mi semblante que Caronte se volvió a dirigir a mí.

—Confía en ti mismo, chico. Eres igual de especial que todos ellos, créeme —Caronte lanzó su mano contra mi hombro—. Yo confío en ti plenamente, no te defraudes a ti mismo.

Esas últimas palabras de Caronte me llenaron de emoción. Era una mezcla de decisión y orgullo que provocó que cayera una lágrima de mis ojos. Como decía Caronte, no podía defraudarme a mí mismo. No era el momento para dudar.

La barca por fin tocó tierra firme y se encalló en la orilla.

Al hacerlo, las piedras rascaron la barca haciendo un ruido áspero que acabó fundiéndose con un gruñido basto que nacía de las sombras.

Miré a lo lejos con la intención de ver a la bestia, pero en cambio lo que me encontré fue un muro enorme con un portón a su altura.

—Ya hemos llegado, chico. Bienvenido a las puertas del Inframundo —dijo Caronte, rompiendo mi embelesamiento.

Caronte me ayudó a bajar de la barca y acto seguido le abracé.

No había sido consciente de la altura y tamaño de este hasta que noté que mi cabeza solo llegaba por debajo de su pectoral.

Fue un abrazo breve pero tierno, un acto de agradecimiento por darme la fuerza necesaria para llegar aquí.

Al separarnos, Caronte me cogió del brazo y se dirigió una última vez hacia mí.

— No temas por vivir la más oscura de las noches. De verdad, no lo hagas. Porque justo envuelto en toda esa oscuridad, será cuando puedas ver todas las estrellas del firmamento. Y entonces, te sentirás más arropado que nunca.

No me sorprendía que Caronte se despidiera conmigo con otra de sus reflexiones; de hecho, tenía claro que la guardaría conmigo como si fuera un tesoro.

—Muchas gracias, de verdad —asentí secándome las lágrimas que amenazaban con saltar de mis ojos—. prometo regresar con mi esencia sanos y salvos.

—No espero menos de ti, Atlas. Tengo claro que lo conseguirás.

Abracé el poemario contra mi pecho y miré detenidamente a las sombras que me separaban de las puertas. Había llegado el momento, estaba preparado para empezar un viaje cuyo destino desconocía completamente.