Capítulo 48. Mikel
MIKEL
Al llegar a casa, Silvia estaba esperando a su hijo con un buen plato de pasta sobre la mesa.
—Siéntate. Seguro que vienes muerto de hambre. —Se acercó a él y lo besó en la mejilla.
—Ya he comido, ama —mintió él. Tenía el estómago completamente cerrado tras el encuentro con Borja—. Voy a subir a mi habitación. Tengo algunas cosas que hacer.
Subió y se encerró en su cuarto. Se tumbó sobre la cama y estuvo un rato sin hacer nada, solo mirando al techo.
Le resultaba imposible dejar de pensar en la grabación y, mientras las imágenes se reproducían en su mente, sintió un dolor cada vez más agudo en el vientre.
Barajó sus posibilidades y asumió que no le quedaba otra opción que ceder al chantaje y rezar para que Borja eliminara el maldito vídeo.
Pensó en Lander. ¿Qué cara pondría si supiera que el que consideraba su amigo, al que había acogido en su casa por hacerle un favor, no era más que un chantajista de mierda que los había estado grabando a escondidas? Ojalá pudiera llamarle y contárselo todo.
Sintió un sudor frío en la nuca, y la presión sobre el estómago era cada vez mayor.
Le subieron varias arcadas hasta la garganta y, de pronto, no pudo más y tuvo que correr al baño.
Allí, de rodillas y aferrado al borde de la taza, vomitó lo poco que tenía en el estómago, apenas un poco de bilis. Después, regresó a su habitación.
Sobre las seis de la tarde, su madre se acercó a su cuarto.
—Mikel, cariño, tengo que llevar a Maialen a la piscina. ¿Cenarás en casa?
—No, cenaré con mis amigos, ama —respondió casi sin girarse para que su madre no se diera cuenta de la mala cara que tenía.
—Está bien. Pásalo bien y no vuelvas tarde.
Mikel esperó a oír la puerta del garaje cerrándose. Seguía sin encontrarse bien, pero debía terminar con aquello cuanto antes. Comprobó que no quedaba nadie en la casa y entró en el despacho de su madre, un lugar que apenas solía pisar. Allí, detrás de un cuadro, se hallaba la caja fuerte.
Sabía cómo abrirla. El día que cumplió dieciocho años, su padre lo llevó al despacho con aire solemne.
Para Iñigo, no se trataba solo de una caja fuerte, sino de un gesto de confianza: había llegado el momento en que su hijo dejaba de ser un niño para convertirse en un adulto, alguien a su altura, digno de conocer los secretos de la familia.
Tras una breve charla sobre la importancia de la mayoría de edad, le reveló cuál era la combinación.
A Mikel le hizo gracia descubrir que la clave era la fecha en la que había ganado su primera competición de judo, cuando apenas tenía ocho años.
Habían recordado aquel día tantas veces que resultaba difícil olvidarlo.
Con un nudo en el estómago por romper la confianza que habían depositado en él, marcó los seis dígitos y giró la rueda hasta oír un clic.
La puerta se abrió. En el interior encontró escrituras, joyas, documentos bancarios y un sobre con una buena cantidad de dinero en efectivo.
Lo fue colocando todo sobre la mesa, memorizando el orden exacto en el que lo había encontrado para poder devolverlo tal cual.
Al fondo, casi oculto, había un archivador negro.
Lo sacó con cuidado. Dentro, repartidos en distintas carpetas, había diversos documentos: informes, notas manuscritas...
Todo perfectamente etiquetado con la letra de su madre.
Revisó el contenido del archivador hasta dar con lo que creía estar buscando: una carpeta marrón, marcada con un rotulador negro.
En la portada podía leerse: «A. H. - 2010».
La abrió para cerciorarse de que era lo que Borja le había pedido y no tardó ni un minuto en encontrar, entre los documentos, el nombre de Antonio Hervás. También había una memoria externa.
Sin pensárselo dos veces, sacó la carpeta, devolvió el resto al archivador y dejó todo tal y como estaba.
Cerró la caja fuerte con cuidado, subió a su habitación y lo guardó todo en su mochila.
Podía haber hojeado los documentos para intentar entender por qué Borja tenía tanto interés en ellos, pero prefirió no saber nada.
Una hora después, antes de que su madre y su hermana regresaran a casa, cogió el coche y se marchó sin rumbo fijo.
Condujo durante un buen rato hasta que, casi sin darse cuenta, terminó en el Paseo Nuevo, el tramo costero que bordeaba al monte Urgull, conectando el Aquarium con la zona del Kursaal.
Solía ir allí cuando necesitaba pensar o, simplemente, desaparecer un rato.
Sacó el móvil y le envió un mensaje rápido a su novia: «No tengo ganas de salir y hoy me quedo en casa, ¿vale? Nos vemos mañana».
Hizo lo mismo con los amigos con los que había quedado para cenar. Se le había cerrado el estómago y no le apetecía fingir que todo iba bien.
Durante un rato continuó mirando al mar, pensando en las palabras de Borja, en la impotencia de no poder advertir a Lander, en sus padres, en Elene...
En las imágenes de la noche en la que habían sido grabados y en cómo podría cambiar su vida si Borja cumplía su amenaza.
Y se sintió avergonzado por haberse dejado llevar así.
Cuando se acercó la hora, arrancó el coche y condujo hasta las inmediaciones de la casa de Lander.
Aparcó a varias calles de distancia y se quedó unos segundos sentado en el asiento del conductor, con el motor apagado.
¿Debería grabar la conversación con Borja?
No sabía cómo acabaría todo. Esperaba que bien, pero si no era así, le contaría la verdad a Lander, y podría enseñarle el audio.
Buscó el móvil, pero al ir a desbloquearlo, la pantalla parpadeó unos segundos antes de apagarse por completo.
Se había quedado sin batería. Suspiró con frustración.
Había estado tan absorto en sus pensamientos que no lo había puesto a cargar en todo el día.
Lo metió en la guantera, cogió la carpeta y salió del coche.
Abrió la puerta del portal con su propia llave, la que Lander le había dado nada más mudarse al piso, y subió a la última planta.
Aún faltaban diez minutos para las doce de la noche, pero no podía esperar más.
Quería que el maldito vídeo desapareciera cuanto antes y hacer como si nada de todo aquello hubiera pasado nunca.
Encontró a Borja en el salón, con el portátil abierto sobre la mesa. Estaba concentrado en la pantalla, tranquilo, como si fuera la situación más normal del mundo. Mikel tragó saliva. El hijo de puta actuaba como si la casa fuera suya.
—¿Has traído lo mío? —preguntó Borja yendo al grano.
Sin responder, Mikel le tendió la carpeta que contenía los documentos y la memoria externa. Borja se sentó a la mesa del comedor y empezó a revisar el contenido con tranquilidad.
—Ya tienes lo que querías. Ahora borra el vídeo. —Mikel estaba nervioso.
—Tranquilo, hombre. Primero tendré que ver si esto es lo que busco.
—¡Borra el puto vídeo, Borja! —insistió Mikel levantando la voz—. He hecho lo que querías y ahora te toca cumplir tu parte.
—Lo borraré cuando me asegure de que esto vale la pena. Y si resulta que no, tendrás que seguir rebuscando. —Su tono era burlón. Después, volvió a los documentos.
Mikel sintió un calor repentino. Empezó a sudar y notó que las palmas de las manos le ardían.
—¡No me jodas! —explotó—. Borra el puto vídeo de una vez. ¡Ahora!
—Tranquilo, joder.
—¡Ni tranquilo ni hostias! Voy a contárselo a Lander. Que vea lo mierda que eres y lo que has sido capaz de hacer.
—Ni se te ocurra —le cortó Borja con voz autoritaria. Con los dos contra él, tenía muchas probabilidades de salir mal parado—. Si lo haces, te juro que subo el vídeo.
—Eres un hijo de puta.
Mikel se echó hacia atrás, agitado, desesperado, pasándose la mano por el pelo una y otra vez.
En un arrebato, se giró y empujó a Borja con ambas manos.
La silla volcó y Borja cayó al suelo. Mikel corrió al portátil y empezó a buscar el vídeo.
No sabía dónde encontrarlo y, a la desesperada, empezó a eliminar las carpetas que encontraba a su paso, directas a la papelera de reciclaje.
De pronto sintió un empujón violento. Borja se le había echado encima. Mikel perdió el equilibrio y cayó sobre la mesa, golpeándose el hombro.
—¡Estás loco! —gritó Borja.
—¡Borra el puto vídeo!
—¡No me da la gana, joder!
El forcejeo continuó y comenzaron a pelearse.
Borja logró zafarse un instante, agarró a su contrincante del cuello y lo empujó contra la pared con violencia.
Mikel, jadeando, tanteó a su alrededor y echó mano del aparador, agarrando lo primero que encontró: un trofeo de golf de Josean Foronda.
Sin pensar, lo levantó y se lo estampó a Borja en la cabeza con toda la rabia que llevaba dentro.
Sonó un golpe seco y Borja cayó al suelo al instante.
La alfombra comenzó a llenarse de sangre.
Borja no se movía.
No respiraba.
Estaba muerto.
Mikel Ajuria lo había matado.