Versos para Caronte Chapter 12
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Chapter 12

CAPÍTULO V. PERSISTENCIA

L as corrientes del río se volvieron un poco más bravas que en las etapas anteriores.

Aun así, se notaba que Caronte conocía estas aguas como la palma de su mano.

Mientras yo me ponía tenso cada vez que veía una roca en el camino, él las sorteaba con una ligereza envidiable.

Ver la habilidad que demostraba era casi un regalo para mis sentidos.

De pronto el camino se tornó un poco más abrupto todavía, lo que antes eran rocas medianas, ahora se habían convertido en verdaderos peñascos que ocupaban un tercio del camino.

Sin embargo, Caronte no pareció inmutarse.

Siguió remando con la misma ligereza mientras silbaba.

Yo, en cambio, me quedaba rígido por cada piedra que veíamos.

Por lo visto mi expresión era demasiado evidente, por lo que Caronte se dirigió a mí al verme.

—¡No te agobies, chico! Lo tengo más que controlado —dijo sonriendo intentando calmarme.

—Lo siento, créeme que confío en ti. Pero no puedo evitar tensarme —le respondí un poco avergonzado.

—Tranquilo que ya queda poco para que dejes de sufrir —miró de nuevo al agua, fijando la vista en el curso del río.

Quise creerle, al final era el mismísimo Caronte. Sin embargo, una vez sorteadas tres rocas más igual de imponentes que las anteriores, llegamos a un tramo completamente tapado por una enorme roca cubierta de helechos que ahora sí ocupaba todo el espacio.

—¡Caronte, cuidado! —le grité desesperado.

—¡Agáchate chico! —contestó con voz dura pero serena.

Me agaché temiéndome lo peor, esperando el impacto directo del navío contra la roca.

Cerré los ojos con fuerza, aguanté la respiración y me abracé al poemario tratando de protegerlo.

Pero no sentí ningún golpe fulminante. Lo único que sintió mi cuerpo rígido fue una suave y fría caricia que llenó de rocío mi túnica.

Abrí los ojos instintivamente y lo vi, estábamos atravesando la roca por dentro.

La cortina de helechos había cubierto una gruta que había creado el agua al chocar con la inmensa piedra.

Era un poco claustrofóbico teniendo en cuenta que la altura de la gruta era poco más alta que Caronte sentado de rodillas, el cual permanecía calmado.

Tras ver mi cara de asombro, que estaba más cerca ya de la sorpresa que del terror que sentí anteriormente, se rio y me guiñó un ojo.

Era increíble ver las algas bioluminiscentes pegadas en el techo de la gruta, dando la sensación de crear un pequeño cielo estrellado. Me resultó realmente precioso.

No duró mucho la travesía, pero al depender de la velocidad del agua ya que era imposible remar, pareció mucho más larga de lo que era realmente. Poco después, ya estábamos de nuevo en otro espacio abierto todavía dentro de la cueva que dirigía al inframundo.

—Espero que no te hayas asustado, chico. Hay muertos que podrían decir que se vuelven a morir del susto al pasar por aquí.

—Y no me extraña, ni mucho menos parecía un camino viable.

—Esa es la magia del agua, chico. Ella fluye de forma natural y construye el camino a su paso sin dejarse amedrentar por ningún obstáculo. —contestó Caronte de nuevo con tono misterioso—. Deberías aprender de ella, Atlas.

Las palabras de Caronte resonaron en mi mente. El agua, con su fluidez y persistencia, encontraba su camino a través de las rocas más duras, sin detenerse. Me acordé de que había un poema en mi colección que hablaba precisamente de esa relación entre el agua y las rocas.

De repente, sentí una corriente recorrer mis manos, como si el poemario estuviera vivo. Esta sensación, similar a la que había sentido antes, me hizo detenerme un momento. De nuevo, la corriente volvió mucho más intensa. Tanto que Caronte se percató por la expresión de mi cara.

—¿Estás bien, chico? —me dijo preocupado Caronte—. No tienes buena cara.

—Sí… es el poemario, me ha pasado exactamente lo mismo justo antes de leerte Molinos —le respondí aún compungido por la sensación eléctrica—. Es como si llamara mi atención.

De nuevo una corriente todavía mayor recorrió mi cuerpo y el poemario empezó a brillar con una luz tenue dorada.

Lo abrí instintivamente buscando la fuente de luz y las páginas fueron pasando solas sin siquiera tocarlas.

No podía despegar mi mirada del poemario, me parecía auténtica magia.

Caronte, en cambio, permanecía sonriente con una pizca de orgullo en su mirada.

—Déjalo fluir, Atlas —dijo Caronte con ternura—. Permítele expresar sin miedo.

Respiré profundamente con los ojos cerrados y por fin el poemario dejó de pasar hojas de forma arbitraria. En cambio, se paró justo en uno de los poemas, el cual permanecía con el ligero brillo que antes había iluminado el poemario en su totalidad.

—¿Y bien? ¿Qué presente nos trae tu curioso poemario? —dijo Caronte sonriendo como si supiera que algo así iba a ocurrir.

—Es otro de mis poemas, se llama Oleajes —le contesté sorprendido—. Supongo que habrá sido culpa mía. Tu discurso sobre el agua y las rocas me ha recordado inmediatamente este poema.

—Pues no lo hagamos esperar. Si tu poemario nos lo ha mostrado con tanta ansia, será porque es importante.

Acomodé el poemario en mi regazo, todavía húmedo por la travesía a través de la gruta, y comencé a leer en voz alta, con el eco de la cueva amplificando mis palabras.