Capítulo 54. Laia
LAIA
Laia se despidió de Karmele Beltrán. Cuando la periodista estuvo lo bastante lejos, sacó el móvil y marcó el número de su hermano.
—Joé, Laia —protestó él con voz soñolienta—. ¿Ya ni los sábados se puede dormir?
—Iker, tengo algo que contarte. Levántate. En media hora nos vemos en casa.
No esperó su respuesta. Dio media vuelta y apretó el paso de regreso a casa.
Al llegar, se dio una ducha rápida y se cambió de ropa.
Se secó el pelo a toda prisa y, con el ruido del secador de fondo, repasó mentalmente lo que acababa de descubrir.
Sabía que no era nada concluyente, ni mucho menos, pero tampoco algo que podía ignorar.
Iker llegó con las marcas de las sábanas aún en la cara. Sin perder un segundo, Laia lo llevó a su habitación, cerró la puerta para que sus padres no oyeran la conversación y lo puso al tanto sobre lo que había descubierto.
—Pues nada —dijo él encogiéndose de hombros—. Si quieres salir de dudas, solo hay una forma de hacerlo: ir a comprobarlo. Vamos.
Un rato más tarde, aparcaron el coche frente al lugar donde creían que podrían encontrarlo. Esperaron con paciencia hasta que apareció: iba vestido con ropa deportiva y estaba solo.
—Será mejor que hables con él en un sitio donde haya gente —le aconsejó Iker en cuanto Laia le confirmó que era la persona que buscaban—. Y mete esto en el bolso. Necesitamos que todo quede registrado.
Le tendió una pequeña grabadora. Laia la cogió y la guardó con disimulo. Después, siguieron al hombre a una distancia prudente. Cuando lo vieron dirigirse hacia la playa, supieron que era el lugar perfecto para abordarlo. Allí no podría hacerle nada.
—Me quedaré observando desde lejos —le aseguró Iker—. Que crea que has venido sola. Si pasa algo, estaré ahí en unos segundos.
Laia lo buscó de nuevo con la mirada. Parecía que iba a empezar a correr en cualquier momento y no podía dejar que se le escapara.
Accedió a la playa también ella y aceleró el paso hasta alcanzarlo y ponerse a su altura, alegrándose de que la arena húmeda amortiguara el ruido de sus pisadas.
Cuando estuvo lo bastante cerca, le tocó el hombro.
Él se giró sobresaltado. Cuando la reconoció, la miró sorprendido.
Laia tragó saliva. Estaba nerviosa, pero no iba a echarse atrás.
—Hola, ¿puedo hablar contigo?
—¿Sobre qué?
—Sobre quién eres. Sobre lo que hiciste. Y sobre lo que has hecho ahora. —Laia sonó firme y le mantuvo la mirada—. Tengo pruebas.
Él se quedó inmóvil unos segundos, evaluando si debía seguir escuchando. Apenas parpadeó.
—No sé de qué me hablas —respondió finalmente.
—Sí que lo sabes. Tú eres el asesino de Gros.
Su expresión fue, de nuevo, de sorpresa.
—¿Eres policía?
Tras asegurarle que no lo era, Laia observó cómo los ojos de él se perdían en el horizonte, aunque lo más probable era que no estuvieran admirando la playa de Hendaya. Simplemente, estaba pensando.
—Tú no eres amiga de mi hermana, ¿verdad? —Seguía sin apartar la vista del agua.
—No, ni tampoco conocí a Laura en ninguna clase de spinning . Te mentí.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó en un tono que mostraba resignación.
—Que me expliques por qué lo hiciste, qué buscabas con ello y qué culpa tenían esas tres pobres víctimas.
Sergio no respondió de inmediato. Se pasó una mano por la nuca y soltó un largo suspiro. Después, sus hombros cayeron con lentitud, como si de pronto cargaran con un peso insoportable.
Laia se puso aún más nerviosa. Estaba en tensión.
Tan solo tenía sospechas, y él aún no había confesado nada.
Pero, si se había equivocado, si no era cierto que Sergio fuera el asesino de Gros, ¿no la habría sacado de su error nada más acusarlo?
¿No se habría mostrado indignado? Con esa pregunta martilleándole la cabeza, Sergio rompió el silencio.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó en un susurro.
Laia se quedó helada. Aquella pregunta lo confirmaba todo.
Instintivamente, apoyó la mano sobre el bolso, comprobando que la grabadora seguía en su sitio.
La había encendido justo antes de acercarse.
Después, lo miró fijamente a los ojos. Acababa de descubrir la identidad del asesino de Gros, un hombre que había matado a tres personas a sangre fría, y, sin embargo, por sorprendente que resultara, no sentía ningún miedo estando junto a él.
Sergio no parecía peligroso. Al contrario, tenía aspecto de buena persona, alguien inofensivo.
—Karmele Beltrán me enseñó unas fotos del sobre que le enviaste y me fijé en el color del celo que sujetaba el pendrive —explicó ella—.
Era anaranjado, igual que el celo que tenía tu hija junto a los lápices de colores, los rotuladores con brillantina, las pegatinas...
Pensé que no significaba nada. Celos de colores hay mil y solo era una absurda casualidad.
Pero luego la periodista me contó que un joven, al que no pudo verle la cara, dejó el sobre en su felpudo.
Lo llamó y él respondió algo en francés antes de marcharse escaleras abajo.
En francés. Otra absurda casualidad, pero ya eran dos.
No pude quitarme la idea de la cabeza. Tan solo era una sospecha, pero me lo acabas de confirmar.
Sergio se llevó los dedos al entrecejo y lo presionó, frustrado. Tenía que haber sido más inteligente y haberlo negado, pero estaba cansado. Muy cansado.
—Al final va a resultar que no soy tan bueno eliminando mi rastro —murmuró con ironía y con un punto de resignación—. ¿Me vas a delatar?
A Laia le sorprendió que lanzara la pregunta con tanta serenidad. No parecía estar nervioso ni asustado, como si hubiera estado preparándose durante años para ese momento.
—¿Acaso no es lo justo?
—Probablemente sí —admitió—. Pero antes de que pongas mi vida patas arriba buscando justicia, escucha al menos mi historia. Sé que no estoy en situación de pedirte nada, pero me gustaría que lo hicieras.
Laia asintió. Estaba deseando saber y, finalmente, poder comprenderlo todo.