Capítulo 60. Silvia
SILVIA
Volvió a coger el teléfono móvil y, con manos temblorosas, marcó el número de Mikel. Escuchó, nerviosa, los tonos de llamada, uno tras otro, hasta que saltó el contestador. Lo intentó de nuevo, pero el resultado fue el mismo. Su hijo no iba a contestar.
Con los nervios a flor de piel, marcó el número de Iñigo. Él respondió a la primera.
—¿¡Dónde está Mikel!? ¿Por qué no está contigo?
—Hemos vuelto antes —respondió Iñigo desconcertado por el tono de su mujer—. No he podido retenerlo más tiempo. Mikel no está bien, Silvia.
—¿¡Que no está bien!? Eso ya lo sé yo también, ¡pero tu trabajo era distraerlo! —gritó fuera de sí.
—No sé qué te pasa ni por qué me hablas así. —Iñigo se mostró muy sorprendido por la actitud de su mujer—. Pero Mikel ha insistido en regresar y es lo que hemos hecho. No creo que haya motivo para que me grites.
—¿Dónde lo has dejado? —preguntó Silvia sin perder el tiempo en disculparse.
—Frente a la playa de la Concha. Me ha dicho que quería dar una vuelta y llamar a Elene. Pensé que quizá ella podría hacer que se sintiera mejor.
Silvia colgó el teléfono sin ni siquiera despedirse. Mikel había mentido a su padre. No pensaba llamar a su exnovia, sino caminar hasta la comisaría de la Ertzaintza en el Antiguo y confesar.
Escondió de nuevo el ordenador, se cambió de ropa con rapidez y salió corriendo hacia el garaje. Se subió al coche y salió a toda prisa hacia la comisaría. Tenía que llegar antes que él y evitar que cometiera un error.
Mientras descendía las curvas de la carretera que unen el barrio de Igeldo con el Antiguo, su móvil sonó. Miró la pantalla con la esperanza de que fuera Mikel, pero se llevó una desilusión al ver que el que llamaba era Josean Foronda.
«¿Qué quiere este ahora?», pensó malhumorada. El padre de Lander no se había interesado por el juicio ni una sola vez desde que ella asumiera la defensa de su hijo. ¿Para qué la molestaba ahora? ¿Acaso quería reprocharle que hubiera perdido el caso? Sin pensárselo, le colgó.
Josean llamó de nuevo y Silvia volvió a rechazar la llamada. No iba a perder el tiempo con él. Cuando insistió una tercera vez, decidió contestar y quitárselo de encima.
—Josean, lo siento, pero ahora no puedo hablar contigo. No es un buen momento.
—Yo que tú no volvería a colgar —replicó él con la misma voz autoritaria de siempre—. Por tu bien y por el de tu hijo.
Silvia se quedó helada.
—¿Mi hijo? ¿Qué quieres decir? —preguntó nerviosa.
—Mikel está conmigo. Te espero en el mirador del monte Igeldo. Ven sola.
La llamada finalizó y Silvia tuvo que detenerse en el arcén para respirar hondo. No entendía nada. ¿Qué hacía Mikel con Josean Foronda? Volvió a la carretera y dio la vuelta en cuanto pudo.
El mirador quedaba en lo alto de la montaña, junto a la entrada de un parque de atracciones y cerca de un histórico hotel, no muy lejos de Villa Maite.
Desde allí, las vistas eran espectaculares: la bahía de la Concha, la isla de Santa Clara, el monte Urgull y parte del casco urbano.
Era un sitio especial, donde el olor a salitre se hacía sentir en cada ráfaga de viento.
Silvia llegó al aparcamiento en cinco minutos, y detuvo su Volkswagen Tiguan junto al BMW 840i Coupé de Josean. Mikel salió del coche en cuanto la vio, se acercó a ella y la abrazó. Silvia lo estrechó con desesperación.
—¿En qué estabas pensando, cariño? —le susurró al oído sin dejar de abrazarlo. Después, soltó un suspiro.
Había faltado muy poco para que todo saltara por los aires. Ahora solo le quedaba inventar cualquier excusa ante Josean y llevarse a su hijo a casa.
—Gracias por traerlo. Mikel está muy afectado por todo lo del juicio y no está bien.
Seguía sin entender cómo su hijo había terminado en el coche de Josean Foronda. Supuso que lo habría visto desorientado y se habría ofrecido a ayudarlo, pero no estaba del todo segura. ¿Por qué Josean la había citado allí en lugar de llevar a Mikel a casa?
—Han sido unos días muy duros y estamos todos agotados —continuó ella—. Después de unas horas de sueño, estaremos mejor. Gracias otra vez.
Le hizo un gesto a Mikel para que subiera al coche y se despidió de Josean con un leve movimiento de cabeza.
—No tan deprisa, Silvia. Tenemos que hablar —la detuvo él con firmeza—. Mikel, entra en el coche de tu madre.
Mikel obedeció y se quedaron a solas. Josean dio unos pasos para alejarse y ella lo siguió. Cuando estuvo seguro de que el chico no podía oírlos, con el semblante serio y mostrando la misma seguridad de siempre, habló:
—Sé lo que Mikel pretendía hacer en la comisaría de la Ertzaintza. Lo sé todo. Lo que iba a hacer ahora y lo que hizo antes, hace dos años, en mi piso.
Silvia sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
«Ya está», pensó. «Aquí acaba todo». Josean no iba a permitir que su propio hijo pagara por un crimen que no había cometido.
Iría a la policía con lo que había descubierto, Lander saldría de la cárcel y Mikel ocuparía su lugar.
La imagen de su hijo esposado, atemorizado tras unos barrotes, le revolvió el estómago.
Tenía que estar muy desesperado para haberle contado a Josean la verdad.
Confesar ante él era casi lo mismo que haberlo hecho ante la policía. Ya no había vuelta atrás.
Silvia guardó silencio, abatida y avergonzada. Josean debía de odiarla por sacrificar a Lander solo por salvar a su hijo. Las consecuencias podían ser terribles.
—Josean, yo... —ni siquiera encontró las palabras adecuadas.
Él le sostuvo la mirada unos segundos.
—No pienso denunciar a Mikel —soltó de pronto dejándola petrificada—. No sufras por eso.
Silvia sintió que las piernas le flaqueaban. Con los ojos desorbitados y la boca entreabierta, permaneció inmóvil, sin poder creer lo que acababa de oír.
—Pero... Lander...
—A Lander no le vendrá mal un escarmiento —aseguró Josean con dureza.
Silvia lo miró horrorizada. No podía concebir que estuviera dispuesto a dejar que su hijo pagara por un crimen que no había cometido. ¿Qué clase de padre haría eso?
Josean notó el desprecio en los ojos de Silvia.
—No me mires así. ¿Quién te crees que filtró la información sobre Lurberri a la prensa? —soltó con rabia—. ¿Quién te crees que es el culpable de destrozar mi reputación? ¿Y de que Maite no sea capaz de levantarse de la cama si no es después de haberse puesto de pastillas hasta las cejas?
—¿Lander? —preguntó Silvia aturdida.
—Exacto, Lander. Cuando lo eché de casa, lo último que me dijo fue: «Me las vas a pagar».
Y el muy imbécil no tuvo una mejor idea que destruirlo todo.
Contraté a un experto en informática para que averiguara quién había filtrado la información a la periodista, y fue él.
Conocía la clave de mi ordenador, robó ciertos documentos y, después, se los envió.
Intentó cubrir sus huellas usando no sé qué de una VPN y encriptando el mensaje, pero cometió el error de hacerlo desde su propio portátil.
No me preguntes cómo, pero el experto encontró la dirección que había usado antes de conectarse a esa VPN y no tuvo ninguna duda: había sido él.
Silvia seguía sorprendida. Por mucho que Lander odiara a su padre, sabía que filtrar esa información haría mucho daño a su madre, y también a él. ¿Cómo pudo hacer esa estupidez?
—Aun así...
Silvia no terminó la frase. Que Lander fuera a la cárcel le parecía un escarmiento desproporcionado, pero nunca lo diría en voz alta, porque iba en contra de sus propios intereses.
Si Lander pagaba por el crimen de Borja, Mikel quedaría libre.
Y ella no quería ver a su hijo en la cárcel.
Sin embargo, no lograba entender a Josean.
—Mira, Silvia, Lander es un desgraciado, un malcriado y un egoísta. Y me ha jodido la vida —dijo él con rencor. Se quedó callado unos instantes y su expresión se volvió más sombría—. Además, es un violador.
Ella sintió un vuelco en el corazón. Josean sabía lo de Amaia. ¿Cómo? ¿También se lo había contado Mikel? Un sudor frío le recorrió la espalda. Quiso decir algo, pero no supo encontrar las palabras.
—Y por tu expresión —continuó Josean—, deduzco que tú también lo sabías.
Silvia respiró hondo. Estaban poniendo las cartas sobre la mesa y de nada valdría no ser sincera con él.
—No lo sabía... hasta hoy. Borja consiguió un vídeo en el que se ve a Lander y Mikel de fiesta en el salón de tu casa, llega una chica y la cosa acaba mal —prefirió no utilizar la palabra violación , aunque sabía que lo ocurrido no podía calificarse de ninguna otra manera—.
He tenido ese vídeo en mi poder durante mucho tiempo, pero no lo he visto hasta hoy.
Lo que no entiendo es cómo sabes tú lo que pasó esa noche.
Josean dibujó una media sonrisa irónica.
—¿Te crees que ese tal Borja era el único que sabía poner cámaras?
—replicó con sarcasmo—. Cuando Maite me dijo que Lander se mudaría al piso de Aldapeta, las instalé en distintos lugares de la casa.
Una cosa es querer perderlo de vista y otra bien distinta dejar que hiciera lo que le diera la gana sin ningún tipo de control.
Silvia lo miraba atónita. Como padre, Josean Foronda dejaba mucho que desear.
—Las cámaras enviaban las imágenes a mi ordenador, donde quedaban guardadas. Cada cierto tiempo les echaba un vistazo. Así descubrí cómo mi hijo violó a esa chavala, mientras el tuyo miraba como un pasmarote.
Silvia bajó la mirada. Josean había interpretado lo mismo que ella: ambos eran culpables.
—Pero no fue lo único que descubrí gracias a las grabaciones.
Sacó el móvil del bolsillo de la camisa, lo desbloqueó y, tras buscar en una carpeta, reprodujo un vídeo.
Silvia reconoció a su hijo de inmediato.
Estaba en el salón del piso de Aldapeta discutiendo con Borja.
De pronto, comenzaron a empujarse. Borja lo agarró del cuello y lo estampó contra la pared.
Mikel echó mano del aparador, cogió el trofeo que ella misma había fundido con un soplete y se lo estrelló en la cabeza.
Silvia apartó la mirada. No quería ver más.