Versos para Caronte
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Chapter 3
CAPÍTULO I. DESPERTAR EN PENUMbrA
L a oscuridad lo envolvía todo, impenetrable.
Forcé la vista, buscando un mínimo resquicio de luz, pero fue inútil.
La impaciencia se apoderó de mí, seguida por un pico de ansiedad.
Nunca había temido a la oscuridad, pero esta vez, tan envuelto en ella, me sentía asfixiado.
Noté cómo mis pulsaciones se aceleraban y la respiración se volvía errática.
Cerré los ojos y me obligué a tomar el control.
«No es lo mismo sentirse a oscuras que buscar la oscuridad», pensé, comenzando a respirar profundamente, controlando cada inspiración y exhalación, sintiendo cada bocanada de aire pasar por mi cuerpo.
Poco a poco, mis pulsaciones disminuyeron, y dejé de notar los sudores fríos recorriendo mi espalda.
El entorno me acarició. Aún con los ojos cerrados, agudicé mis sentidos.
Mi olfato percibía el olor a humedad, un ligero aroma a musgo y tierra mezclado con el del agua.
Sentía la humedad en mi piel, suficiente para mantenerme fresco, pero no tanto como para sentirme empapado.
Finalmente, mis oídos comenzaron a responder.
Escuchaba el sonido del agua: gotas que caían en pequeñas armonías y un lejano murmullo de agua corriente.
«¿Un río, tal vez?», pensé. Lo dudaba; el sonido era demasiado tenue.
Si lo fuera, debía estar muy lejos o ser una fuente minúscula.
Fuera como fuere, era mi única pista, así que decidí abrir los ojos y dejar que la oscuridad me invadiera de nuevo.
Aunque la oscuridad seguía siendo densa, empecé a sentirme más a gusto al tener los sentidos a flor de piel.
Ya no era un abismo desconocido, mi mente nos imaginaba inmersos en una cueva.
O, al menos, eso quise creer. Los espacios cerrados siempre me habían causado claustrofobia, pero saber que había agua corriente significaba que podría haber una salida.
Intenté forzar la vista otra vez, sin éxito.
Decidí agacharme para tocar el suelo. No soy un experto en supervivencia, pero sabía que debía obtener toda la información posible del entorno, ya que mi vista estaba inutilizada.
Sin embargo, la tela que vestía me frenó en el intento.
«¿Qué narices es esto? ¿Dónde está mi ropa?
», pensé. No tenía ni idea de qué llevaba puesto, parecía una túnica teniendo en cuenta lo que reconocían mis manos.
«Ya me preocuparé de esto luego, vamos a lo importante», me dije internamente antes de acariciar el suelo alrededor.
Noté tierra seca en su mayoría, aunque en algunos puntos se sentía la humedad de las gotas que caían del techo.
Noté piedras cubiertas de musgo, fresco y mullido.
Giré sobre mí mismo, cuidando de no caer en un agujero invisible, y pasé la mano hasta que toqué algo áspero y más blando que la piedra.
Grité y pegué un brinco instintivo. La idea de haber tocado un bicho o una serpiente me horrorizaba.
No de miedo, sino de puro asco. Aun así, mi mente fue más cuerda que mi instinto y me obligó a analizar lo que había sentido antes de mi crisis nerviosa.
Tras dudar más de lo que me gustaría reconocer, alargué la mano buscando el monstruo áspero que mi mente había recreado, pero, lejos de atacarme, estaba completamente estático.
Fui moviendo mi mano con un poco más de determinación hasta llegar a la conclusión de que lo que había en el suelo era una figura rectangular no muy gruesa.
Seguí explorando y descubrí que no era un simple rectángulo: aquello que tenía delante era un libro.
Examiné el lomo del libro con una delicadeza tremenda, leyéndolo como si fuera braille.
Era de cuero, con el borde superior ligeramente deshilachado y una esquina del lomo doblada, marcas que reconocía demasiado bien.
«No puede ser…», pensé. Tenía todavía alguna duda porque me resultaba imposible pensar que precisamente ese libro estuviera conmigo.
Incluso me burlé un poco de mí mismo por el simple hecho de pensarlo.
Seguí buscando otras señales familiares y me dirigí hacia la cubierta.
Como sospechaba, estaba adornada con letras con una textura suave cuyo color dorado podía visualizar en mi mente a pesar de la oscuridad: Las Cartas de la Rabia .
Por último, decidí revisar el interior, pasando las páginas como si fuera una baraja de naipes.
Mi cuerpo se estremeció. Faltaban páginas, como las que arranqué yo mismo de mi libro.
La duda se desvaneció por completo. Tenía claro que era mi poemario personal.
Ahora sí que no entendía absolutamente nada.
Me encontraba perdido, visualmente anulado y con más preguntas que respuestas.
Por cada pregunta que mi cabeza bombardeaba, mi respiración se agitaba más.
«¿Dónde estoy?, ¿cómo he acabado aquí?, ¿qué narices hace mi poemario conmigo?
…». Entré en un bucle de incertidumbre que estaba a punto de acabar conmigo hasta que un leve sonido rompió con el ruido de mi cabeza.
«¿Un… un silbido?», pensé. Traté de afinar el oído ahora que mi mente se mantenía en un silencio sepulcral y lo volví a escuchar.
«¡Un silbido!», exclamé internamente. Impulsivamente cogí el libro, me lo coloqué bajo la axila derecha y seguí el sonido como si fuera un perro rastreando un olor.
No sabía qué o quién me iba a encontrar, pero fuera quien fuera, estaba atrapado conmigo y definitivamente era la única pista que tenía para poder por fin encontrar respuestas y, obviamente, una salida.
Sentía que el tiempo no pasaba por mucho que caminara.
Al no ver nada y tener que guiarme por mis otros sentidos, mis pasos se volvieron lentos y torpes.
El sonido del silbido que intentaba seguir continuaba sintiéndose demasiado lejos.
«Posiblemente esté siguiendo un eco lejano…
Sobre todo, si realmente me encuentro en una cueva…
», pensé. Por otro lado, el sonido que se volvía cada vez más fuerte era el del agua.
La armonía de las gotas había desaparecido por completo; había demasiado murmullo para escucharla.
Lo que empezó siendo un riachuelo se había convertido en una fuente de agua continua y amplia, la cual debía evitar si no quería acabar empapado.
De vez en cuando, el río me escupía pequeñas gotas refrescantes; al principio me sobresaltaba cada vez que las recibía, no por el frescor de estas, sino por la sorpresa en sí.
Sin embargo, ya me estaba acostumbrando a caminar en penumbra, a pesar de lo torpe que me sentía.
Ir apoyado en la pared que tenía a mi derecha y arrastrar el pie en forma de guadaña para evitar tropezar no era muy eficiente, pero definitivamente era la única opción que tenía si quería seguir adelante.
Iba ensimismado en mis pensamientos ahora que ya había automatizado el andar errático que me permitía desplazarme.
No dejaba de pensar en cómo era posible que no me acordara de nada; no recordaba ni cómo había llegado a esa cueva ni qué había hecho la noche anterior.
No tenía percepción del tiempo al estar a oscuras.
«¿Será de noche o de día? ¿Cuánto tiempo llevo aquí metido?
», pensé, volviendo a sentir un poco de agobio.
Tan grande era mi disociación que no me di cuenta de que el pasillo de piedra por el que andaba se había ido estrechando desde hacía un buen rato, hasta que di un paso en falso que estuvo a punto de lanzarme de lleno al río.
La sensación de vacío me despertó de mi viaje interior e, instintivamente, me aferré a la roca que tenía a mi lado poniéndome de espaldas al río.
Lo único que podía usar para agarrarme era el poco musgo que sobresalía de esta, pero fue suficiente para no caer de lleno en el agua.
«¡Joder!», exclamé al aire. «A ver qué narices hago ahora…
», dije suspirando un poco acobardado. Intenté encontrar soluciones lógicas, pero estaba tan cansado que cada idea venía acompañada de una queja vacía que no aportaba nada.
De la rabia e impotencia que sentía, cogí una piedra del suelo y la lancé con fuerza hacia lo que creía ser el agua del río.
Pero, en vez de escuchar el ruido del agua salpicando como esperaba, escuché la piedra cayendo en tierra.
«¿Cómo? ¿Acaso el río que estoy siguiendo no es tan amplio?
», pensé. Era cierto, no me había planteado cómo era el río: qué profundidad tenía, su ancho, si había peces o algún otro animal en su interior, nada.
Solo me había fijado en el sonido y la velocidad de sus aguas no parecía un peligro como para no cruzarlo.
Aun así, pensar en acabar empapado no era algo que me ilusionase mucho.
Decidí ir por la vía directa, ya que estaba harto de darle tantas vueltas a las cosas.
Me descalcé las sandalias y me emocioné al hacerlo.
«A vosotras sí os reconozco», pensé con una sonrisa tímida.
Las abracé en la única axila que me quedaba libre y probé a sentarme en lo que parecía ser la orilla del río.
Cuando toqué el agua, mi cuerpo se estremeció de inmediato.
Nunca había tocado un agua tan gélida, pero he de reconocer que me encantaba la sensación.
Cuando el frío se apoderó de mi cuerpo y me acostumbré a él, me subí la túnica y extendí una de mis piernas para ver la profundidad del río.
Fui con mucha cautela y control por miedo a resbalarme y acabar ahogándome por hipotermia súbita o algo parecido, pero con suerte acabé alcanzando el fondo antes de que el agua llegara a la altura de mi entrepierna, zona que desde luego no sé cómo hubiera reaccionado a tanto frío.
Al no haber mucha corriente, no me costó tanto dar pasos dentro del agua.
De hecho, casi agradecía ese pequeño baño, aunque la mitad de mi pantalón acabara empapado.
Tuve que concentrarme para no caer por lo resbaladizo del suelo; la mezcla de agua con las piedras llenas de musgo creaba una pista de patinaje perfecta para acabar buceando.
A mitad del río, el sonido del silbido se mezcló con algo completamente diferente.
Era una voz baja, un susurro que se fundía con el murmullo del agua.
«Vas bien… sigue adelante». Las palabras se desvanecieron tan pronto como sonaron, pero se quedaron grabadas a fuego en mi mente.
Frené en seco, intentando prestar atención, creyendo que había sido producto de mi imaginación.
Sin embargo, volvieron a aparecer, esta vez con mucha más claridad: «Sigue a tu instinto».
Un escalofrío invadió todo mi cuerpo. Ni el agua fría había conseguido paralizarme tanto.
«¡¿Quién… quién eres?!», pregunté al aire sin saber dónde dirigir la mirada.
Pero nadie contestó. Solo se escuchaba de nuevo el murmullo del agua y el silbido, que se había vuelto ligeramente más nítido.
Decidí salir del agua lo antes posible antes de que se me gangrenaran los pies y finalmente llegué a la dichosa orilla.
No me costó mucho subir a tierra ya que esta no tenía un desnivel tan pronunciado como el anterior.
Me ajusté la túnica, que pesaba bastante más ahora que se había mojado, y me calcé de nuevo con la esperanza de encontrar el origen de esa voz.
No tenía muy claro si el silbido que estaba siguiendo tenía relación con lo que había pasado, pero era la única pista que tenía y no podía desaprovecharla.
Retomé mi camino con la esperanza de encontrar, aunque fuera una mínima pizca de luz.
La oscuridad del ambiente ya no me molestaba tanto, pero añoraba tener una vista competente.
Continué siguiendo el silbido mientras usaba de guía la pared de esta parte de la cueva.
Gracias a eso, no me sentía tan imbuido por la oscuridad y me permitía dar los pasos con mayor seguridad.
Agradecí tener algo en lo que apoyarme, ya que el suelo, que durante todo este tiempo había permanecido llano, empezaba a empinarse en forma de cuesta.
Me costaba dar los pasos por el grado de inclinación que estaba alcanzando.
Por suerte, no era un camino demasiado abrupto, y las pocas rocas que tuve que sortear no me perjudicaron el ritmo que llevaba.
A cada paso que daba, el silbido, que antes era apenas perceptible, sonaba cada vez más fuerte.
De hecho, su eco llegaba a molestarme ligeramente, aunque agradecía la compañía que llegaba a ofrecerme.
Debía seguirlo, tenía claro que quedaba poco para alcanzarlo y, pasado un rato, por fin lo vi.
Un resquicio de luz empezaba a emanar contra la pared de roca a unos cuantos metros.
Me froté los ojos, pensando que podría ser producto de mi imaginación, pero no era así.
Aquel fogonazo permanecía estático, y por fin yo tenía un objetivo visible.
«¡Por fin!», exclamé emocionándome. Y es que, por fin, veía algo de luz entre tanta penumbra.