Capítulo 55. El asesino de Gros
EL ASESINO DE GROS
En aquel tiempo, Sergio no era más que un chico normal de veintinueve años.
Trabajaba como guardia municipal en San Sebastián y su vida se centraba en el trabajo, el gimnasio, disfrutar de unas cervezas en el bar con sus amigos de siempre y visitar a su madre y a su hermana Laura.
No había nada extraordinario ni fuera de lo común, pero él se sentía satisfecho con lo que tenía y estaba muy orgulloso de lo que había logrado.
Después de meses de estudio constante y preparación física, había aprobado las oposiciones y recordaba a la perfección el día que se lo contó a su madre y a su hermana. Lo había conseguido.
Lo abrazaron dando saltos de alegría.
—Estamos muy orgullosas de ti, cariño —le dijo su madre con lágrimas en los ojos—. Ojalá estuviera tu padre aquí para poder ver al hombre en el que te has convertido.
Su padre había muerto cuando él tenía seis años y Laura apenas era un bebé.
Su madre quedó devastada. Además de perder al hombre con quien había soñado pasar el resto de su vida, se encontró en una situación económica bastante complicada.
Con la decisión tomada de salir adelante y criar a sus hijos sin dejar su hogar, se reinventó desempolvando una vieja máquina de coser.
Comenzó a hacer pequeños arreglos a las vecinas y, con el tiempo, la clientela aumentó.
A la vez que su destreza con la aguja y el hilo crecía, su estabilidad económica mejoró también.
Entre telas, tijeras y patrones, las tardes en casa se llenaron de alboroto y risas compartidas.
Alrededor de aquella máquina de coser, les enseñó a sus hijos no solo los secretos del oficio, sino el valor del esfuerzo y de la unión familiar también.
Todo fue bien por un tiempo, hasta que la vida volvió a golpear con fuerza a la familia cuando a la madre de Sergio le diagnosticaron una enfermedad degenerativa.
Al principio, los síntomas fueron casi imperceptibles: un ligero temblor en las manos, algunas caídas tontas que atribuían al cansancio...
Pero el deterioro avanzó de forma implacable, y pronto, la esperanza de que solo fuera algo pasajero se desvaneció.
Para entonces, él ya vivía por su cuenta en un pequeño piso, cuya hipoteca pagaba con su sueldo de funcionario municipal.
Aun así, pasaba a diario por casa de su madre, sin faltar un solo día.
Durante un tiempo, se negó a aceptar lo que estaba ocurriendo, hasta que llegó el momento en que Laura lo sentó en la cocina y le explicó la cruda realidad. Sin rodeos.
—No hay nada que hacer, Sergio —le dijo en un susurro—. Es irreversible.
—No puede ser. —Él era incapaz de asumirlo—. Tiene que haber algún medicamento, no sé, un tratamiento que pare esta mierda de enfermedad.
—Los médicos han sido claros. No lo hay. Pronto dejará de caminar y necesitará ayuda para todo: comer, levantarse, vestirse...
Sergio se llevó las manos a la cabeza. Su madre significaba todo para ellos. Era su referente, la persona que había llenado el vacío que dejó su padre y que, con esfuerzo y amor, había contribuido a que se convirtieran en unas buenas personas.
—No puedo verla así —dijo sollozando—. ¡No puedo!
Laura siempre había demostrado tener una mayor madurez que su hermano, a pesar de ser varios años menor que él. Al verlo tan abatido, se acercó para abrazarlo y consolarlo. Al cabo de un rato, cuando se calmó, le planteó que ella lo dejaría todo para cuidarla.
—¿Y tus estudios? ¿Y el máster que querías hacer?
—Tendrá que esperar —respondió ella resignada—. Tú tienes que pagar tu hipoteca, y en casa no hay dinero suficiente para pagar el máster y contratar a alguien que cuide de la ama. Yo lo haré. Cuando todo termine, continuaré con mis planes.
Sergio no pudo evitar que varias lágrimas recorrieran sus mejillas al escuchar ese «cuando todo termine». No estaba preparado para el final, y quizá nunca lo estaría.
Desde entonces, Laura cambió su vida por completo para cuidar de su madre.
La vestía, la aseaba, le daba de comer y pasaba las horas junto a ella para que nunca se sintiera sola.
Él, por su parte, se encargaba de las tareas más pesadas, como acostarla, levantarla o llevarla al médico, sabiendo que era su hermana quien realmente cargaba con el peso de la enfermedad.
Una tarde gris y oscura de octubre, tiempo después del diagnóstico y con su madre ya en una silla de ruedas, Sergio recibió la llamada de su hermana mientras jugaba una partida de póker con unos amigos en un bar.
—¿Qué pasa, Laura?
—Un paquete de pañales está defectuoso, y es el último. Necesito que vayas a comprar más —le dijo ella apurada.
—¿Ahora? Estoy en medio de una partida.
—La tienda cierra en quince minutos, y mañana es festivo. Si no lo traes, no tendré suficientes pañales.
—Joder, me lo podías haber dicho antes, cuando he pasado por casa —dijo él sin apartar los ojos de las cartas que había sobre la mesa.
Laura oyó las protestas de los amigos de su hermano desde el otro lado de la línea.
—¡No me jodas que te vas a ir ahora!
—Venga, tío, terminamos esta mano y luego te vas.
—¿Tiene que ser ahora? —le insistió a su hermana—. Me pillas fatal, Laura.
—No puedo esperar. Si no vas tú, iré yo. Espero que no le pase nada a la ama mientras estoy fuera.
—¡Venga, hombre! No seas tan dramática.
—Olvídalo. Ya voy yo —sentenció ella antes de colgar sin despedirse.
—Qué carácter, de verdad. —Colgó y volvió a concentrarse en la partida.
El juego continuó y, entre risas, discusiones y unos cuantos faroles, las horas pasaron sin que se diera cuenta.
Cuando la última partida llegó a su fin, se despidió de sus amigos y se dirigió a su casa.
Nada más llegar, un coche de la Ertzaintza aparcado frente al portal llamó su atención.
Bajo un aguacero, dos agentes se acercaron a él y lo acompañaron al interior de su vivienda.
Una vez allí, le informaron de que su hermana Laura había tenido un accidente de tráfico.
—Lo sentimos mucho —oyó decir a uno de ellos—. Las lesiones han sido muy graves y su hermana no ha sobrevivido. Lo siento —repitió el ertzaina, consciente del impacto de la noticia—. Su madre ya ha sido informada.
Se quedó sin respiración. Varios segundos después, en un repentino estallido de furia, comenzó a golpear la pared con los puños.
—¡Para, para! —le gritaron los agentes sujetándolo por los brazos.
Cuando logró calmarse un poco, dejó que lo acercaran en el coche patrulla a casa de su madre.
Frente al portal, se bajó del coche y, bajo la enorme tromba de agua que no remitía, entró en casa.
Las luces estaban encendidas, pero no se oía nada.
Sergio la llamó, pero no obtuvo respuesta.
Miró en el salón y en su habitación, pero no estaba.
Al entrar en la cocina, la encontró junto a la silla de ruedas.
Estaba tendida en el suelo, inmóvil, y tenía el rostro tan sereno que parecía dormida.
A su lado había varios blísteres de pastillas vacíos y una nota cuidadosamente doblada.
Sergio se arrodilló y no fue capaz de contener las lágrimas.
La abrazó con suavidad y, al comprobar que estaba muerta, lanzó un grito desgarrador.
Después, desdobló el papel con manos temblorosas y leyó la nota.
Escrita con una caligrafía casi ilegible, producto de la enfermedad, decía así: «Lo siento, cariño, pero es lo mejor. Te quiero».
En cuestión de minutos, había perdido a las dos personas que más quería, aquellas que le daban sentido a su vida. En ese preciso instante comprendió que su descenso al infierno ya no tendría vuelta atrás.