Veredicto Capítulo 56. Laia #2
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Capítulo 56. Laia #2

—Antes de marcharme del hospital, hice una cosa más: pedí poder hablar con alguien que me explicara el informe de Laura.

Llamaron a un médico y él aclaró mis dudas.

Según me dijo, lo que le ocurrió a Laura sucede con cierta frecuencia en accidentes de tráfico.

En un primer momento, la víctima está consciente y parece estable.

Puede estar mareada, desorientada o simplemente pálida, pero existe una hemorragia interna.

«A medida que la hemorragia avanza, puede haber náuseas, confusión o somnolencia y, si no se recibe una atención inmediata, la presión intracraneal llega a un punto crítico, causando un paro cardiorrespiratorio», dijo.

Laia bajó la cabeza, realmente apenada, y concluyó en voz baja:

—Laura podría haber sobrevivido si la hubieran atendido antes.

—Así es. —Sergio se volvió a emocionar—.

Según el médico, con una intervención temprana, muchas víctimas con ese tipo de lesión logran sobrevivir.

—Tuvo que hacer una pausa. Las lágrimas volvían a rodar por sus mejillas y necesitó unos segundos para recomponerse—.

Después, el doctor defendió al ambulanciero, cómo no.

Dijo que, si no había señales externas visibles, como pérdida de conciencia o un sangrado evidente, era razonable que el personal sanitario interpretara el estado del herido como no crítico.

—Pero no te valieron sus explicaciones.

—No, no me valieron de nada. Lo único que me importaba era que mi hermana podría haber sobrevivido si la hubieran atendido a tiempo —aseguró—.

Esa noche no pude dormir. Las palabras del médico, los informes, las imágenes del vídeo...

Todo giraba en mi cabeza creándome una gran turbación.

Al amanecer, decidí que debía pensar con claridad antes de actuar y pospuse mi visita a la comisaría.

Sergio relató que buscó refugio en el monte, dando largos paseos en los que el aire fresco, el silencio y la tierra húmeda lo ayudaban a pensar, a ordenar el caos que sentía en su interior y a calmar la opresión que lo devoraba por dentro.

No tardó mucho en llegar a una conclusión: si entregaba el vídeo del bazar chino y les contaba a sus compañeros lo que sabía, el único que pagaría por lo ocurrido sería el peatón.

Sin embargo, había dos personas más que debían ser castigadas.

¿Acaso la anciana y el técnico de ambulancias no eran tan responsables de la muerte de Laura como el peatón que provocó el accidente? Sí, lo eran.

Barajó distintas opciones. Podía exponerlos y buscar justicia a través de los canales oficiales, pero nada de eso le parecía suficiente.

Había perdido a los dos pilares más importantes de su vida, lo que había provocado que su mundo se desmoronara por completo.

La rabia y el dolor que sentía lo asfixiaban día y noche, y ya no podía soportarlo más.

Necesitaba dejarlo todo atrás y no podría hacerlo sabiendo que los culpables seguían con sus vidas como si nada.

Después de pensarlo mucho, solo encontró un atisbo de paz al aceptar que la única manera de liberarse y seguir adelante era asegurarse de que esas tres personas tuvieran el mismo final que Laura y su madre.

Debían acabar bajo tierra. Si la justicia no podía ofrecerle lo que necesitaba, él mismo se encargaría de equilibrar la balanza.

—Entiendo que te parezca una monstruosidad, pero el dolor era insoportable. Solo lograba dejar de sufrir cuando caía inconsciente por el alcohol y, al despertar, te juro que vengarme me parecía lo más justo —admitió con pesar.

Laia suspiró. No sabía qué pensar, y aún le quedaban unas piezas del puzle por completar.

—Conocías la identidad de la anciana y del técnico de ambulancias gracias al personal sanitario, pero ¿cómo identificaste al peatón? —preguntó.

—Reproduje el vídeo una y otra vez, y extraje una información que sería clave: el hombre tenía unas prominentes entradas y llevaba una bolsa de deporte de la marca Puma.

Parecía haber salido de un gimnasio y estar recién duchado, aunque también podría tener el cabello mojado por caminar bajo la lluvia sin paraguas —razonó—.

Lo siguiente fue buscar los gimnasios más cercanos al lugar del accidente, y encontré uno a tan solo dos calles.

Allí, una vez más, me presenté vestido de guardia municipal.

Utilizando la excusa que ya me sabía de memoria y que tan buenos resultados me había dado, conseguí la lista de los socios que habían salido en el último cuarto de hora antes del accidente.

Eran unos pocos. Después de descartar a las mujeres y a los hombres que, por demasiado mayores o demasiado jóvenes, no coincidían con las características del hombre que buscaba, quedaron en la lista solo dos candidatos.

Continuó el relato explicando que, al día siguiente, acudió a la comisaría.

Fingió pasarse tan solo para saludar a sus compañeros, pero aprovechó para acceder al padrón de habitantes, al que los guardias municipales tenían acceso libre.

Tomó nota de las direcciones de la anciana y del técnico de ambulancias, así como de los dos candidatos.

Con la información recopilada, debía comprobar si alguno de esos dos socios del gimnasio era su hombre.

Se dedicó entonces a localizarlos y observarlos detenidamente.

No tardó mucho en darse cuenta de que, por sus andares, las entradas en su frente y la bolsa de deporte de la marca Puma que llevaba colgando del hombro cada vez que se dirigía al gimnasio, lo había encontrado: el hombre que buscaba era el segundo candidato, Kepa Muñoa.

—Con las identidades y direcciones de los tres objetivos en mi poder, la última fase del plan comenzó a tomar forma.

Te juro que había momentos en los que la duda me invadía.

Yo no era un asesino, ni tampoco un trastornado, simplemente me convencí de que estaba haciendo justicia, una justicia que únicamente yo podía impartir.

Sergio suspiró cabizbajo, como si el tiempo transcurrido le hubiera hecho comprender lo equivocado que estaba.

—Y para que el mundo supiera que no mataba por placer, sino que las víctimas lo merecían, pensé en dejar en cada una de ellas un mensaje claro.

Compré varios pendrives en una tienda sin cámaras y usé en cada ocasión un ordenador de una biblioteca pública distinta para crear un archivo .

txt con una palabra diferente: « EGOÍSTA » para la anciana, « INCOMPETENTE » para el técnico de ambulancias e « INSENSATO » para el peatón.

Después, me aseguré de borrar los metadatos del pendrive para evitar que la policía pudiera obtener ninguna pista y limpié los dispositivos a conciencia para no dejar huellas.

Con todo preparado, ejecuté el plan con precisión, pero, en el primer asesinato, el destino me tenía preparada una extraña sorpresa.

—Ese fue el asesinato de Josefa Reboredo —intervino Laia expectante.

—Eso es, Josefa Reboredo. Después de matarla, encontré un costurero sobre la mesa, algo tan importante y con tanto valor sentimental para mi familia y para mí. Me removió por dentro de tal manera que, por un momento, pensé que me vendría abajo y no podría continuar.

Laia lo observó detenidamente. A Sergio le temblaba el labio y no pudo reprimir un sollozo. Avergonzado, se giró levemente hasta que se recompuso. El enorme dolor que sintió cuando ellas murieron aún no lo había abandonado.

—Decidí interpretar la presencia del costurero como una señal —explicó cuando logró tranquilizarse un poco—. Cogí un dedal y lo puse en la mano de la anciana por ellas, porque el motivo de mi venganza no era otro que vengarlas a ellas.

No fue necesario añadir que, más adelante, hizo lo mismo con las otras dos víctimas.

Laia conocía bien el resto de la historia.