Capítulo 49. El juicio. Lectura del veredicto
EL JUICIO LECTURA DEL VEREDICTO
Al contrario que Maite, Silvia y Mikel se fueron a comer a casa al terminar la última sesión del juicio. No sabían cuánto tiempo necesitaría el jurado para deliberar, y era absurdo quedarse en el juzgado.
—Tengo el estómago cerrado —le dijo Maite cuando Silvia la animó a irse a casa.
—Ya, pero no sabemos cuánto van a tardar. El tiempo se te va a hacer eterno si te quedas aquí.
Silvia no logró hacerla cambiar de opinión. Maite no pensaba moverse de los juzgados hasta que las nueve personas encargadas de decidir el futuro de su hijo hubieran terminado.
Durante el trayecto a casa, Mikel apenas abrió la boca.
Ver a su madre tan preocupada no podía traer nada bueno.
Gracias a Greta, la comida transcurrió como si fuera un día cualquiera.
Contó anécdotas de su viaje de estudios, imitó a un compañero con una risa contagiosa y se las ingenió para que Maialen se lo pasara en grande mientras comía la lasaña de verduras.
La niña ni siquiera notó la enorme preocupación que tenían su madre y su hermano.
Silvia miró a Greta con gratitud. Aquella comida habría sido un suplicio sin su presencia.
En mitad de la sobremesa, el móvil de Silvia vibró. Era un mensaje de Iñigo preguntando cómo había ido. Se quedó unos segundos mirando la pantalla. «Hay que esperar, pero pinta mal», respondió finalmente.
Después de comer, Silvia se tumbó un rato para descansar. Sobre las seis y diez de la tarde, su teléfono volvió a sonar. Era una llamada de la Audiencia Provincial de Gipuzkoa. Descolgó con rapidez y escuchó cómo le notificaban que el jurado había alcanzado un veredicto.
Miró el reloj. Habían pasado dos horas y diez minutos deliberando. Muy poco tiempo. Demasiado poco.
Se vistió a toda prisa y bajó al salón. Sabía que no comenzarían hasta que Lander fuera trasladado desde la cárcel al juzgado, pero ella prefería llegar con antelación.
—¿Ya está? —le preguntó Mikel visiblemente preocupado.
Silvia asintió mientras se ponía los zapatos.
—¿Puedo ir contigo?
Ella se giró hacia su hijo y afirmó con la cabeza.
—Está bien, pero date prisa. Quiero llegar cuanto antes.
Se montaron en el coche y Silvia arrancó. «Dos horas y diez minutos», pensó con extrañeza, incluso con un punto de rabia. ¿Era posible decidir algo tan serio en tan poco tiempo? ¿Serían realmente conscientes de lo importante que era su decisión?
Cuando llegaron a los juzgados, los periodistas ya estaban allí, libreta en mano.
Los ignoraron por completo y se dirigieron directamente a la sala de vistas.
La jueza Solozábal y la letrada de la Administración de Justicia ya estaban en su sitio, con su habitual expresión neutra.
Al poco, llegó también Daniel Vilariño, el fiscal.
Silvia echó un vistazo rápido al público. Vio a Maite en primera fila, al borde de un ataque de nervios. No dejaba de moverse ni de frotar una mano contra la otra.
Tras unos minutos, Lander entró en la sala escoltado por dos agentes. También a él se le veía nervioso. Sin dudarlo, Silvia se levantó y lo estrechó entre sus brazos en cuanto lo tuvo cerca.
—Quiero que sepas que lo has hecho muy bien y que estoy orgullosa de ti —le susurró al oído—. Pase lo que pase.
El murmullo de la sala cesó por completo cuando se abrió la puerta lateral y comenzaron a entrar los nueve miembros del jurado.
Caminaban en silencio y parecían cansados.
La portavoz iba en cabeza: una mujer de mediana edad, complexión atlética y melena rizada, que sostenía una carpeta entre las manos.
Saludó brevemente a la jueza y se colocó junto al micrófono situado a un lateral.
La jueza Solozábal tomó la palabra:
—Vamos a dar comienzo a la lectura del veredicto. La portavoz del jurado, doña Irene Martín, proceda, por favor.
Irene abrió la carpeta y sacó unos folios. Las manos le temblaron ligeramente. Respiró hondo, se armó de valor y comenzó a leer.
Las primeras preguntas no ofrecieron sorpresas: el jurado dio por probado, por unanimidad, que Lander y Borja eran amigos, que vivían juntos, que hubo un chantaje, que Borja murió esa madrugada y que fue Lander quien llamó a emergencias.
Después llegó una de las cuestiones clave: ¿había manipulado Lander la escena del crimen?
Siete miembros del jurado respondieron que sí, y dos, que no.
No era una buena señal. Aun así, Silvia quiso creer que tal vez lo que consideraban una manipulación era que hubiera buscado el vídeo y el ordenador de Borja antes de llamar al 112.
La pregunta más importante llegó justo después. La portavoz del jurado respiró hondo y se aclaró la garganta.
—¿Ha quedado probado que Lander Foronda causó la muerte de Borja Miranda? —leyó.
La tensión en la sala se volvió insoportable.
Muchos de los presentes contuvieron el aliento.
Maite parecía al borde del colapso, y Lander había comenzado a mover la pierna sin cesar.
Era, sin duda, el momento de mayor tensión desde que había comenzado el juicio.
Silvia pensó que el corazón se le saldría del pecho.
Cerró los ojos unos segundos, intentando recuperar la compostura.
—Siete votos a favor y dos en contra.
Maite no pudo reprimir un gemido y rompió a llorar desconsoladamente.
Por primera vez, no le importó que todos la miraran.
Lander agachó la cabeza y la dejó caer entre las rodillas, abatido.
Y Silvia sintió un gran pinchazo en el estómago.
Necesitó unos segundos para recomponerse.
Al incorporarse, miró hacia el público y vio cómo su hijo abandonaba la sala entre lágrimas, totalmente desolado.
La portavoz continuó con las explicaciones:
—El jurado considera lo siguiente: ha quedado demostrado que el acusado atacó a la víctima, propinándole un golpe con un objeto sin identificar que derivó en un traumatismo craneoencefálico mortal.
Aunque no existen pruebas concluyentes de una planificación previa, estimamos que hay suficientes indicios para pensar que el acusado actuó con plena conciencia de que su acción podía causar la muerte de la víctima y asumió ese resultado.
Aún quedaba por conocer si el jurado lo había considerado asesinato u homicidio.
No hubo que esperar mucho para saberlo. En las siguientes preguntas, el jurado no alcanzó la mayoría necesaria para concluir que Lander actuó con premeditación o alevosía.
De los siete miembros que consideraban que Lander fue el responsable de la muerte de Borja, solo dos creían que actuó con premeditación o ensañamiento.
Por eso, lo ocurrido no fue calificado como asesinato, sino como homicidio doloso, lo que suponía una pena de entre diez y quince años de prisión, en lugar de los veinte que el fiscal había solicitado desde el inicio del proceso.
La portavoz del jurado tomó asiento y la sala guardó unos instantes de silencio, interrumpido solo por los sollozos ahogados de Maite.
La magistrada Solozábal tomó la palabra para expresar su gratitud al jurado por su dedicación y esfuerzo durante el proceso.
Después, ordenó que el acusado fuera trasladado al centro penitenciario de Martutene, donde permanecería hasta la celebración de la vista para determinar la pena.
—Se levanta la sesión —anunció con tono solemne.
Silvia se giró hacia Lander y lo abrazó con fuerza. No dijo nada. No hacía falta. Ya solo quedaba el dolor.
Los ertzainas se acercaron para ponerle las esposas, pero Lander, como ya había hecho en una sesión anterior, les pidió permiso para poder abrazar a su madre. Se lo concedieron.
Se acercó a la pequeña verja de madera que separaba el estrado del público y, por encima de ella, madre e hijo se fundieron en un abrazo.
En ese preciso instante y por primera vez en todo el juicio, Lander se rompió.
Entre los brazos de su madre, lloró sin consuelo como si fuera un niño pequeño.
Y ella, que apenas se sostenía en pie, lo consoló como pudo.
—Ya está, cariño, ya está...
—Yo no lo maté, ama, no lo hice —logró decir entre lágrimas.
—Lo sé. Y seguiré luchando hasta que vuelvas a casa. No te voy a soltar. ¿Me oyes? Nunca.
Silvia sintió que la escena la partía en dos.
No soportaba ver tanto dolor y salió al pasillo en busca de su hijo, pero Mikel había desaparecido.
Abatida, se dirigió al baño y se encerró en uno de los cubículos.
Fue entonces cuando descargó toda la rabia contenida.
Golpeó la puerta con los puños, una y otra vez, mientras gritaba y descargaba su furia.
Cuando terminó, quedó exhausta, y se desplomó sobre la tapa del inodoro, ocultó su cara entre las manos y rompió a llorar.
Lloró por la carga que llevaba dentro, por haber perdido, por la impotencia, por la rabia, por la injusticia.
Y lloró porque, en ese momento, se sintió menos Rottweiler que nunca.
Cuando por fin salió, se encontró a Maite esperándola en silencio. La había oído descargar su dolor, pero había preferido darle su tiempo. Se acercaron y se abrazaron con fuerza. Fue un abrazo sentido, sincero.
—Lo siento, Maite —susurró Silvia avergonzada por no haber podido salvar a su hijo—. Estuve tan cerca...
—Shhh —la interrumpió ella—. Has hecho todo lo que estaba en tu mano. No es culpa tuya. ¿Me oyes? Nada de esto es culpa tuya.
Se volvieron a abrazar, apoyándose la una en la otra, conscientes de que, si dejaban de sostenerse, caerían las dos.