Versos para Caronte Chapter 21
26%

Chapter 21

Caronte suspiró. No fue ni mucho menos un suspiro de aburrimiento o cansancio, sino más bien uno de comprensión y compasión.

Por otro lado, yo, volví a romper a llorar.

Ni siquiera el calor tras absorber el brillo era suficiente como para consolarme.

Por fin sabía cuándo me había convertido en un alma rota.

No podía dejar de pensar que había llegado a destrozar mi esencia con tal de crear una vida irreal.

Había vivido un teatro de mi propia vida.

Había sido un personaje de mi propia obra a pesar de todo lo que suponía.

—No te fustigues, chico —me dijo Caronte como si supiera lo que estaba pensando—. Tampoco habrá sido fácil para ti llegar al punto donde llegaste. Pero con este poema ya sabemos claramente qué intentas recuperar en este infierno.

Las lágrimas seguían corriendo por mi rostro, pero había algo en las palabras de Caronte que empezaba a calmarme.

Era como si, al reconocer y aceptar mi dolor, también estuviera dando el primer paso hacia mi verdadera sanación.

Me di cuenta de que este viaje no solo era hacia el inframundo, sino también hacia las profundidades de mi propio ser.

—¿Puedo preguntarte algo, chico? —se dirigió hacia mí con intriga—. ¿Qué hay de las páginas arrancadas de tu poemario? No he podido evitar fijarme que faltan algunos de ellos. De hecho, este último estaba a medio arrancar.

Me invadió la vergüenza. Llegados a este punto no podía esconderle nada más a Caronte, pero reconocer que había sido capaz de arrancar algunos de mis poemas no era fácil.

—Eran poemas igual de profundos y oscuros que este, ¿verdad? —espetó sin ningún reparo.

Asentí sin pronunciar palabra alguna. En un intento de creerme mi ficticia realidad, había arrancado todos los poemas que me recordaban lo roto que estaba en realidad nada más terminar de escribirlos.

Pero este último no fui capaz, no recuerdo por qué.

¿Habría acabado encerrado aquí tras intentarlo?

¿Fue al reconocer lo roto que estaba por dentro cuando caí de lleno en esta cueva?

—Sí —respondí de forma brusca y seria—. Puede ser que los considerara desechos sin importancia, como si al arrancarlos liberara la emoción que guardaban.

Caronte cambió su semblante y por primera vez lo vi ligeramente decepcionado y enfadado con lo que había escuchado.

—Todo lo escrito tiene valor para quien lo escribe, Atlas —dijo con seriedad, como si me regañara—. Además, no es lo mismo querer liberar una emoción que querer librarte de ella. Y tú, chico, pretendías hacer lo segundo.

Las palabras crudas de Caronte calaron en mi interior y volví a sentir una vergüenza ahora todavía mayor que la anterior. Había vuelto a hacer lo mismo que me había quebrado, había vuelto a anularme y despreciarme a mí mismo.

—Lo siento, Caronte —le contesté con voz triste—. Tienes toda la razón del mundo, no sé por qué te he dicho eso. De hecho, a pesar de lo oscuros que pudieran ser, me parecían preciosos.

Caronte volvió a dirigirme la mirada y soltó de nuevo un suspiro, esta vez un poco resignado.

—Estoy seguro de que lo eran, chico. Si eran como este último, debían guardar una profundidad bellísima.

—Desde luego que sí… me hubiera encantado leértelos también —respondí con una sonrisa cómplice.

En ese momento, sentí de nuevo una corriente procedente del poemario, pero esta vez era diferente.

Me preparé para que de nuevo pasara las páginas por sí mismo, pero, en vez de eso, un hilo dorado de luz tenue comenzó a emanar de mi propio pecho.

Flotaba en el aire y no se podía coger; al intentarlo, atravesaba mi mano.

—¿Qué es esto? —pregunté, sorprendido.

Caronte observó el fenómeno con interés y asintió lentamente.

—Es curioso, Atlas. Parece que tu brillo interior quiere que encuentres lo que has perdido —respondió Caronte sonriendo de nuevo—. Has encontrado tu propio hilo dorado del destino.

El hilo dorado de luz se movía lentamente, serpenteando por el aire, y yo lo seguí con la mirada. No pude evitar darme cuenta de que seguía el curso del río. Sin embargo, el espectáculo no duró mucho ya que el ligero destello se fue difuminando en el ambiente hasta desaparecer.

—Vaya… ha durado poco —le dije a Caronte casi con tristeza.

—No sufras, chico. Si tu brillo interior está intentando volver a brotar incluso en un lugar tan lúgubre como este, solo significa que estás cada vez más cerca de recuperarte a ti mismo —me contestó Caronte cómplice—. Ten paciencia, pequeño. Las cosas de palacio, van despacio.

El barco continuó su travesía por el río mientras una sensación de esperanza y temor crecía en mi interior. Tenía claro que deseaba recuperar mi esencia, pero nadie me aseguraba que fuera a ser capaz. Fuera como fuere, estaba decidido a hacer todo lo que estuviera de mi parte para conseguirlo.

La cueva se hacía cada vez más profunda y el eco del agua reverberaba a nuestro alrededor, creando una sinfonía de sonidos que acompañaba nuestro viaje.

Sabía que lo que me esperaba al final del camino podría cambiarlo todo.

Cerré los ojos por un momento, permitiendo que la tranquilidad del momento me envolviera antes de abrirlos de nuevo, decidido por fin a enfrentar lo que estaba por venir.