Veredicto Capítulo 53. Silvia
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Capítulo 53. Silvia

SILVIA

Llegó a casa alrededor de la una y treinta y cinco de la madrugada, casi una hora después de haber salido.

Aparcó la moto y se descalzó con cuidado.

Antes de eliminar todas las pruebas, había algo que necesitaba hacer.

Se dirigió a su despacho, encendió el ordenador y comenzó a buscar hasta dar con una carpeta que mantenía bien oculta, con contraseña de acceso y escondida dentro de otra carpeta de nombre anodino, difícil de encontrar. Tecleó la clave con rapidez y se abrió.

Entre los documentos que contenía, localizó el archivo que buscaba: una esquela.

El nombre del fallecido: Tirso Miranda, cuyo único hijo se llamaba Borja.

Ahí tenía la confirmación de lo que había sospechado.

Un año atrás, ese hombre la había llamado por teléfono para pedirle los documentos del caso Hervás.

No fue una conversación larga, pero Silvia supo, por la forma de hablar y la manera de presionarla —mucho más ordinaria y chulesca—, que aquel hombre no tenía nada que ver con las personas que, años antes, la habían amenazado para que entregara ese mismo material. Aun así, también esa vez sintió miedo.

—Hola, soy Silvia Legarre. Tengo un problema y creo que te interesará saberlo. —Necesitaba captar la atención de su interlocutor.

—Habla —respondió una voz distorsionada, metálica, desde el otro lado.

Silvia le explicó que un hombre la había contactado para pedirle la documentación del caso Hervás. No sabía quién era ni qué relación tenía con el caso.

—¿Tienes la documentación?

—No. Os entregué en su día todo lo que tenía —mintió con firmeza— y también le he dicho a él que no tengo nada, pero no está dispuesto a ceder. Me ha amenazado.

Le contó que la había citado a las siete de la tarde del día siguiente frente al hotel Arima, en Miramón, y que no sabía qué hacer.

Se hizo un silencio al otro lado. Finalmente, su interlocutor habló.

—Ve a la cita y lleva una carpeta vacía.

—¿Y eso es todo? ¿Qué hago cuando descubra que dentro no hay nada?

—No lo hará. Nosotros nos encargamos.

La llamada terminó, y Silvia supo que no tenía más opción que confiar en que ellos, quienesquiera que fueran, solucionarían el problema.

Cuando presenció cómo un coche negro atropellaba al hombre que, a todas luces, iba a reunirse con ella, comprendió que el poder de esa gente era aún mayor de lo que había imaginado.

Al día siguiente, revisó las esquelas del periódico para conocer la identidad del fallecido.

Al no reconocerlo, guardó la esquela y decidió olvidar el asunto.

Frente al ordenador de su casa, con la esquela de Tirso Miranda en la pantalla, Silvia encajó todas las piezas: Borja había querido terminar lo que su padre había empezado, tratando de obtener la documentación a través de Mikel.

No sabía por qué Tirso conocía el caso y la existencia de esa información, pero estaba claro que lo había compartido con su hijo.

Ambos habían tratado de conseguirla y ahora estaban muertos. Los dos.

Se frotó los ojos con ambas manos, agotada, lamentando que Mikel no le hubiera contado lo del chantaje antes.

Si lo hubiera hecho, si ella hubiera sabido lo que estaba pasando, habrían buscado otra manera de solucionarlo y Mikel no habría tenido que llegar tan lejos.

Pero ya era demasiado tarde para eso. Su hijo había intentado arreglarlo por su cuenta y había salido mal. Fatal.

Apagó el ordenador y se dirigió al garaje.

Lo siguiente que tenía que hacer era destruir cualquier cosa que pudiera incriminar a su hijo, y a ella también.

Cogió un cubo metálico, donde solían depositar las malas hierbas o restos de poda, y lo llevó al rincón más discreto del jardín, lejos de la mirada de cualquier vecino.

Después, recopiló todo lo que debía hacer desaparecer y lo metió dentro: la ropa manchada de sangre, los dispositivos de Borja, el trofeo, los guantes, las calzas, el gorro de ducha y el paño con el que había limpiado la escena.

Dudó en introducir también la documentación del caso Hervás y acabar con aquello de una vez por todas, pero en el último momento decidió devolverla a la caja fuerte.

De regreso al jardín, lo roció todo con una garrafa de gasolina que usaban para el cortacésped y le dio fuego al interior del cubo, que prendió de inmediato. Las llamas se alzaron con violencia, escupiendo chispas y un humo espeso que la obligaron a dar un paso atrás.

Contemplando cómo el fuego lo devoraba todo, se preguntó si lo había hecho bien, si no se habría olvidado de nada, si con eso bastaría para que Mikel no acabara en la cárcel.

Su hijo la sacó de sus pensamientos al aparecer en el jardín. Llevaba el vigilabebés en la mano y estaba muy nervioso. Su expresión reflejaba una mezcla de vergüenza y arrepentimiento.

—¿Has podido recuperar los documentos? —preguntó con un hilo de voz.

—Sí, ya están a salvo.

Mikel dudó en preguntar por qué eran tan importantes, pero prefirió no hacerlo.

Silvia se acercó a él y le agarró la mano. Lo hizo con ternura, y él lo agradeció. Permanecieron en silencio mientras oían el crepitar de las llamas y veían cómo el humo ascendía lento, cada vez menos denso.

Al cabo de un rato, comprobaron que todo había desaparecido, excepto una cosa: el trofeo. En medio del cubo y sobre los restos chamuscados, se había ennegrecido por el calor, pero seguía intacto, inmune a las brasas.

—Creo que es de bronce —apuntó Mikel—. Necesitará más temperatura para fundirse, pero no sé cuánta más.

Sacó su móvil del bolsillo y lo desbloqueó.

—¡Para! —Silvia lo frenó en seco—. Ni se te ocurra buscar en internet cómo fundir bronce ni nada parecido. Sería una prueba en tu contra.

Mikel obedeció y guardó el teléfono sin decir nada, mientras su madre se dirigía al garaje con el trofeo en la mano. Lo dejó sobre el banco de trabajo de su marido y buscó el soplete de gas butano que solían usar para la barbacoa. Lo encendió y apuntó con la llama directamente al trofeo.

Al principio no pasó nada. El metal parecía resistirse, pero Silvia mantuvo el soplete firme, acercándolo más.

Poco a poco la superficie comenzó a tornarse rojiza, y luego, anaranjada.

Una parte de la base comenzó a ablandarse y a ceder.

Al cabo de un rato, el trofeo se deshizo en una masa irreconocible.

Mikel la observó en silencio durante todo el proceso. El olor que se había formado era horrible, una mezcla de metal, ceniza y algo más que no lograba identificar. Casi no se podía respirar dentro del garaje, pero ya estaba hecho.

—¿Qué haremos con eso? —preguntó mirando la masa humeante.

—La tiraremos a algún lugar donde no llame la atención, lejos de aquí. A un pantano, un acantilado, un vertedero... Pero tendremos que hacerlo sin levantar sospechas. Hasta entonces, la esconderemos entre los utensilios del jardín.

Silvia ocultó los restos del trofeo, guardó el soplete y abrió el ventanuco del garaje para ventilarlo.

—Y, ahora, vayámonos a la cama, Mikel. Tenemos que descansar.

Mikel se acercó a ella y la abrazó con fuerza, casi con la misma intensidad con la que lo había hecho tras reconocer que había matado a una persona.

—¿Puedo dormir contigo? —preguntó con la voz temblorosa.

Ella asintió mientras le acariciaba el pelo.

Esa noche, abrazada a su hijo, Silvia pensó que, aunque la situación era muy grave, aún tenían alguna posibilidad de salir airosos de ella.

El desconcierto de la policía al encontrar el pendrive en la garganta de la víctima sería enorme.

Las similitudes con el caso del asesino de Gros eran muchas, y la presencia del dedal resultaría espeluznante, sobre todo porque ese detalle no se hizo público.

La hipotética reaparición de un asesino al que nunca consiguieron dar caza lo revolucionaría todo.

Era consciente de que no por eso dejarían de investigar el entorno de la víctima, pero, si había hecho las cosas bien, no habría nada que les hiciera sospechar de Mikel.

Y mucho menos de Lander, que no tenía ningún motivo para matar a su amigo.

Al contrario, se llevaban tan bien que incluso le había abierto las puertas de su casa.

Con ese pensamiento, trató de conciliar el sueño antes de que amaneciera. Al día siguiente, su marido estaría de vuelta, y tanto Mikel como ella tendrían que ser capaces de fingir normalidad.

Nadie, absolutamente nadie, debía saber lo que había ocurrido esa noche.