Capítulo 50. Mikel
MIKEL
Mikel no sabría decir cuánto tiempo estuvo quieto, incapaz de reaccionar.
Durante varios segundos, o minutos quizá, se mantuvo inmóvil, como si fuera un simple espectador.
Cuando reaccionó, miró el trofeo, que aún seguía en su mano, y se preguntó qué era lo que había hecho.
Como si hasta entonces no hubiera sido capaz de comprenderlo, de pronto, sintió unas ganas enormes de huir, de desaparecer.
Lo pensó por un momento, pero sabía que no podía hacerlo.
Había visto demasiadas películas sobre crímenes como para saber que, antes, debía borrar sus huellas.
Comenzó a moverse por la casa guiado por impulsos.
Entró en la cocina, rebuscó entre los armarios y, en un cajón, dio con un rollo de bolsas de basura.
Cogió una y volvió corriendo al salón. Destruir el vídeo era lo primero, lo más urgente, por lo que desconectó el portátil del cable de alimentación y lo metió en la bolsa.
Después buscó el móvil. Lo más probable era que el vídeo también estuviera allí.
Miró a su alrededor, pero no lo vio. ¿Y si Borja lo llevaba encima?
¿Y si estaba en alguno de los bolsillos del pantalón?
No quería tocarlo, ni siquiera quería acercarse a él.
Entonces vio la cazadora sobre el sofá. Se abalanzó sobre ella y rebuscó en los bolsillos.
Allí estaba: un iPhone de última generación.
Sin dudarlo, lo metió en la bolsa también.
Volvió a mirar a su alrededor. El trofeo, manchado de sangre, seguía sobre la mesa.
Podía intentar lavarlo y borrar sus huellas o meterlo en la bolsa y llevárselo también.
Optó por lo segundo. Sabía que su ausencia no pasaría desapercibida, pero era mejor eso que arriesgarse a dejarlo allí sin haber eliminado cualquier indicio que lo incriminara.
Echó una última ojeada al salón evitando mirar el cuerpo de Borja. Tampoco quiso detenerse en el charco de sangre que se extendía sobre la alfombra. Estaba seguro de que ya había visto suficiente. Esa visión lo perseguiría el resto de su vida.
Con paso rápido, fue hacia la salida, pero se detuvo al ver su reflejo en el espejo del recibidor.
Tenía la cara manchada de sangre, y el jersey también estaba sucio.
Se limpió el rostro con una manga, pero soltó una maldición al ver que las manchas del jersey eran imposibles de eliminar. Nadie lo podía ver así.
Corrió al cuartito de la lavadora y abrió el cubo de la ropa sucia, rebuscó dentro y sacó una de las muchas sudaderas negras de Lander, de las que llevaba casi a diario.
Tenía tantas que no notaría que faltaba una.
Se la puso por encima de su ropa y, con las manos temblorosas, escondió la bolsa bajo la sudadera.
Luego la sujetó por fuera, sosteniéndola con los brazos cruzados.
Salió de la casa atacado de los nervios.
Mientras cerraba la puerta, oyó el ruido del ascensor.
Justo cuando se dirigía hacia las escaleras, las puertas se abrieron y alguien salió de él.
Supuso que sería la vecina de enfrente, y el corazón le dio un vuelco.
Con un gesto rápido, se cubrió la cabeza con la capucha de la sudadera y bajó los primeros escalones sin mirar atrás. Debía pasar desapercibido.
Salió del portal apretando la bolsa de basura contra el pecho. No se detuvo ni un segundo. Caminó con paso firme hasta su coche, se subió y arrancó, sin sacar siquiera la bolsa de debajo de la sudadera. Solo quería llegar a casa.
Condujo hacia Igeldo, subiendo las curvas en tensión. Poco a poco, las luces de la ciudad se fueron difuminando y todo se volvió más oscuro. Sintió un nudo en la garganta que le cortaba la respiración y no pudo más. Se vino abajo y rompió a llorar de manera descontrolada.
Apenas distinguía la carretera y a punto estuvo de chocar contra el quitamiedos.
Cuando ya quedaba poco para llegar a lo alto, justo frente al hotel Leku Eder, tuvo que detenerse.
Paró el coche en el arcén y se desplomó sobre el volante, rompiéndose por completo.
Soltó varios alaridos desgarradores y golpeó el salpicadero con los puños una y otra vez. No recordaba haber gritado así nunca.
Le llevó unos minutos recuperar el aliento y calmarse un poco. Con manos temblorosas, extrajo la bolsa de debajo de la sudadera y la colocó en el asiento del copiloto. Cogió su móvil y lo puso a cargar. La pantalla seguía apagada, inerte. No podía hacer otra cosa que no fuera esperar.
Se quedó un rato con la mirada fija en ningún sitio, empapado en sudor y lágrimas. No podía dejar de reproducir la discusión con Borja, la pelea, el golpe, la sangre...
Cuando por fin el teléfono se encendió, lo desbloqueó y llamó a su madre.
—Ama...
Silvia se dio cuenta enseguida de que algo no iba bien. Lo notó en su voz. Miró la hora en el reloj despertador: eran las doce y veinte de la noche. Era raro que su hijo la llamara a esas horas.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
Al otro lado, Mikel rompió a llorar de nuevo. Silvia se incorporó en la cama de golpe.
— Maitia , ¿qué ha pasado? —preguntó alarmada. Al ver que su hijo no era capaz de articular palabra, continuó hablando—. Mikel, tranquilo. Dime dónde estás y si te encuentras bien. Respira, cariño, estoy aquí contigo. Venga, ya está. Habla conmigo.
Su tono suave, firme y familiar logró calmarlo, y consiguió que Mikel le explicara que estaba a tan solo cinco minutos de casa.
—Ama..., ven, por favor —le suplicó entre sollozos—. He hecho algo muy grave y yo no quería...
—Tranquilo, todo tiene solución. —Sabía que era justo lo que Mikel necesitaba oír—. Maialen está dormida y no puede quedarse sola, pero estás muy cerca. Escúchame: respira hondo varias veces y ven poco a poco. Activa el manos libres, ¿de acuerdo? Hablaré contigo mientras llegas.
El trayecto a casa se les hizo eterno, tanto a uno como al otro.
Mikel conducía despacio, mientras oía la voz serena de su madre diciéndole que ya casi estaba y que lo esperaba en la puerta del garaje.
Al llegar, aparcó el coche, se bajó y caminó hasta ella.
Sin decir una palabra, la abrazó y comenzó a sollozar, como cuando era pequeño y se había hecho daño jugando en el jardín.
Hundió la cara en su cuello buscando consuelo.
Silvia le acarició el pelo con ternura y lo estrechó con fuerza. Después, lo guio en silencio hasta el salón. Le indicó que se sentara en el sofá y se acomodó a su lado, cogiéndole la mano.
— Maitia , necesito que me cuentes qué ha pasado.
Mikel tenía los ojos hinchados y le temblaba el labio inferior. Necesitó unos segundos para calmarse antes de comenzar a hablar. Con la voz entrecortada, relató lo ocurrido. Cuando terminó, se quitó la sudadera negra de Lander y dejó al descubierto el jersey manchado de sangre.
—Yo no quería matarlo, ama, ¡no quería! Tienes que creerme —repitió una y otra vez.
Silvia se llevó las manos a la cabeza. Tenía ganas de gritar, pero se obligó a controlar su reacción. Su hijo estaba roto y lo último que necesitaba era que ella perdiera el control. Se sintió aliviada de que Iñigo no estuviera en casa. No quería imaginar cómo habría reaccionado ante algo así.
Consciente de la gravedad de lo que acababa de escuchar, intentó serenarse y comenzó a interrogar a su hijo para saber qué hacer.
—¿Estás seguro de que Borja está muerto?
—Sí. Había mucha sangre —respondió él afligido.
—¿Alguien sabe que te estaba chantajeando y que habías quedado hoy con él? ¿Hay alguna llamada o mensaje que lo corrobore?
—No, ni llamadas ni mensajes. Esta mañana ha venido en persona a hablar conmigo y me ha dejado muy claro que nadie debía enterarse de esto.
—¿Y el vídeo? ¿Qué clase de vídeo era ese como para llegar a estos extremos?
Mikel dudó. Tragó saliva y desvió la mirada. No podía decir la verdad.
—No puedo contártelo, ama —susurró con lágrimas en los ojos—. No me pidas eso, por favor.
Y volvió a romper en llanto. De nuevo, parecía un niño pequeño.
—Está bien. ¿Cómo podemos acceder a él para borrarlo? —No era el momento de insistir en que le revelara el contenido.
—Me he llevado su ordenador y su móvil, los tengo en el coche. También he cogido el trofeo con el que lo he golpeado.
—Bien. Lo destruiremos todo. —Silvia se aferró a la idea de que no estaba todo perdido—. ¿Ha quedado alguna evidencia en la casa de que has estado ahí esta noche?
—No lo sé... —Las imágenes de lo ocurrido empezaban a mezclarse en su mente unas con otras.
—¿Y tu teléfono? ¿Lo llevabas encima? —quiso saber ella consciente de que la triangulación del móvil bastaría para situarlo en la escena.
—No, lo tenía sin batería y lo he dejado en el coche.
Silvia se alegró mucho de oír eso. La situación era muy grave, pero quizá había alguna posibilidad de salir airosos de ella.
—Una cosa más, Mikel. Me has dicho que te ha chantajeado con hacer público el vídeo, pero ¿qué te ha pedido a cambio? ¿Dinero?
Mikel bajó la mirada, avergonzado, y le explicó qué era lo que Borja le había exigido. Silvia se quedó, por un instante, sin respiración. Al cabo de unos segundos, no pudo reprimirse más y reaccionó liberando el grito que había estado conteniendo.
—¡Joder! —chilló completamente fuera de sí. Llevándose las manos a la cabeza, comenzó a caminar en círculos por el salón—. ¡Dios santo! ¿¡Cómo has podido dárselos!?
Se llevó la mano al pecho, luchando por respirar. Mikel, al verla así, se encogió aún más en el sofá. Estaba realmente asustado.
—¡Nadie puede ver esos documentos! Ni siquiera tú deberías saber que existen.
—Lo siento —fue todo lo que alcanzó a decir él con la voz rota.
—¿Dónde los tienes?
Mikel, consumido por la culpa, volvió a bajar la vista al suelo. Solo se había preocupado por el vídeo, el maldito vídeo, y en ningún momento se había parado a pensar en las consecuencias que podría acarrearle a su madre dejar esos papeles allí.
—Dime que los tienes, Mikel. Dime que los has traído junto con el ordenador, el móvil y el trofeo —le suplicó.
Mikel se tapó la cara con ambas manos y negó en silencio, provocando que Silvia volviera a gritar por segunda vez esa noche.
Su voz quebrada retumbó en el salón y, en ese preciso instante, el vigilabebés que había sobre la mesa se encendió.
Maialen se había despertado con los gritos de su madre y la estaba llamando.
Silvia se llevó las dos manos a la boca, ahogando un sollozo.
—Ve con tu hermana —le ordenó a su hijo al cabo de unos segundos—. Pero antes, quítate esa ropa y dámela. Yo tengo que recuperar esos documentos antes de que sea tarde.
—¿Qué vas a hacer? —Él tenía el miedo metido en el cuerpo.
—Intentar solucionar todo esto antes de que nos explote en la cara.
Mikel se quitó la ropa manchada en medio del salón y se la entregó a su madre.
—¿Dónde está Lander? ¿Sabe algo de esto?
—No sabe nada. —Mikel negó con la cabeza—. Todos los viernes sale con sus amigos y suele volver tarde, sobre las tres o cuatro de la madrugada.
—Está bien. Ve con Maialen.
Silvia caminó con paso firme hacia el garaje mientras se convencía de que no se podía permitir el lujo de venirse abajo, no ahora.
Se acercó al coche de su hijo y sacó la bolsa de basura.
La abrió, metió dentro la ropa ensangrentada y se dirigió a la cocina.
Allí, la escondió en el armario bajo el fregadero, entre los productos de limpieza.
Volvió al recibidor, abrió el armario y sacó una mochila.
Puso dentro un par de guantes de látex, unas calzas para cubrirse los zapatos, un gorro de ducha y un paño con jabón.
Luego fue al salón, sacó su móvil del bolsillo trasero del pantalón y lo dejó sobre la mesa.
No podía arriesgarse a que quedaran registrados sus movimientos.
Cogió el manojo de llaves de su hijo, donde sabía que estaban las de casa de Lander, y lo guardó en la mochila también.
Miró la hora en su reloj: la una menos veinte de la madrugada. No podía perder ni un solo segundo más.
Bajó al garaje, se colocó el casco, se subió a la moto y la arrancó.
Tenía dos objetivos claros: el primero, recuperar los malditos documentos antes de que nadie los viera. Y el segundo, evitar que su hijo pasara los próximos veinte años en prisión.