Capítulo 51. Laia
LAIA
Ver cómo Lander abrazaba a su madre entre sollozos fue desolador, y la duda de si habían condenado a un inocente la perseguiría el resto de su vida.
Ella era una de las dos personas que habían votado en contra de declararlo culpable.
La otra, Agustín. Todos los demás, uno tras otro, habían levantado la mano sin apenas dudar.
Laia no podía entenderlo. Había sido un juicio lleno de lagunas, contradicciones y silencios.
¿Cómo podían estar tan seguros? ¿Cómo podían afirmar sin titubear que aquel chico era capaz de matar?
De algunos, como Monti o Ramón, se lo esperaba.
Pero no de Rosi o Marta y, mucho menos, de Irene.
Estaba claro que, por más que les hubieran insistido en lo contrario, se habían dejado llevar por el artículo del periódico, aquel en el que el supuesto asesino de Gros aseguraba que no había vuelto.
No sirvió de nada que ella tratara de hacerles ver que no todo encajaba.
Ya tenían la decisión tomada. Solo le quedó el consuelo de saber que, salvo los dos de siempre, el resto creía que Lander había actuado en un arrebato, sin premeditación.
Tampoco ella podía afirmar con seguridad que Lander fuera inocente.
Quizá no lo era. Pero llevaba días observándolo, fijándose en sus gestos, en su forma de mirar, en los momentos que compartía con su madre...
, y algo en sus adentros le decía que no era un asesino.
La duda que la atormentaba desde el principio volvió a golpearla con fuerza: ¿era mejor un culpable en la calle o un inocente en prisión?
Abandonaron la sala de vistas en silencio.
Cada uno caminaba a su ritmo, con la cabeza gacha, como si los pies les pesaran más que nunca.
Monti y Ramón fueron los primeros en desaparecer.
Recogieron sus cosas de la salita y se marcharon sin apenas despedirse, como si, además de dejar atrás el juicio, quisieran olvidarse de ellos también.
Los demás se detuvieron unos instantes frente a la puerta.
Se dieron la mano, intercambiaron un par de frases cordiales y se despidieron con amabilidad.
Laia no fue capaz de prometer que seguirían en contacto.
Sabía que, cada vez que pensara en ellos, se acordaría de las discusiones, de las dudas, de Borja y de Lander.
Cada uno seguiría con su rutina, pero habría una parte de todos ellos que se quedaría encerrada en aquella sala, junto con el peso insoportable de haber tenido que decidir sobre la vida de otro ser humano.
Tras un último gesto con la mano, echó a andar calle abajo. Necesitaba respirar, sacudirse la horrible sensación que tenía encima. Pero sabía que no sería fácil. En unos días se conocería la pena que la jueza le impondría a Lander, y aquello volvería a removerla por dentro.
Al llegar a casa, Laia encontró a sus padres y a su hermano esperándola.
Sabían que había sido un proceso duro y le dieron un recibimiento cálido, sin preguntas.
Su madre había preparado su cena favorita: una buena cazuelada de bacalao al pilpil.
E Iker, fiel a su estilo, se encargó de llenar la cena de anécdotas absurdas y bromas improvisadas que lograron arrancarle más de una carcajada.
Cuando terminaron de cenar, Laia les dio las gracias de corazón y se fue a la cama. Necesitaba dormir casi más que respirar.
A la mañana siguiente, con el firme propósito de hacer borrón y cuenta nueva, decidió salir a pasear.
Durante los días del juicio había salido a correr una sola vez, y prefería retomar su rutina poco a poco.
Se puso las mallas, las zapatillas, y optó por hacer el recorrido de siempre.
Pero esta vez no lo haría corriendo, sino caminando, con su música favorita sonando en los auriculares y dejándose envolver por el paisaje donostiarra que tanto había echado de menos durante los años que había estado fuera.
Al pasar por la playa de Ondarreta, justo antes de encarar el último tramo hacia el Peine del viento , notó que alguien le daba un leve tirón en el hombro.
Se giró y vio que se trataba de una mujer, algo mayor que ella y también vestida con ropa de deporte.
No la reconoció. Se quitó los auriculares.
—Hola, perdona que te aborde así —se disculpó ella. Tenía la camiseta sudada y el rostro enrojecido por el ejercicio—. Tú has participado como miembro del jurado en el juicio que terminó ayer, ¿verdad? El de Lander Foronda.
Laia frunció el ceño. Que la reconocieran por la calle no era, desde luego, la mejor manera de olvidarse de todo. Dudó en mentir, pero seguía sin gustarle hacerlo.
—Sí —respondió de manera escueta.
—Soy Karmele Beltrán, periodista. He seguido el caso muy de cerca y me gustaría saber si podría hacerte unas preguntas.
Laia sabía quién era. ¿Cómo no iba a saberlo después de las discusiones que habían provocado sus artículos en el grupo de WhatsApp de los miembros del jurado? Había escuchado su nombre decenas de veces, aunque nunca la había visto en persona.
—He oído hablar de ti, pero el juicio ha sido... bastante duro, y la verdad es que no me apetece hablar de nada relacionado con él. —Hizo amago de volver a colocarse los auriculares. Lo único que quería era que la periodista la dejara en paz.
—Espera, por favor. No se trata de este caso en concreto.
Quiero escribir un reportaje sobre lo que supone ser miembro de un jurado popular: sensaciones, miedos, dudas, responsabilidad...
Me gustaría hablar de cómo una experiencia así puede cambiarte.
No te preguntaría por este juicio, sino en general.
Laia lo tuvo claro desde el primer momento. No quería participar.
—Gracias, pero no —respondió de la manera más educada que pudo—. Es todo muy reciente, y lo único que quiero ahora es olvidar, no revivirlo.
—¿Te pondrás en contacto conmigo si cambias de idea? Solo tienes que llamar al Donostia Press y te darán mi número.
Laia asintió con la cabeza, aunque sabía perfectamente que no lo haría. Se dispuso a colocarse de nuevo los auriculares, pero se lo pensó mejor y se dirigió a la periodista:
—Dime una cosa. ¿Qué ha pasado con el pendrive que envió el supuesto asesino de Gros? ¿Dónde está?
—Lo tiene la policía, aunque no creo que valga de mucho. Lo analizarán para ver si encuentran alguna pista o huella sobre la identidad del remitente, pero será difícil que haya nada. Dudo que sea suficiente para reabrir el caso del asesino.
Laia volvió a asentir. Lo había preguntado solo por curiosidad.
—¿Quieres verlo? —le preguntó Karmele—. Tengo fotos de cuando lo recibí.
Sin esperar su respuesta, abrió la cremallera de una pequeña riñonera deportiva que llevaba abrochada a la cintura y sacó su móvil. Lo desbloqueó, buscó entre sus archivos y, cuando dio con las imágenes, se las mostró.
Laia las observó con atención. En la primera se veía un sobre marrón, arrugado por las esquinas, con el nombre de la periodista escrito a mano.
Cuando Karmele deslizó el dedo sobre la pantalla y pasó a la siguiente imagen, en la que aparecía el pendrive en el interior del sobre, una alarma se encendió en la mente de Laia.
Parpadeó varias veces tratando de disimular y formuló la pregunta que le ardía en la garganta.
—¿Cómo llegó este sobre a tus manos?
Mientras escuchaba las explicaciones de la periodista, apretó los labios. La imagen del pendrive y aquellas palabras provocaron que una idea comenzara a abrirse paso con fuerza. Esperaba que Karmele no se hubiera dado cuenta de la impresión que le había causado aquella revelación.
Porque Laia acababa de descubrir quién había enviado ese sobre.
O, al menos, eso creía.