Capítulo 52. Silvia
SILVIA
Silvia tardó doce minutos exactos en recorrer los casi seis kilómetros que separaban su casa de la de Lander.
Aparcó la moto a cierta distancia para no llamar la atención y la dejó medio escondida junto a unas escaleras que quedaban al otro lado de la calzada.
Sin quitarse el casco, recorrió los ciento cincuenta metros que la separaban del portal y entró usando las llaves de su hijo.
Subió al último piso y, en el último tramo de escalera antes del descansillo, fuera del alcance de cualquier mirilla, se quitó el casco y se puso el gorro de ducha, las calzas y los guantes.
El silencio que reinaba en la casa era abrumador.
Solo una luz tenue, procedente de una de las habitaciones del fondo, rompía la oscuridad.
Dejó el casco sobre el mueble del recibidor y avanzó hacia la luz con la mochila al hombro, echando una ojeada rápida a las estancias que encontraba a su paso.
En cuanto cruzó el umbral del salón, el olor metálico de la sangre la golpeó de lleno.
Borja estaba tendido en el suelo, con los ojos abiertos.
Tenía la cabeza ladeada y una mancha oscura se extendía debajo de ella, tiñendo de rojo la alfombra.
Silvia se quedó inmóvil durante unos segundos. Con el estómago encogido, respiró hondo y se acercó. Debía comprobar si estaba muerto. Se agachó con cuidado, puso los dedos sobre su cuello y confirmó que no tenía pulso.
Sabía que cada minuto contaba y que no era el momento de venirse abajo.
Por eso, decidió actuar deprisa. Como si hubiera activado el piloto automático, se centró en recuperar sus documentos.
Se dirigió a la mesa del salón y revisó la pila de papeles.
Los reconoció al instante, eran esos. Con rapidez, repasó todas las hojas por si faltaba alguna.
Al ver que no, las metió en la carpeta junto con la memoria externa y guardó todo en la mochila, sintiendo un gran alivio. La primera parte estaba hecha.
La segunda sería mucho más complicada. Debía borrar el rastro de su hijo y evitar que la policía llegara hasta él.
Sacó el paño húmedo y comenzó a limpiar los lugares que Mikel podía haber tocado: la mesa del salón, el aparador de donde cogió el trofeo, las manillas de las puertas...
Trató de convencerse de que, si no conseguía eliminarlas todas, no pasaba nada.
Mikel frecuentaba esa casa, y la presencia de sus huellas no levantaría sospechas.
Además, tampoco convenía dejarlo todo excesivamente limpio.
Después, se quedó quieta unos segundos, observándolo todo con detenimiento, e intentó pensar como un policía. ¿Qué verían en la escena? ¿Qué pensarían que había ocurrido allí?
Trató de encontrar la mejor salida, y decidió que simular un robo era una buena alternativa.
Serviría para desviar la atención, y la policía dirigiría la investigación hacia un asalto fortuito: alguien que entró a robar, se encontró con Borja por sorpresa y, tras un forcejeo, había acabado matándolo.
Los robos con violencia solían relacionarse a delincuentes comunes, no a estudiantes universitarios sin antecedentes como Mikel.
Hizo un listado mental de los pasos que debía seguir: forzar la puerta de entrada, revolver cajones y estanterías, llevarse algo de valor...
Pero la idea no le terminaba de convencer.
Desde que Maite no vivía allí, en esa casa no había nada valioso como joyas o grandes cantidades de dinero en efectivo.
Tan solo el portátil de Lander, que recordaba haber visto en su habitación.
¿Sería suficiente llevarse un ordenador para que la policía creyera que se trataba de un robo?
Además, había un problema mayor: no tenía la menor idea de cómo forzar una cerradura.
Si lo hacía mal, y era muy probable que así fuera, los investigadores no tardarían en sospechar que la escena había sido manipulada para parecer un robo.
Y sabía por experiencia que era entonces cuando empezarían a investigar a los más cercanos a la víctima, a quienes pudieran tener un motivo para quitar a Borja del medio.
Desechada la idea del asalto, se masajeó las sienes con los dedos enguantados intentando encontrar otra solución. «Piensa, Silvia, piensa», se repitió. Puerta sin forzar, golpe en la cabeza, sin arma del crimen en la escena, sin móvil aparente...
Y entonces, como un fogonazo, le vino a la mente la voz de Rocío, su antigua compañera en la fiscalía, repitiendo exactamente esas mismas palabras mientras Silvia la ayudaba con el caso del asesino de Gros.
—La policía nunca lo encontrará, Silvia —recordó que le había dicho Rocío frotándose los ojos después de releer una y otra vez el mismo informe—. Es todo tan disparatado... ¿Y esos pendrives ? Este caso es una locura.
Silvia parpadeó de nuevo en el salón de Lander. Aquel recuerdo le aclaró las ideas.
—Vamos a ver —murmuró en voz baja—. Coincidencias: la puerta sin forzar, víctima aparentemente aleatoria, golpe en la cabeza y sin arma del crimen. Diferencias: falta el pendrive en la boca de la víctima. Y la ubicación. Joder, mierda.
El asesino de Gros solo había matado en Gros.
Si quería hacer pasar el crimen de Borja como uno de sus asesinatos, la ubicación iba a ser un problema.
La cuesta de Aldapeta estaba en el barrio de Aiete, no en Gros.
Aun así, lo vio claro: simular que el asesino de Gros había vuelto era mucho mejor que fingir un robo.
Haría que la policía mirara en la dirección equivocada y, si lo hacía bien, podía funcionar.
Además, ella conocía detalles del caso que casi nadie sabía.
Miró la hora en su reloj: la una y cuatro de la madrugada.
Llevaba allí doce minutos, demasiado. Sin perder un segundo, se fue directa a lo importante: necesitaba un pendrive en el que guardar un archivo con una sola palabra y meterlo en la boca de Borja.
Corrió a la habitación de Lander y empezó a hurgar en los cajones del escritorio.
Miró también dentro de su estuche, pero no había ninguno.
Y entonces lo vio. Sobre una balda del escritorio, había un lapicero repleto de cosas: pilas, clips, gomas...
y tres pendrives . No uno, sino tres. Cogió uno al azar y lo limpió con el paño para eliminar cualquier huella.
Después, levantó la tapa del portátil conteniendo la respiración, rezando para que no estuviera bloqueado.
En el caso de tener que meter la contraseña, su idea terminaría ahí.
Suspiró aliviada. La sesión seguía activa, aunque la copia de seguridad que Lander había iniciado ya se había completado.
Insertó el pendrive y eliminó su contenido: tres documentos que parecían trabajos de la universidad.
Después, vació la papelera de reciclaje también.
Abrió un nuevo archivo de texto y se detuvo un instante, indecisa sobre qué palabra escribir.
Tecleó « CHANTAJISTA » y le dio a guardar, pero justo antes de cerrar el documento, dudó.
No podía permitirse el lujo de dar demasiadas pistas.
Borró la palabra y escribió otra más ambigua: « TRAIDOR ».
Recordaba que el verdadero asesino siempre borraba los metadatos de los archivos, dificultando cualquier intento de rastreo, y ella hizo lo mismo.
Abrió las propiedades del documento y los eliminó.
Extrajo el pendrive del ordenador y regresó al salón.
Se arrodilló junto al cadáver con cuidado de no tocar nada y colocó el pendrive sobre la lengua de Borja.
No sabía si el asesino lo dejaba ahí, en la cavidad bucal, o si lo introducía más adentro.
Ante la duda, lo empujó con los dedos hacia la garganta, agradeciendo llevar puestos los guantes de látex.
Volvió a mirar la hora: la una y nueve. Faltaba un último detalle, uno que descolocaría a la policía, uno que no había trascendido en su momento porque habían preferido guardárselo para ellos, y que tan solo conocían unas pocas personas.
Entre ellas, Rocío, la fiscal de la instrucción, y por extensión, Silvia también: el dedal en la mano de las víctimas.
Un gesto sin explicación, pero que se repitió en los tres asesinatos.
Se apresuró a buscar un costurero en el salón.
Abrió armarios, cajones... Nada. Fue a la cocina y la revisó también, pero tampoco allí encontró ninguno.
Estuvo a punto de rendirse y descartar el detalle del dedal, pero decidió hacer un último intento.
Maite debía tener un costurero en alguna parte.
Corrió al cuartito de la lavadora. Allí, junto a la plancha, había una caja de hojalata llena de hilos, agujas, botones...
y un dedal de metal. Lo cogió y regresó al salón.
Lo colocó con cuidado en la mano de Borja y trató de cerrársela, para que no se le cayera.
Lo tenía. Era el momento de marcharse. Pero antes, algo que había estado deseando hacer desde el principio. ¿Quién era ese chico? ¿Y por qué quería esa documentación? ¿Qué relación tenía con el caso de Antonio Hervás? ¿Lo habría enviado alguien?
Se acercó de nuevo al cadáver y le registró los bolsillos.
Estaban vacíos. Cogió la cazadora que estaba sobre el sofá e hizo lo mismo.
Allí estaba: la cartera de Borja. La abrió y sacó su carnet de identidad.
El apellido le dio una pista, pero al darle la vuelta y leer los nombres de los padres, las dudas se disiparon.
Devolvió el carnet a su sitio, cerró su mochila, se la echó al hombro y fue directa a la salida. Cogió el casco de la moto y el manojo de llaves del aparador de la entrada, pero entonces oyó el sonido inconfundible de una llave en la cerradura. Alguien estaba a punto de entrar.
Se le heló la sangre.
Casi sin tiempo para reaccionar, se metió rápidamente en el cuartito de la lavadora con el casco en una mano y la mochila en la otra. Empujó la puerta hasta dejar solo una rendija abierta, suficiente para mirar sin ser vista.
Contuvo la respiración. La luz del pasillo se encendió y oyó varios pasos que resonaban en el parquet. Reconoció la silueta de la persona que estaba atravesando el pasillo al instante: era Lander.
Tan solo unos segundos después, llegó el grito: «¡Hostia!».
Silvia aprovechó la conmoción del mejor amigo de su hijo al encontrar el cuerpo sin vida de Borja para salir del cuartito sin hacer el menor ruido y llegar al descansillo.
Cerró la puerta con sumo cuidado y se colocó el casco de la moto sobre el gorro de ducha.
Bajó las escaleras de dos en dos sin ni siquiera quitarse los guantes ni las calzas.
Salió a la calle y echó a correr hacia donde había dejado la moto. La arrancó y se marchó sin mirar atrás.