Versos para Caronte Chapter 5
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Chapter 5

CAPÍTULO III. PRIMEROS VERSOS

C aronte permanecía callado mientras avanzábamos por el vasto río. Su semblante serio me desconcertaba, habiéndole visto reírse con anterioridad. Parecía que el paso de los años le había hecho mella y lucía cansado.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —le dije mientras le observaba remando—. ¿Te has encontrado con más «almas rotas» en tu vida?

Caronte no apartó en ningún momento la mirada del río y suspiró antes de responderme.

—Por desgracia, chico… no tantos como me gustaría —su voz se apagó de repente—. Solo unos pocos tenéis la suerte de intentar encontraros tras haberos perdido del todo.

—Todavía no sé siquiera lo que estoy buscando, Caronte. No entiendo cómo lo voy a encontrar.

Caronte soltó una de sus pequeñas carcajadas.

—No te preocupes, pequeño Atlas. Este río solo tiene una dirección que seguir, tendrás que empezar a fluir con él —me contestó de nuevo con su aire misterioso.

Me quedé callado de golpe. No entendía cómo sabía mi nombre.

Estaba totalmente seguro de que en ningún momento se lo había mencionado.

Supuse que, siendo el barquero del inframundo, conocería el nombre de las almas que recogía, pero aun así todo me seguía incomodando demasiado.

¿Por qué había acabado aquí? ¿Qué era eso que había perdido para haberme roto en vida?

¿Dónde iba? Caronte, viendo mi cara seria, se dirigió hacia mí.

—¿Lo ves? No estás fluyendo, solo sobrepiensas todo —volvió a reírse mientras negaba con la cabeza—. Con esa actitud, dudo mucho que vayas a llegar lejos en este viaje, chico.

—¿Cómo pretendes que no sobrepiense? —contesté, un poco irritado—. Entiende que no me haya acostumbrado a este nuevo escenario en el que un personaje mítico sabe hasta mi nombre sin habérselo dicho antes.

—No lo sabía, lo ponía en la portada de tu poemario. Que sea un «personaje mítico» no quiere decir que no tenga mis propias limitaciones.

Me sonrojé, pensando en lo idiota que llegaba a ser algunas veces, y Caronte, viendo mi reacción, se echó a reír de nuevo.

—No sufras, chico. Entiendo que estés preocupado por lo que pueda venir. Pero tengo claro que llegarás a buen puerto —me sonrió cómplice—. Recuerda que más sabe el diablo por viejo que por diablo, y créeme que a viejo no me ganan muchos…

Ver a Caronte sonreír me reconfortó bastante y el color de mis mejillas volvió a su tonalidad normal, aunque la vergüenza que sentía no se disipó del todo.

—Bueno, recuerdas que tienes un pago que realizar, ¿no? —dijo con seriedad mientras su boca disimulaba una pequeña sonrisa—. No creerás que me había olvidado de nuestro acuerdo.

—No sé qué esperas encontrar en mis versos… desde luego no son nada del otro mundo.

No había terminado de formular la frase cuando Caronte me cortó en seco.

—Yo no espero encontrar nada en ellos. Pero espero que lo encuentres tú —me dijo esta vez con mucha seriedad, fijando la vista de nuevo en el río—. Además, echo en falta un poco de lírica mortal entre tanto murmullo de los muertos.

Abrí el poemario con cuidado, como quien abre una reliquia delicada.

Rebusqué en su interior cuál de los poemas consideraba más adecuado para leerle a Caronte.

En él tenía de todo tipo, pero tenía algunos que consideraba más adecuados o que estaban mejor construidos, por lo que me decanté por uno de estos.