Capítulo 58. Laia
LAIA
Iker empezaba a impacientarse. Desde donde estaba, veía perfectamente a Laia, pero no alcanzaba a distinguir su expresión con claridad.
Le sorprendía que la conversación pareciera tan tranquila.
No había gestos bruscos, ni ningún signo de tensión.
Solo dos personas charlando junto a la orilla, como si llevaran mucho tiempo sin verse y estuvieran poniéndose al día.
Aquello no tenía ningún sentido. Si de verdad estaba frente al asesino de Gros, ¿por qué no se la veía incómoda?
¿Por qué parecía una conversación amistosa?
No quería intervenir, porque así se lo había prometido a ella, pero su paciencia se agotaba.
Dudaba si acercarse a ellos o no cuando vio que se despedían.
Laia comenzó a caminar hacia él, mientras el hombre se alejaba trotando en dirección opuesta.
Iker la observó mientras se acercaba y notó que su expresión era muy seria. Además, juraría que tenía los ojos enrojecidos.
—¿Qué ha pasado? ¿Todo bien?
—Sí. Vamos —respondió ella—. Ahora te cuento.
Laia apresuró el paso hasta llegar al coche. Iker iba a su lado, aguantándose las ganas de preguntar. Ella caminaba en silencio, absorta en sus pensamientos. Ya en el coche, Iker no pudo esperar más.
—¿Me vas a decir de una vez por todas qué es lo que ha pasado?
Ella no contestó. Sacó la grabadora del bolso, detuvo la grabación y, sin dudar, pulsó el botón de eliminar.
—¿Qué haces? —preguntó él sorprendido—. ¿Por qué lo has borrado?
—Porque no era él, Iker. Ese hombre no es el asesino de Gros. —Le tembló ligeramente la voz.
Laia, que detestaba mentir, acababa de soltarle a su hermano la mayor mentira de su vida.
Aunque, en el fondo, no sentía que estuviera mintiendo del todo.
Estaba convencida de que ese hombre ya no era el mismo que, dieciséis años atrás, había matado a tres personas con la frialdad de quien cree estar haciendo justicia.
Era un hombre distinto, arrepentido. Un hombre que, si pudiera retroceder en el tiempo, actuaría de otra manera.
Un hombre que daría la vida por su familia y que quería protegerla a toda costa.
¿Qué derecho tenía ella a destruirlo? ¿A arruinarles la vida a una niña inocente y a una mujer que no sabían nada?
Si lo hiciera, estaría cometiendo el mismo error que el asesino cometió años atrás: decidir sobre la vida de los demás.
Y ella no quería cargar también con ese peso.
No era jueza, ni fiscal, ni policía. No era nadie para sentenciar vidas.
Pensó en qué pasaría si le contaba la verdad a Iker.
Tal vez él también creyera que lo más sensato era no hacer nada.
Pero ¿y si no? ¿Y si su hermano quería denunciarlo?
No se sintió con fuerzas para librar esa batalla.
No quería tener que sentarse con él y tratar de convencerlo de nada.
Era mejor que Iker no supiera nunca la verdad.
Y se consoló pensando que ocultársela también era una manera de protegerlo.
Durante el trayecto de regreso a casa, cerró los ojos durante un buen rato.
Descubrir la motivación del asesino de Gros, e incluso llegar a comprenderla, había sido abrumador, pero aún lo era más tener la certeza de que Lander era culpable.
Desde el principio del juicio había seguido su instinto y había creído en su inocencia, pero la posibilidad de que el asesino de Gros hubiera matado también a Borja había quedado hecha añicos.
El veredicto era correcto. Lander Foronda era un asesino, y ella sintió que había fallado como jurado.
Estaba agotada y ya no era la misma que se presentó, diez días atrás, en la Audiencia Provincial de Gipuzkoa, creyendo que podría hacer bien su trabajo.
Entonces pensaba que bastaba con escuchar con atención, analizar las pruebas con objetividad y decidir con sentido común.
Pero no podía haber estado más equivocada.
Había aprendido que, muchas veces, los hechos podían estar envueltos en ruido, en miedo o en mentiras.
Y también que juzgar no es simplemente decidir si algo ha sido probado o no, sino asumir el vértigo de equivocarse y tener que cargar con las consecuencias.
Ya no creía en certezas absolutas ni en finales justos.
La verdad no siempre es suficiente. Y, a veces, el mayor acto de justicia podía consistir en no hacer nada.
Y eso era, precisamente, lo que pensaba hacer ella con lo que había descubierto sobre el asesino de Gros.
Nada.