Versos para Caronte Chapter 4
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Chapter 4

CAPÍTULO II. ALMA ROTA

L a luz que nació como un pequeño resquicio fue aumentando hasta iluminar todo mi camino.

Por fin era capaz de ver donde pisaba e incluso verme a mí mismo, cosa que agradecía enormemente.

Exploré los harapos que llevaba encima y, como imaginaba, lo único que me vestía era una túnica blanquecina que me sobrepasaban las rodillas.

Eso, y mis adoradas sandalias. Miré alrededor, por fin entendiendo el entorno que me rodeaba y me encontré con una cueva de piedra cuyo techo no llegaba a los tres metros.

El suelo, ahora más pedregoso, ya no me preocupaba; con la luz, podía pisar firmemente.

«¡Es verdad, ahora podré verlo!», pensé con ilusión.

Mientras caminaba, cogí el libro con las dos manos.

Efectivamente, era mi poemario. Me emocioné al verlo y acaricié su dorso con delicadeza.

Las letras doradas del título reflejaban la luz de la cueva.

Lo abrí y pasé las hojas como quien mira un álbum de fotos, recordando cada poema y el momento en que lo escribí.

Una gota cayó en una página, pero no era humedad; venía de mis ojos.

Era imposible no emocionarme. Guardaba este libro como un tesoro y siempre lo mantenía bajo llave en mi habitación.

No entendía cómo había llegado hasta aquí, pero tener algo familiar me reconfortaba.

La luz rebotaba contra las paredes con más fuerza hasta que el pasillo de piedra se abrió dando paso a un espacio completamente abierto.

Me costó acostumbrarme a tanta luz de golpe.

Había pasado de la penumbra a una luz directa.

Aun así, deduje que seguía dentro de la cueva por las formas de la piedra en el techo.

La claustrofobia se desvaneció con la altura y profundidad de esta zona.

Me di cuenta de que la luz provenía de antorchas gigantes que rodeaban la entrada.

El calor que emanaban era agradable, pues mi ropa seguía húmeda tras cruzar el río.

Aquí, el suelo era terroso, casi arenoso, y no había rocas.

Parecía que alguien había excavado el espacio.

Forcé la vista y vi un pequeño foco de luz moviéndose a lo lejos.

«¿Un fuego fatuo?», dije sarcásticamente, soltando una risilla.

Ver aquello moviéndose junto al eco del silbido no me hacía gracia, pero necesitaba humor para aliviar la tensión.

Me acerqué lentamente al destello, pensando en qué podría ser.

El silbido se escuchaba más cerca, pero el eco no me permitía reconocer la dirección exacta.

No quería llamar la atención hasta estar seguro de qué o quién había detrás de esa luz.

Sin embargo, no me sirvió de mucho. Aún a cierta distancia, el farol se detuvo en seco, como si me mirara fijamente.

Entré en pánico y me quedé rígido, esperando volverme invisible.

La luz comenzó a moverse erráticamente, y lo volví a escuchar: «¡YA ERA HORA!

», exclamó una voz impaciente. Era la misma voz que escuché al atravesar el río, pero esta vez, venía directa hacia mí.

No tenía claro qué hacer. Había estado siguiendo aquel eco, pero ahora que estaba justo enfrente, no me sentía tan decidido. Parecía la voz de un hombre adulto, pero no lograba reconocer su silueta.

—¿A qué esperas? No tengo toda la eternidad, ¿sabes, chico? —espetó con voz ligeramente ronca.

Su tono no era agradable, pero había algo en él que me resultaba cercano. Obviamente, me estaba esperando específicamente a mí, por lo que podía suponer que sabía qué hacía allí y cómo había llegado. Justo las preguntas que necesitaba resolver.

Fui acercándome poco a poco al farol, que había vuelto a moverse de un lado a otro, y por fin logré verle.

Efectivamente, el farol lo portaba un hombre.

Era alto, mucho más que yo. Su pelo grisáceo y largo sobrepasaba la altura de sus hombros, y llevaba una barba tupida del mismo color.

Parecía mayor, aunque no diría que superara los sesenta años.

De hecho, el físico que mostraba no correspondía en absoluto al de una persona anciana.

Iba vestido únicamente con una túnica roja fina que cubría su pelvis, por lo que pude fijarme en su estado físico sin problema alguno.

Estaba fuerte, tenía una musculatura marcada, como si la ejercitara con frecuencia.

No tenía mucho vello corporal, pero el que tenía se encontraba repartido en su pecho, vientre y extremidades.

Se encontraba justo delante de un río mucho mayor que el que había atravesado anteriormente.

Junto a él, había una barca anclada a un poste.

—¿Quién eres? —pregunté, tratando de mantener la compostura.

El hombre sonrió levemente, aunque sus ojos mantenían una expresión seria.

—Soy Caronte, barquero del río Estigia —dijo con una voz que retumbó en toda la cueva—. Has tardado lo tuyo en llegar…

—¿Ca-Caronte? ¿El que guía a los muertos al inframundo? —pregunté mientras un escalofrío me atravesaba por todo el cuerpo—. ¡¿Me he muerto?!

Caronte rompió su semblante serio y soltó una carcajada muy sonora. Se acercó hacia mí y lanzó su mano contra mi hombro, rompiendo la rigidez que había acumulado del miedo. Inmediatamente le aparté la mano con una pizca de rabia.

—Te lo estoy preguntando en serio —dije esta vez bastante compungido y con los ojos llorosos—. No recuerdo absolutamente nada, ni siquiera cómo he llegado aquí…

Caronte recuperó la seriedad de su semblante y suspiró. Viendo que me estaba poniendo cada vez más nervioso, me dio dos palmadas en la espalda.

—No temas, chico. La muerte es solo una etapa más de vuestra vida mortal. Pero no hueles a muerto ni tampoco luces como tal —dijo con una media sonrisa en la cara.

—Pero si no estoy muerto, ¿qué narices hago aquí? —respondí impaciente.

—Eso me lo tendrás que decir tú, alma rota —contestó mientras volvía a ir de un lado a otro preparando su barca.

Me quedé observándolo mientras preparaba la embarcación, mi mente abrumada por una mezcla de confusión y curiosidad.

Caronte era una figura imponente, y la barca, a pesar de su apariencia simple, parecía tener un aura mística.

La luz del farol creaba sombras danzantes sobre el agua, la cual tenía un brillo propio de algas bioluminiscentes, dándole al río una apariencia casi irreal.

—¿Alma rota? —repetí en voz baja, tratando de comprender el significado de sus palabras.

Caronte dejó de lado sus preparativos y me miró fijamente, como si intentara ver más allá de mi exterior.

—Sí, alma rota. Los muertos de normal se quedan vagando por las orillas del río hasta que consiguen embarcar.

En cambio, aquellos que llegan como tú a este lugar suelen estar fragmentados, perdidos en el tiempo y el espacio —su voz tomó un tono grave y cargada de misterio—.

Algo te ha traído aquí, chico. Algo que necesitas descubrir para poder seguir adelante.

—Pero, ¿qué es eso que debo descubrir? —pregunté con una desesperación claramente creciente.

—Esa es una pregunta que solo tú puedes responder —Caronte me miró fijamente a los ojos desde la barca—. Solo cuando perdéis algo tan importante como para llegar a sentiros muertos en vida acabáis aquí.

Mis ojos se llenaron de lágrimas tras oír esas palabras.

No entendía por qué me había dolido tantísimo escucharlas.

Estaba claro que había pasado por una de las peores etapas de mi vida y había llegado incluso a sentir que había tocado fondo.

Pero ya hacía meses de eso, de hecho ,por fin sentía que había empezado a renacer.

Aun así, las lágrimas brotaron de mis ojos sin poder controlarlas.

—Verdaderamente eres un alma rota, chico. No te habrían resonado tanto mis palabras si no fuera el caso… —dijo Caronte con una voz tierna.

—No lo entiendo, Caronte. —comenté mientras me secaba las lágrimas—. Si justo ahora es cuando mejor estaba

—De hecho, chico, tiene todo el sentido del mundo. — me respondió Caronte sonriéndome complaciente—. Precisamente cuando estáis sanando es cuando más echáis en falta aquello que perdisteis… Puedo ayudarte a encontrarlo, pero subir a mi barca cuesta un donativo, imagino que lo sabrás.

Claro que lo sabía. En la antigua Grecia, los muertos se enterraban con óbolos precisamente para poder cruzar estas aguas y llegar al inframundo. Pero desde luego no portaba ninguna moneda conmigo.

—No tengo nada que poder ofrecerte, Caronte. No tengo ningún óbolo para pagar mi viaje.

—Ni espero que los tengas, chico. Recuerda que no estás realmente muerto, solo te has sentido como tal —me respondió—. Aunque seguro que ese manuscrito que cargas tendrá algo de valor, imagino. No llegáis aquí sin billete de viaje.

Mi mente se quebró. Únicamente cargaba mi poemario, pero ¿qué podría contener tan valioso como para poder valerme como pago? No entendía absolutamente nada, pero lo saqué para mostrárselo.

—Es un libro de poemas. No creo que te valga, la verdad.

Caronte miró el libro con interés y extendió una mano para tomarlo. Lo examinó durante unos momentos, pasando sus dedos por las letras doradas de la portada. Parecía que lo estudiaba a fondo solo con tocarlo.

—Y tanto que me sirve —dijo finalmente, con una sonrisa que apenas era visible en su rostro severo—. Tienes mucho que contarme, chico. Tendrás que pagar el viaje con tus mejores versos.

—Muchas gracias, Caronte —respondí casi avergonzado—. Solo espero que de verdad te sirvan mis versos.

Con un nudo en el estómago y una mezcla de temor y esperanza, subí a la barca y Caronte empezó a remar.

El eco del silbido ahora sonaba claro, venía exactamente de él.

El ruido rítmico del remo contra el agua calmó un poco mis nervios a pesar de las innumerables preguntas que tenía en mi interior.

Solo me quedaba confiar en aquel ser que ahora me guiaba.

En él y en el río que se extendía ante nosotros; un camino hacia lo desconocido y, quizás, hacia la redención.