Chapter 23
CAPÍTULO VIII. CERBERO
Entre las sombras, seguía sonando un gruñido constante, profundo y sonoro, que envolvía toda la cueva con su eco. Además, el ruido de la cadena de hierro resonaba como si la arrastraran de un lado a otro. Tenía que ser él, era imposible que no lo fuera.
No tenía más opción que adentrarme en la densa niebla a pesar del terror que sentía en el cuerpo. Adoraba a los animales, especialmente a los perros, pero saber que me iba a encontrar con una bestia de tres cabezas no me ilusionaba en absoluto, por mucha forma canina que tuviera.
Seguí avanzando, caminando con pasos cortos, analizando todos los sonidos que llegaban a mis oídos. Por suerte o por desgracia, la cueva no estaba muy iluminada, lo que todavía dificultaba más mi inmersión en esa oscuridad espesa.
Me sumí en mis pensamientos, imaginando cómo sería Cerbero. Había visto muchas representaciones de él, pero nunca había pensado que me encontraría frente a la bestia. ¿Sería tan fiero como imaginaba? ¿Cada cabeza pensaría por sí misma o estarían conectadas entre sí?
Me ensimismé tanto en recrear el can en mi mente que acabé ignorando el rugido creciente del ambiente, que había aumentado con cada paso que daba.
Un soplido húmedo y caliente chocó directamente contra mi cara y me sacó de mi imaginación.
Había llegado. Lo tenía justo enfrente, a un palmo del enorme hocico de una de las cabezas de la bestia.
Me lancé instintivamente hacia atrás con la mala suerte de tropezar contra una piedra y caer al suelo.
Los hocicos de la bestia se acercaban hacia mí, manteniendo el gruñido, y yo, en un intento de evitar ser devorado, me arrastré hacia atrás como si fuera un cangrejo.
La bestia lanzó un ladrido enorme y se abalanzó sobre mí; yo mientras, en el suelo, me tapé la cara con el brazo con la esperanza de que fuera una muerte rápida e indolora.
Sin embargo, la cadena que portaba la bestia hizo un ruido intenso al tensarse, e inmediatamente Cerbero cayó tendido contra el suelo soltando un gimoteo triple al unísono.
Seguí echándome hacia atrás, intentando ganar margen de maniobra mientras Cerbero trataba de recuperarse del estrangulamiento del hierro que rodeaba sus cuellos.
Me quedé ligeramente paralizado, pero, aun temblando de pánico, conseguí incorporarme y ponerme en pie.
Entonces, caí en la cuenta: ¿dónde estaba mi poemario?
Miré a mi alrededor, buscando el libro con insistencia, pero mientras lo hacía, Cerbero se recuperó del golpe y también se incorporó.
Las tres cabezas tosieron, evidenciando el daño que la cadena les había causado en la garganta, y retomaron el profundo gruñido, mirándome fijamente.
Era realmente gigante, mediría unos dos metros de altura erguido sobre sus cuatro patas, de color negro como la noche y con orejas puntiagudas que parecían cuernos.
A pesar de la poca luz del lugar, era imposible no distinguirlo al tenerlo tan cerca.
Sin embargo, al verlo por fin, el miedo que me había invadido desde el principio comenzó a calmarse.
Verlo tan vulnerable después del estrangulamiento despertó en mí un sentimiento casi de compasión hacia la bestia.
Aunque las fauces grandes como cuchillos seguían intimidándome, también veía en él a una criatura completamente sometida y limitada, con el único fin de amedrentar y alejar a extraños.
Lo miré con cierta lástima a pesar de su intento de intimidarme.
Sentía, por desgracia, que no éramos tan diferentes como podría parecer.
Yo también sentía que cargaba con una cadena que asfixiaba.
Una lágrima se escapó y recorrió todo mi rostro hasta caer por mi barbilla.
Cerbero seguía en una posición de ataque mientras gruñía, pero algo dentro de mí percibía el pánico que también sufría la bestia.
No estaba defendiendo únicamente la puerta, se estaba defendiendo también a sí mismo.
Di un paso hacia adelante, sin miedo, pero manteniendo una distancia prudente por temor a un ataque.
Sorprendentemente, Cerbero respondió dando también otro paso, pero hacia atrás.
Efectivamente estaba en lo cierto, la pobre bestia estaba asustada.
Lo último que quería era que Cerbero se sintiera tan acorralado como para atacar preso del pánico, así que me arrodillé en el suelo, tratando de adoptar una posición que transmitiera sumisión.
A pesar de ya ser mucho más alto que yo, tenía que intentar reducir todavía más mi altura para que no sintiera la necesidad de defenderse.
Al menos, era una estrategia que con los perros funcionaba, y definitivamente era la única idea que tenía.
Cerbero seguía mirándome mientras gruñía, pero lo notaba tremendamente desconcertado.
Mi corazón latía tan fuerte por los nervios que llegaba a sentirlo en la garganta, pero continué con mi plan «magistral» (por no llamarlo suicida): extendí la mano y dirigí mi mirada hacia el suelo, evitando el contacto visual con la bestia.
Desde esta posición, perfectamente podría arrancarme el brazo de un bocado y acabar conmigo, pero algo dentro de mí me decía que no iba a ser así.
Me concentré en mi respiración, intentando que los nervios y el miedo no se apoderaran de mí, lo último que quería era que Cerbero también los sintiera.
Finalmente, lo noté: un ligero aliento cálido recorrió mi mano y el sonido de los gruñidos se suavizó, casi como un ronroneo.
Me giré con cuidado y vi que la cabeza del medio se había acercado curiosa para olfatearme, mientras las otras dos seguían gruñendo con desconfianza.
Sin pensarlo mucho, acerqué mi mano y acaricié el hocico con cuidado.
—No tienes que preocuparte, Cerbero. No quiero hacerte daño —le susurré con cariño.
Las otras dos cabezas dejaron de gruñir progresivamente y por fin se acercaron también a olerme mientras yo acariciaba la enorme cabeza frente a mí.
El animal empezó a jadear rítmicamente y cerró los ojos al sentir mi mano sobre su rostro.
Me resultaba increíble la diferencia de tamaño entre mi mano y la cabeza de Cerbero; ni siquiera la cabeza del caballo más grande que había visto llegaba a esa magnitud.
Ahora que el animal estaba tranquilo y aparentaba no ser un peligro para mí, decidí que era hora de intentar levantarme con sumo cuidado y continuar mi camino.
—Cerbero, me tengo que ir, pero te prometo que volveré para acariciarte más, ¿vale? —le dije con cariño mientras achuchaba las tres cabezas moviendo los brazos de forma rítmica.
Cerbero lanzó su cabeza contra mi cuerpo, pidiendo más caricias, pero necesitaba encontrar mi poemario.
Así que, para terminar el momento como se merecía, abracé cada una de las inmensas cabezas del can.
Fue un abrazo cálido y sin prisas, y se notaba que el animal también estaba disfrutando de él.
Justo al retirarme, me di cuenta de hasta qué punto el collar de hierro le estaba creando una herida al pobre Cerbero… .
—Te duele, ¿verdad? —dije mientras examinaba cada una de sus cabezas con cuidado.
Cerbero se mantuvo quieto, se notaba que no le resultaba agradable que estuviera tocando esa zona, ya que cada vez que me acercaba a la herida su respiración se entrecortaba y sonaba un ligero silbido en ella.
Sin embargo, al apartar el collar de la herida una sensación de alivio recorría la expresión del can.
Definitivamente era una herida que se había reabierto hasta la saciedad.
Se notaba por la cantidad de costra que se había generado alrededor de esta y cómo, tras el tirón en nuestra presentación, se había abierto de nuevo llegando hasta sangrar.
Me estremecí pensando cuánto tiempo llevaría el pobre sufriendo la erosión del metal. Y sobre todo me culpé pensando que la última herida la había causado mi presencia. Me sentí casi en deuda, definitivamente tenía que hacer algo.
—No te preocupes, de aquí no me muevo hasta que consiga ayudarte. —le dije con una determinación impropia de mí salvo si era para ayudar un animal—. Agacha un poco la cabeza.
Cerbero obviamente no me entendió, pero, tras guiarle agachando su cabeza gigante con mis manos, conseguí ponerle a una altura lo suficientemente baja como para poder manipular el collar.
Lo cogí con delicadeza intentando no hacerle más daño a Cerbero, pero lo suficiente como para intentar doblegarlo. Eso sí, sin ningún tipo de efecto.
—Aguanta un poco, ¿vale? Voy a intentar hacer más fuerza… —le pedí a Cerbero de nuevo como si me fuera a entender.
Sin embargo, pareció que sí que me había entendido.
Porque a pesar de estar hasta rozando la herida, Cerbero aguantó totalmente mi nuevo intento de salvarlo.
Era curioso ver cómo, a pesar de estar manipulando una sola cabeza, las tres respondían al dolor al unísono cerrando los ojos.
Suspiré desesperado, tenía claro que no iba a romper un collar de hierro.
Pero me ilusioné pensando que al menos podría agrandarlo para que respirara la piel.
Cogí aire. Quería hacer toda la fuerza que pudiera y para ello necesitaba descansar un poco y concentrarme al máximo.
Me mentalicé que podía hacerlo, que realmente iba a ser capaz.
Y me lancé de lleno con la determinación y fuerza que jamás había sentido.
Seguí y seguí sin parar, cerré hasta los ojos creyendo que así conseguiría hacer todavía más fuerza.
Noté un calor súbito emanando de mis manos, como si un fogonazo brotara de ellas.
Abrí los ojos y de pronto vi cómo mis manos resplandecían con un brillo dorado como el que había visto anteriormente con Caronte.
El brillo no duró mucho, puesto que de la sorpresa dejé de hacer fuerza y tras ella se fue también ese resplandor.
Lancé las manos al aire con tal de descansarlas tras el esfuerzo que había hecho y, todavía fue mucho mayor mi sorpresa, al ver que había dejado la marca de mis dedos mellados en el duro hierro del collar.
«¿En serio he hecho eso yo?» me pregunté mientras rozaba el metal con mis dedos.
Cerbero me lamió, casi confirmando mis propios pensamientos, aunque era realmente un beso de agradecimiento por haberlo intentado.
—Lo conseguiré, Cerbero. Tengo claro que te voy a ayudar con esto. —acaricié uno de los hocicos.
Miré alrededor intentando ver si encontraba alguna herramienta que pudiera utilizar para ayudarme en mi tarea. Sin embargo, encontré algo que todavía me dejó más perplejo: un resplandor brillante a lo lejos.
Tanto Cerbero como yo nos giramos hacia el fogonazo.
«¿Es lo que creo que es?», pensé. Me acerqué inmediatamente y, efectivamente, lo era: mi poemario, que como en ocasiones anteriores, estaba revoloteando, buscando entre mis versos.
Cerbero se acercó también, curioso y con una pizca de miedo ante el espectáculo, pero lo tranquilicé colocando mi mano sobre su lomo.
Finalmente, el poemario se detuvo; había encontrado el poema.
Me agaché y, al leer el título, no pude evitar esbozar una fugaz sonrisa.
—¿Quieres que te lo lea, Cerbero? Lo he escrito yo —le pregunté al animal, de nuevo esperando que me entendiera.
Cerbero giró cada una de sus tres cabezas, esforzándose por comprenderme, y se tumbó frente a mí. Parecía que realmente estaba esperando mis versos, así que no lo hice esperar. Me senté en una de sus enormes patas y comencé a recitar.