Veredicto Capítulo 56. Laia
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Capítulo 56. Laia

LAIA

Laia observó a Sergio con el corazón encogido. Escuchar cómo las había perdido y ver que, a pesar del tiempo, seguía siendo incapaz de contener las lágrimas al recordarlas le caló muy hondo.

Hizo una pausa y se frotó los ojos con ambas manos. Contar su historia le estaba resultando muy doloroso.

—Saber que podía haber evitado el accidente me carcomía por dentro, pero había algo que no lograba entender.

Mi hermana era extremadamente prudente al volante.

¿Cómo había podido sufrir un accidente tan grave en una vía urbana que a priori no entrañaba peligro?

No tenía sentido. Por muchas vueltas que le daba, no conseguía entenderlo, y ese desconcierto hizo que saliera de la cama tras permanecer encerrado durante días.

Por una vez, en vez de dirigirme a la cocina en busca de alcohol, me di una ducha fría, me puse ropa limpia y salí de casa con la firme intención de buscar respuestas.

Sergio contó que fue directo a la sede de la policía local, en la calle Easo 41.

Sus compañeros, al verlo cruzar la puerta tan desmejorado, con el rostro pálido y unas profundas ojeras, no lograron disimular su sorpresa.

Después de oír sus condolencias, sin perder un minuto más, Sergio preguntó quiénes habían sido los agentes que acudieron al accidente de su hermana.

Por suerte, uno de ellos estaba de servicio y no dudó en atenderlo de inmediato.

Le explicó que Laura dio un volantazo y se estrelló contra un árbol al perder el control bajando una cuesta.

Cuando llegaron, estaba consciente y, en un principio, no parecía tener heridas graves, pero falleció durante el traslado al hospital.

Laia sintió unas ganas enormes de confesarle que ya lo sabía, que estuvo allí la noche del incidente y que ella misma había comprobado que Laura se encontraba bien. Pero prefirió no hacerlo. Sergio se estaba sincerando por primera vez en muchos años y era mejor no interrumpirlo.

—Hubo otra víctima, una mujer mayor. No llegó a atropellarla de lleno, pero sufrió algunas heridas y tuvo que ser trasladada también al hospital.

Mis compañeros creyeron que Laura pudo haberse distraído mirando el móvil o manipulando la radio, pero eso es imposible.

Mi hermana nunca hubiese hecho semejante estupidez —aseguró convencido—.

Me llevé el atestado y, ya en casa, lo leí con detenimiento: lugar y hora del accidente, vehículo implicado, daños, diligencias de identificación de la persona fallecida, otras personas lesionadas, reconstrucción de los hechos...

El informe detallaba lo que yo ya sabía, pero aún no lograba entenderlo.

Ese tramo de carretera no era peligroso, y la idea de que mi hermana hubiera cometido un error tan grave me resultaba inconcebible.

Sergio explicó lo que hizo a continuación: ir a ver el lugar del accidente con sus propios ojos.

Una vez allí, constató que las huellas de los neumáticos sobre el asfalto, apenas apreciables, eran el único vestigio de lo sucedido.

Observó la calle en silencio, analizando los alrededores, y vio que, justo frente al lugar donde había ocurrido el siniestro, había un bazar chino.

Dentro del local, recorrió los pasillos y comprobó que había varias cámaras de seguridad distribuidas por el establecimiento.

Una de ellas, la que apuntaba a la caja, tenía el ángulo perfecto para cubrir una parte significativa de la calle, y no necesitó ver más.

Salió de la tienda y se marchó a su casa.

Se enfundó el uniforme de guardia municipal, a pesar de estar de baja, y regresó al bazar.

Alegando que desde el ayuntamiento estaban recopilando información sobre accidentes en vías urbanas para mejorar la seguridad vial, le preguntó a la dependienta si recordaba el accidente ocurrido frente a su tienda, y ella respondió que sí.

Recordaba haber oído un golpe muy fuerte, salir corriendo y ver un coche estrellado contra un árbol.

También a la señora mayor que, tendida en el suelo, gritaba mucho.

De vuelta en casa, encendió el ordenador y se puso a examinar las grabaciones que le habían proporcionado en el bazar.

Deslizó el cursor hasta la hora aproximada del accidente y, al principio, no vio nada fuera de lo común.

El tráfico fluía con normalidad y, a pesar de que llovía con intensidad, las imágenes eran bastante claras.

Pronto reconoció el coche de su hermana, que circulaba a una velocidad razonable.

Justo al llegar al punto clave, un peatón apareció de la nada.

Iba absorto en el móvil, ajeno a cuanto ocurría a su alrededor.

De pronto, cruzó la calle por donde no debía, sin mirar ni a izquierda ni a derecha.

Cuando el sujeto se dio cuenta de que un coche venía hacia él, ya era demasiado tarde.

Corrió hacia la acera, pero su reacción resultó ser torpe y lenta.

Fue en ese momento cuando Laura, para evitar atropellarlo, tuvo que dar un volantazo.

El coche derrapó, rozó a la mujer mayor y se estrelló contra el árbol.

—Me quedé paralizado frente a la pantalla.

Rebobiné el vídeo y lo vi de nuevo, esta vez fijándome en lo que hacía el peatón después de que casi fuera atropellado.

¿Y sabes lo que hizo? Huir. El tipo había presenciado el golpe que él mismo había causado por ir mirando el móvil. Y, aun así, el muy cabrón huyó.

La imagen de Kepa Muñoa, empapado por la lluvia y mirando a la pantalla de su móvil, acudió con una nitidez sorprendente a la mente de Laia.

—Esa noche me emborraché de nuevo —continuó Sergio—.

Con la decisión firme de mostrar el vídeo a mis compañeros y no descansar hasta que el peatón pagara por sus actos, vacié unas cuantas botellas.

Después, con el uniforme de guardia municipal aún puesto, me tumbé en la cama y me dejé arrastrar por el sueño.

No volví a ser persona hasta pasados dos días, cuando el dolor de cabeza remitió y la niebla de la resaca se disipó por completo.

Sergio hablaba con amargura. Sin duda, a pesar de los años, el dolor seguía ahí.

—Tenía claro que no descansaría hasta ver al peatón entre rejas por las vidas que había destrozado, la mía entre ellas. Pero antes, había algo que no dejaba de rondarme la cabeza, algo que había leído en el informe y que me chirriaba cada vez más.

—¿El qué? —quiso saber Laia metida de lleno en la historia.

—El atestado señalaba que la ambulancia llegó al lugar del accidente en cuestión de minutos y encontró a dos personas heridas: la anciana atropellada y Laura.

El técnico sanitario realizó una evaluación rápida y optó por trasladar primero a la anciana al hospital, aunque antes de partir solicitó una segunda ambulancia.

Sin embargo, esta segunda unidad tardó alrededor de treinta y cinco minutos en llegar y, para entonces, Laura ya estaba demasiado grave.

Falleció antes de llegar al hospital. Y lo que me preguntaba era: ¿realmente estaba la anciana en un estado tan crítico como para que priorizaran su traslado?

¿Cómo podía ser que Laura, consciente y sin síntomas evidentes, muriera apenas media hora después?

Había algo que no encajaba, y debía acceder a los partes médicos para obtener las respuestas.

Sergio contó que fue al hospital buscando explicaciones, tal y como la propia Laia había hecho unos días antes.

Vestido con el uniforme de la guardia municipal y alegando de nuevo estar recopilando información para mejorar la seguridad vial, le resultó sencillo que el personal administrativo del Hospital Universitario de Donostia le proporcionara los partes médicos de las personas implicadas en aquel accidente.

Con los informes en mano, se acomodó en su coche y, sin perder un minuto, comenzó a leer.

El primero que leyó fue el de su hermana.

Estaba lleno de palabras técnicas que le costaba comprender, pero consiguió hacerse una idea general.

Laura había sufrido múltiples lesiones internas graves, incluyendo una hemorragia intracraneal que, al parecer, fue lo que le causó la muerte.

Después leyó el informe de la anciana. La mujer apenas tenía unos rasguños y le habían dado el alta esa misma noche. No podía creerlo. ¿Cómo la habían podido trasladar a ella y dejar a su hermana esperando durante más de media hora?

—Cerré los informes furioso y volví a entrar al hospital.

En la recepción de urgencias, pedí hablar con el médico responsable de los informes, pero no estaba trabajando en ese momento.

Justo cuando iba a marcharme, una administrativa se acercó a mí y me dijo que ella estaba de guardia esa noche, y que quizá podría ayudarme.

No dejé pasar la oportunidad. Le expliqué que había revisado los atestados de varios accidentes de tráfico y que me llamaba la atención, en ese caso en particular, la decisión de trasladar primero a una anciana que fue dada de alta esa misma noche antes que a la joven que falleció poco después.

«Recuerdo a la señora porque no paraba de quejarse y de gritar.

Parecía que había sufrido heridas gravísimas, pero luego resultó que no tenía nada.

Ya sabes, algunas personas son muy exageradas», me dijo.

—Entonces, el técnico de la ambulancia cometió un error fatal al priorizarla —concluyó Laia.

—Exacto. La administrativa lo defendió alegando que a veces los técnicos tienen que tomar decisiones en cuestión de segundos basándose solo en lo que ven.

Que no es una tarea sencilla y que no siempre se acierta.

Y añadió que, además, el técnico que atendió ese accidente era bastante joven y no llevaba mucho tiempo en el puesto.

—¿¡Gorka Téllez!? —preguntó Laia alterada—. ¿Gorka Téllez, el cantante del grupo de rock , era el técnico de la ambulancia?

—Era él.

Laia se llevó la mano a la boca. Por fin comenzaba a entenderlo todo.