Capítulo 57. Laia
LAIA
—Reconozco que entiendo tus motivos —admitió Laia aún afectada por la historia que acababa de escuchar—. Pero ¿cómo pudiste matarlos?
Sergio se encogió de hombros con expresión triste.
—Después del tercer crimen, aunque te parezca horrible lo que te voy a decir, me sentí aliviado.
Te lo juro —reconoció consciente de que era una locura—.
Sentía que había hecho justicia, que por fin había vengado la muerte de las dos, y que estaba preparado para seguir adelante con mi vida, por muy vacía que hubiese quedado sin ellas.
Contó la tranquilidad que sintió al ver que nadie era capaz de relacionar a las tres víctimas.
Se referían al chico joven como «el cantante», sin reparar en que también ejercía como técnico de ambulancias, aunque lo hiciera mal.
Pensó que quizá en el hospital alguien ataría cabos y lo vincularía con la anciana, pero les faltaría la tercera pieza del puzle, la que no encajaba.
—A mí me pasó lo mismo. Yo tampoco fui capaz de conectar a los tres —confesó Laia.
Sergio la miró sorprendido. Aún no entendía qué papel jugaba ella en todo aquello.
—Yo estuve allí esa noche, Sergio.
Él la miró boquiabierto. Ahora era ella la que debía dar explicaciones.
—Me crucé con Kepa Muñoa y lo saludé porque lo conocía. Pero él iba con los ojos clavados en el móvil y ni siquiera me vio. De pronto oí un golpe seco. El coche de Laura había chocado contra un árbol, y Josefa yacía en el suelo. Para entonces, ya no quedaba ni rastro de Kepa.
—Desapareció como un miserable —murmuró Sergio con rabia. Laia asintió.
—Los dueños del bazar llamaron a una ambulancia. Llovía a mares y yo estaba empapada..., pero antes de marcharme, me acerqué al coche y hablé con ella, con tu hermana.
Sergio se volvió a emocionar.
—¿Hablaste con ella? —preguntó como si no pudiera creérselo—. ¿Y qué te dijo?
Su voz denotaba la necesidad urgente de conocer cualquier detalle sobre los últimos minutos de vida de su hermana.
—Le pregunté cómo estaba, y me respondió que un poco mareada, pero que estaba bien.
Sergio cerró los ojos con fuerza durante unos instantes, como si quisiera retener esa imagen en su mente.
—Fuiste una de las últimas personas que la vio con vida —respondió con un gran pesar.
—Lo sé. Y ojalá no me hubiera ido. Ojalá no la hubiera dejado al cargo del matrimonio del bazar. Quizá podría haber convencido al ambulanciero de que la priorizara a ella. Lo siento, de verdad.
Sergio la miró con gratitud, y Laia también se emocionó. A pesar de saber que era un asesino, le habría gustado haber ayudado a su hermana.
Se quedaron en silencio. Ambos necesitaban tiempo para digerir tanta información.
—¿Por qué le enviaste el sobre con el pendrive a la periodista? —preguntó Laia un par de minutos después.
—Porque yo ya no soy el mismo y no podía ver cómo el fantasma del asesino de Gros volvía a sembrar el miedo entre la población.
Tenía que frenarlo de alguna manera. Por eso, escribí el mensaje en un ordenador viejo sin conexión a internet y lo guardé en un pendrive del que borré los metadatos y las huellas.
Lo metí dentro de un sobre y se lo hice llegar a la periodista que había escrito el especial sobre mí.
Ella se encargaría de hacerlo público. Fui a un parque donde los chavales suelen pasar las horas muertas con el skate y le pagué ochenta euros a uno de ellos para que lo llevara esa misma tarde a Donostia.
Le pedí que lo dejara en la dirección indicada.
No me conocía y no hablaba castellano. En ese momento me pareció una buena idea, pero a la vista está que no lo fue.
Quizá debí pensarlo mejor, pero... el asesino de Gros murió cuando nació mi hija.
Solo quería que todo el mundo supiera que nunca volvería a actuar.
—¿Tu hija? ¿Qué ocurrió cuando nació? —quiso saber ella intrigada.
—Unos meses después del tercer crimen, entendí que nunca podría volver a empezar de cero si no me alejaba de Donostia.
Todo allí me resultaba demasiado doloroso y necesitaba poner tierra de por medio.
Dejé mi trabajo, a pesar de lo que me había costado conseguirlo, vendí mi piso y también el de mi madre, y me mudé a Hendaya, donde abrí un pequeño puesto de flores en el mercado.
¿Qué te parece? —preguntó con una sonrisa amarga—.
De asesino en serie a vendedor de rosas y claveles.
Laia pensó que la situación no podía ser más irónica, pero no dijo nada, y Sergio continuó.
—Allí conocí a una chica donostiarra que acababa de instalarse por trabajo. Me robó el corazón y tuve la suerte de que ella también se enamorara de mí. Unos años después se quedó embarazada, y nació nuestra hija, Marie.
Laia pudo ver en sus ojos la devoción, el amor incondicional que Sergio sentía por su niña.
—El día que nació Marie, algo dentro de mí cambió para siempre.
Nunca había sentido nada parecido. Era tan pequeña, tan indefensa...
Cuando la tuve en brazos por primera vez, entendí lo que significaba amar sin condiciones.
Y también comprendí la aberración que había cometido con aquellas tres personas.
No solo les arrebaté la vida a ellos, sino que les arruiné la vida también a sus familiares.
Les quité una madre, un padre, un hijo...
¿Y con qué derecho? —Hizo una pausa y negó varias veces con la cabeza—.
Imaginé cómo me sentiría yo si alguien me quitara a Marie, y créeme...
, no hay castigo que iguale ese sentimiento.
Laia lo escuchaba con un nudo en la garganta. No podía justificarlo, pero lo comprendía.
—No hay un solo día en el que no me arrepienta de la monstruosidad que cometí —reconoció—.
Desde entonces he cargado con ese peso. Ojalá pudiera dar marcha atrás y borrar todo lo que hice, pero no puedo —dijo apesadumbrado—.
Nada de lo que haga los traerá de vuelta y tendré que vivir con ello el resto de mi vida.
—Puedes entregarte. Aún faltan cuatro años para que los crímenes prescriban.
—Sí... Y quizá de esa manera podría enmendar una pequeña parte de lo que hice.
Pero eso destrozaría la vida de mi familia para siempre.
Se convertirían en la mujer y la hija de un despiadado asesino en serie.
Las señalarían y las despreciarían. Y, aunque te parezca terriblemente egoísta, no puedo hacerles eso.
—Negó con la cabeza horrorizado—. A ellas no. No puedo.