Veredicto Capítulo 59. Silvia
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Capítulo 59. Silvia

SILVIA

Era sábado por la mañana. Greta se había llevado a Maialen al centro comercial y la casa estaba vacía.

Silvia agradeció el silencio. En su mente bullían el remordimiento, la duda, la culpa...

, y no habría podido soportar ningún ruido más.

Miró a través del gran ventanal del salón y observó cómo el cielo se cubría de nubes grises que presagiaban lluvia.

No podía imaginar un día más acorde a su estado de ánimo.

La noche anterior había logrado que Iñigo se llevara a Mikel lejos, al menos un par de días.

Sabía que su hijo cargaba con un peso insoportable: la certeza de que Lander pagaría por algo que había hecho él.

Temía que, en un arrebato, quisiera confesar y terminar con esa farsa, y no podía permitirlo.

Por eso, en cuanto llegaron a casa tras el veredicto, lo llevó a su habitación y, sin que Iñigo los escuchara, trató de convencerlo:

—No está todo perdido, ¿me oyes? Apelaremos y Lander tendrá otra oportunidad —le aseguró tratando de sonar firme—. Solo tienes que aguantar un poco más.

Mikel, sentado en la cama, miraba al vacío como si no fuera capaz de procesar lo que ocurría a su alrededor. Estaba muy pálido y tenía los ojos enrojecidos. Ni siquiera contestó.

—Sé que te duele, maitia , pero no podemos rendirnos ahora. Tenemos que seguir luchando.

Silvia recordó cómo, dos años atrás, después de la llamada de Maite, consiguió convencerlo para que no contara la verdad: «Sacaré a Lander de la cárcel y nunca nadie sospechará de ti.

Ambos podréis seguir con vuestras vidas y todo quedará en una horrible pesadilla que se diluirá con el tiempo.

Ya lo verás». Ahora se lamentaba de haber pronunciado esas palabras con tanta seguridad, aunque en ese momento las creía de verdad.

Para entonces, ya habían pasado varios días desde el asesinato y estaba convencida de que la policía estaría realmente desconcertada con lo hallado en la escena.

¿Cómo iba a imaginar que Lander también tenía un motivo para matar a Borja?

¿Cómo iba a saber que había sido chantajeado igual que Mikel?

Ese fue el momento exacto en el que empezó a dudar de la eficacia de su plan.

Por primera vez, la incertidumbre la golpeó con fuerza y no vio otra salida que hacer lo que Maite le pedía: asumir la defensa de Lander y sacarlo de la cárcel como fuera.

Solo así podrían perdonarse, tanto Mikel como ella, el haber callado.

Pero no lo había conseguido, y sentía que todo se le escapaba de las manos: había fallado a Maite, a Lander y a Mikel. Y lo peor de todo era que el precio de proteger a su hijo había resultado demasiado caro y doloroso.

Se dirigió a la cocina. Tenía el estómago cerrado, pero pensó que una copa de vino le vendría bien.

Abrió una botella de vino blanco y llenó una copa hasta la mitad, deseando que el alcohol calmara su desazón.

Con el vino en la mano, se preguntó si todo aquello había merecido la pena.

¿Tan grave era el contenido de ese maldito vídeo?

La noche del incidente, Silvia había quemado todas las pruebas en el jardín, metiéndolas en un cubo metálico y dándoles fuego.

Todas menos una: el ordenador. Mikel creía que lo había destruido junto con el resto, pero ella lo escondió en un lugar seguro: bajo el falso fondo del armario empotrado de su dormitorio.

Allí, entre mantas y cajas de zapatos, nadie lo encontraría a menos que supiera exactamente dónde buscar.

Meses después, ya inmersa en la preparación de la defensa de Lander, sin decir nada a nadie, lo sacó de su escondite y lo llevó a una tienda de informática al otro lado de la frontera, en San Juan de Luz, donde pagó ciento veinte euros para que eliminaran la contraseña de acceso.

A punto estuvo de ver el vídeo allí mismo, pero las palabras de Lander, asegurándole que no era tan grave, y las de Mikel, pidiéndole que confiara en él cada vez que le preguntaba por su contenido, la frenaron.

Volvió a guardar el ordenador y decidió dejarlo estar.

Pero ahora ya todo estaba perdido, o casi, y ya no había motivos para no verlo. Además, ella necesitaba saber.

Dejó la copa sobre la mesa y fue a por el portátil de Borja.

Lo bajó al salón, lo abrió y comenzó a navegar entre documentos y carpetas, hasta que dio con un archivo de vídeo titulado «Definitivo.mov».

Tenía que ser ese. Dio un trago largo al vino, respiró hondo y, con un doble clic, inició la reproducción.

Oyó un leve zumbido y la pantalla se iluminó. Silvia sintió que el corazón le golpeaba fuerte en el pecho. Estaba a punto de ver aquello por lo que Lander había pagado una buena suma de dinero, y Mikel... Mikel incluso había llegado más lejos.

El vídeo arrancaba en el salón de Lander, no en el cementerio como había asegurado él.

Música alta, botellas de alcohol y risas.

Silvia reconoció de inmediato a Mikel y a Lander pasándoselo bien.

Por sus movimientos, lentos y torpes, se notaba que estaban borrachos, o quizá llevaran algo más.

La duda se disipó cuando, tras fumarse un porro, Lander sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña bolsa con varias pastillas.

Se repartieron una cada uno y siguieron bebiendo.

Silvia adelantó el cursor del vídeo. Tenía que haber algo más.

Lander hizo una llamada de teléfono y, un rato después, apareció una tercera persona en escena: una chica que Silvia no conocía. Llevaba el pelo suelto, ropa sencilla y parecía un tanto cohibida. Lander se levantó para recibirla con una enorme sonrisa.

—¡Pero si es Amaia! —dijo arrastrando las palabras—. La dulce Amaia, que nunca falla.

Su propio comentario le provocó un ataque de risa. Cuando se le pasó, se inclinó hacia ella, le susurró algo al oído y la condujo hasta el sofá. Mikel le tendió una cerveza que ella aceptó y, poco a poco, entre bromas y risas, se fue relajando y comenzó a beber con ellos.

En un momento en el que la chica reía por alguna tontería, Lander se inclinó y la besó por sorpresa.

Ella se quedó inmóvil, confundida por el gesto, pero al cabo de un instante le correspondió.

Siguieron besándose hasta que, de pronto, él subió la apuesta: bajó a su cuello, lamiéndolo despacio, mientras le acariciaba los pechos por encima de la ropa.

La temperatura subió entre ellos y, varios segundos después, Lander se giró hacia Mikel y le dijo sonriendo:

—No te quedes mirando y ven, que hay para los dos.

La chica frunció el ceño, claramente desconcertada.

A la vista estaba que no se lo esperaba.

Mikel se levantó y se acercó al sofá, colocándose detrás de ella.

Amaia quedó atrapada en medio: Lander delante, besándole los labios mientras le metía la mano por debajo de la camiseta, y Mikel detrás, manoseándole el trasero.

Silvia detuvo el vídeo de golpe.

—¿Un trío? —preguntó furiosa—. ¿De verdad han dejado que todo esto ocurra por un maldito trío?

Comprendía que ninguno de los dos quisiera que aquello se hiciera público, pero no entendía semejante obsesión por hacerlo desaparecer. Inspiró hondo y volvió a darle al botón de reproducir.

La escena subió de tono. Lander y Mikel comenzaron a quitarle la ropa a la chica, que seguía algo rígida, mientras ellos también se despojaban de la suya.

En un momento dado, Lander, con una media sonrisa cómplice, le hizo un gesto a Mikel para que cogiera el móvil.

Este bajó del sofá tambaleándose, desbloqueó su teléfono y le dio al botón de grabar.

En cuanto Amaia se dio cuenta, se cubrió de inmediato con las manos y se encogió sobre sí misma.

—No, eso no —dijo avergonzada—. No grabes, por favor.

Lander siguió encima de la chica como si nada, mientras ella repetía varias veces «eso no». La manoseaba cada vez con más fuerza, y le apartó las manos para que dejara de cubrirse y se la pudiera ver bien en el vídeo.

—Venga, tía, si es lo que siempre has querido —soltó con una actitud chulesca que hizo que a Silvia se le revolviera el estómago—. Lo estás deseando.

Mikel se echó a reír, perdió el equilibrio y el móvil se le cayó al suelo. Ni siquiera se molestó en recogerlo. Se dejó caer en el sillón de al lado y comenzó a masturbarse mientras los observaba.

La chica empezó a apartar a Lander. No quería continuar. Se lo dijo, se lo repitió una y otra vez, intentando zafarse de él. Pero él la ignoró, aprovechando su superioridad física para seguir obligándola.

Silvia sintió que se le cortaba la respiración. No quería ver más, pero tenía que hacerlo, debía saber cómo había terminado todo. Dejó que el vídeo corriera unos minutos más y, cuando lo tuvo claro, lo paró. Se llevó las manos a la cabeza y murmuró entre dientes:

—Es una asquerosa violación.

Pasado el estupor, sintió una punzada de lástima por la chica, fuera quien fuera. Después de algo así, debía de haberse quedado destrozada. Por alguna razón, había decidido no denunciar lo ocurrido, y solo esperaba que, algún día, consiguiera superarlo.

Después del sentimiento de pena, llegó la rabia.

Si ella fuera la fiscal en un caso de violación como ese y tuviera entre las manos un vídeo así, iría a por ellos y los destrozaría.

Lander había culminado una violación y, con agravantes, podría costarle más de diez años de prisión.

Y Mikel... Mikel se había quedado mirando como un imbécil, dejando que todo ocurriera sin mover un solo dedo.

Eso también era delito: complicidad, cooperación, encubrimiento...

Un juez podría considerarlo tan culpable como al autor.

Mikel no era tonto y lo sabía. Sabía lo que le podía caer por permitir, e incluso grabar, una aberración como esa.

Por fin entendía la desesperación de ambos por evitar que ese vídeo saliera a la luz, pero conocer el motivo no hizo que se sintiera mejor. Al contrario. No sabía qué le dolía más: lo que había visto, la mentira de ambos o la certeza de que tanto uno como el otro tenían las manos manchadas.

Como si fuera una broma del destino, el móvil de Silvia sonó, y vio en la pantalla que era Mikel quien llamaba.

Dudó antes de responder. ¿Cómo debía tratar a su hijo después de ver algo así?

¿Era mejor enfrentarse a él y decirle que lo sabía todo o, por el contrario, era preferible callar?

¿Podría hacerlo? ¿Podría mirar para otro lado?

Dudó unos instantes y, al final, descolgó. No tuvo tiempo de decir nada. Mikel estaba fuera de sí y apenas la dejó hablar.

—No puedo más, ama, ¡no puedo! —Mikel sollozaba—. Me voy a entregar y voy a contar la verdad. Diré que fui yo quien mató a Borja y que Lander no tiene la culpa de nada.

—Mikel, escúchame —trató de decir ella, pero él la interrumpió.

—No, ama. Esta vez no me vas a convencer.

No puedo dejar que se pudra en la cárcel por algo que hice yo.

—Hizo una pausa ahogada y continuó—. No diré nada sobre ti.

Les diré que yo preparé la escena para que pareciera que fue el asesino de Gros.

Me inventaré que conocía los detalles y cargaré con toda la culpa.

Silvia abrió la boca para responder, pero no tuvo ocasión: Mikel había colgado.

—¡Mierda! —fue todo lo que dijo antes de lanzar el teléfono móvil contra el sofá.